Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965) es guionista, directora de cine, exministra de Cultura, presidenta del Patronato del Reina Sofía, ganadora de dos premios Goya, finalista del Planeta y escritora, seguramente no por este orden. Acaba de publicar ‘Una noche de 1947’ (Lumen), su regreso a la novela tras más de siete años: la trama nos sitúa en 1992, cuando una médico rural desentierra un trágico suceso de la posguerra, callado durante décadas por su víctima. «Estoy muy bien, es una suerte tener lío», dice, mientras guarda el móvil para empezar esta entrevista. —¿De dónde le viene esta historia de memoria histórica?—Viene de muchos sitios. Viene de una tía que tengo en Burgos que durante muchos años fue enfermera rural en la zona de Lerma, y me contaba las cosas de ir con el coche de pueblo en pueblo atendiendo a los pacientes. Viene de un amigo de mi padre que es descendiente de una familia polaca, judía, y que me contaba cómo él de niño había ido viendo cosas familiares que no encajaban, álbumes de fotos donde faltaban rostros, y cómo fue descubriendo que su padre había tenido otra familia, que habían muerto en Polonia… Pensamos que no transmitimos nada a nuestros hijos si nos estamos callados, si no hablamos de las cosas que nos generan conflicto, pero eso se transmite, quieras o no.—Ese silencio es uno de los temas de la novela. También lo trató en su adaptación al cine de ‘La comensal’; entonces era el silencio sobre ETA y aquí es sobre la Guerra Civil o la posguerra. ¿Por qué callamos tanto? ¿Por miedo?—Bueno, hay una parte incluso de vergüenza de las víctimas. Temes ser señalado, arrastrar a tus hijos y a tu familia a eso que a ti te pasó: tú no quieres que carguen con esa mochila… Y claro, en esta época era una cuestión de autopreservación: tú no querías que tus hijos fueran señalados por miedo a las consecuencias. Por otro lado, hablar de las cosas es volver a vivirlas, es duro. Hace falta mucho tiempo para que estos temas se conviertan en temas de conversación. Ahora nos parece que hay muchísimas novelas de Auschwitz, de nuestra guerra civil, pero en realidad se han tardado décadas en hablar de estas cosas. La gente necesita tiempo después de una etapa de violencia social para hablar de lo sucedido. Ha pasado también en Chile o en Argentina con las dictaduras.—Se acaban de cumplir diez años del lanzamiento de ‘Patria’, de Aramburu, que, aunque no fue la primera novela sobre ETA, sí fue la que abrió la conversación. Y había pasado bastante tiempo.—Así es, incluso en 2011, cuando la banda armada decide dejar la lucha ya había pasado tiempo de lo peor. El final de ETA no fue como lo hubiéramos imaginado los que fuimos niños o adolescentes en la época en la que cada día había un atentado, aquella época de muertes y secuestros constantes. Entonces pensábamos: bueno, cuando esto termine habrá una gran ceremonia, una gran… Pero eso no ocurrió.«El final de ETA no fue como lo hubiéramos imaginado. Pensábamos en una gran ceremonia…»—La historia sucede en 1992, cuando aún no se hablaba de memoria histórica, o no era un gran tema. ¿Tenemos hoy una mejor relación con nuestro pasado? —Yo creo que sí, aunque sigue habiendo gente que se entera de su historia familiar ya siendo adulta, porque la costumbre de callar se queda muy dentro. También creo que para poder hablar de las cosas hay que saber dialogar, creo que tenemos mucho miedo a enfrentarnos, a generar conflicto, no hemos aprendido bien a hablar de lo que nos duele o lo que nos afecta. Por suerte hemos cambiado muchísimo, hemos evolucionado. Y para eso es para lo que sirven las películas y las series y la literatura: para saber que lo que te pasa a ti también le ha pasado a otros.—El otro día Rodrigo Sorogoyen decía que aún no había en España una gran película sobre la Guerra Civil. —Uf, se han hecho muchas buenas películas de la Guerra Civil, y además con bastante éxito en taquilla. Porque es algo que a todos nos ha afectado de alguna manera, y por tanto tenemos curiosidad. Es como para los americanos la Guerra de Vietnam o para tantos países europeos la Segunda Guerra Mundial. Aunque estoy de acuerdo con Sorogoyen en el sentido de que quedan muchas historias por contar de la Guerra Civil. La guerra es una fuente de historias desde Homero. Las guerras, y más si son civiles, son situaciones en las que los seres humanos nos vemos enfrentados a nuestros límites morales, tenemos que tomar decisiones terribles constantemente… Es un terreno dramáticamente muy rico para explorar.—Este año había tres películas españolas a competición en Cannes, y el anterior ‘Sirat’ tuvo dos nominaciones a los Oscar… ¿Cómo ve el momento del cine español?—Es un momento creativamente buenísimo, pero la salud de la taquilla es muy delicada. Se hacen muchas películas en España, se ha multiplicado el número de títulos, y cada vez hay menos salas. Hacemos trescientas películas al año y nos damos codazos para llegar al público, cuando el público cada vez va menos al cine, porque mucha gente prefiere ya ver las películas en casa, en plataformas. Es un desequilibrio enorme y eso es muy frustrante. Haces una película y a veces se pierde, muchas se pierden. —Como exministra de Cultura, ¿cómo ha vivido el robo del tesoro de Villena? Se ha abierto un debate sobre la conservación del patrimonio.—Me ha dolido muchísimo, porque además estoy muy vinculada a la provincia de Alicante, vivo ahí gran parte del tiempo. Se me ponen los pelos de punta de pensar que puedan estar fundiendo esas piezas y vendiendo el oro al peso. Me parece atroz… Los museos provinciales hacen su trabajo con muchísimo esfuerzo. Pero ante la inmoralidad de esos delincuentes pues es que hay que hacer fortificaciones o bien sacar los tesoros y no tenerlos en los museos provinciales, sino tenerlos centralizados en un museo con unas grandes medidas de seguridad. Pero es que han robado en el Louvre (…) Yo confío mucho en que la Guardia Civil y la Interpol lo recuperen. Creo que esas piezas al cabo de los años pueden volver a aflorar en algún lado, como pasó con los mapas de Ptolomeo que robaron en la Biblioteca Nacional.«Yo confío mucho en que la Guardia Civil y la Interpol recuperen el tesoro de Villena»—Por cierto: ¿tiene algún tipo de nostalgia de su etapa política? ¿Echa algo de menos?—Echo de menos conocer tantísimos ámbitos sociales, culturales y económicos a los que normalmente no tienes acceso, porque todos estamos muy centrados en nuestra área de trabajo. Cuando eres ministro tienes esa oportunidad, quizás eso solo es comparable con un periodista: cada día te toca cubrir algo distinto. Eso es algo que te transforma, esa posibilidad de ver tu país y conocerlo a fondo, con todos los viajes que haces por el territorio. Eso lo echo de menos. También me gustó conocer la política por dentro, conocer el funcionamiento de un ministerio o de una presidencia por dentro. A mí eso me dejó una imagen de mi país mucho mejor de la que tenía. —¿Ah sí?—La política se hace gracias a miles de militantes de todos los partidos que no cobran, que están en las agrupaciones de su pueblo, de su barrio, y que tienen ese afán de organizar las cosas y de contribuir, a veces después de su jornada laboral. Y esa pasión, esa pulsión de la política por transformar las cosas y por organizarnos entre todos, es algo muy admirable. —O sea, que le queda un buen recuerdo de la política que no vemos.—A mí lo que me cuesta más es ese espectáculo que se genera entre los periodistas y algunos políticos, ese juego que a mí no me parece útil. Lo útil es hablar de las ideas, de las medidas, no estos ataques ‘ad hominem’. Al final acabamos hablando de estrategias, de lenguaje, de broncas: es cotilleo. Y eso a la gente la distancia de la política y la agota, porque parece que es un club privado en el que tú no puedes entrar. Y desfigura mucho la tarea de gestión, que al final el tiempo del político se va en la gestión. Gestionando y despachando y negociando y resolviendo. —Parece algo de otra época. Hoy da la sensación de que los esfuerzos se van en la comunicación, el relato, Twitter.—Bueno, yo no tenía Twitter. Y sigo sin tenerlo.
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