Estamos, todavía, ante un gobierno (en funciones) insoportable, inexportable e inaguantable. Ha ido demasiado lejos en todo y ha durado demasiado tiempo.
Por si faltaba algún nuevo ingrediente a la catastrófica gestión de los gobiernos de Sánchez, ha tenido que venir en plena campaña electoral el brutal accidente ferroviario en Urda (Toledo), una tragedia que se podría haber evitado si los responsables máximos de Adif hubieran hecho su trabajo a la hora de invertir tiempo y dinero (en lugar de dilapidarlo en corrupción y enriquecimiento propio) en la seguridad ferroviaria de la Alta Velocidad Española. La línea AVE que ha venido funcionando con el orgullo de los españoles durante más de treinta años ha dejado de existir. Primero vino el supercorrupto Ábalos y, posteriormente, llegó el incapaz Óscar Puente. De aquellos polvos… estas muertes.
En efecto. El dedo en la llaga lo ha terminado por poner la que fuera presidenta de Adif, Isabel Pardo de Vera, presunta corrupta como todos ellos, aliada en su momento del todavía más corrupto, José Luis Ábalos; tapó la corrupción galopante y ahora pretende salvarse de la quema judicial tirando la piedra y escondiendo la mano.
Si se examinan con objetividad y precisión los larguísimos ocho años del sanchismo se podrán titular con tres palabras: inutilidad, robo e incompetencia. Todo ello superpuesto y todo a la vez. Resulta un mal sueño levantarse con setenta nuevos muertos y centenares de heridos y ver que al frente del Gobierno aparece un traidor y desleal al pueblo apellidado Sánchez, al que incomprensiblemente le falta un trozo de cerebro para irse directamente a su casa a disfrutar de lo trincado. Y que, a su lado, siga estando un tipejo, vergüenza de todos los vallisoletanos, que es más malo que tiña y más perverso que la mala hierba. Puente debe ser encausado judicialmente antes de que José Luis Ábalos abandone la prisión de Soto del Real y puedan confesarse juntos.
Luego, está esa patulea mediática que les baila el agua (por precio, naturalmente). Aparecen en esa lista los Cin-trola, el mofletudo Fortes, la tal meritoria Palomera, todos ellos capitaneados por el meapilas arrepentido José Pablo López, que lo mismo le da adorar a la vaquilla que al santocristo de El Palo (Málaga). Aquellos ordenan, estos obedecen.
Si todos los españoles, que han entregado a Sánchez, doscientos mil millones de euros más de lo que tradicionalmente venían aportando en sus impuestos, observan y comprueban en sus propias carnes que el Estado se ha convertido en un guiñapo despilfarrador, quizá los militantes y votantes socialistas son pecadores por partida doble. Sánchez y su cuadrilla de salteadores han arramplado con todo. Sorprendente es que haya todavía millones de voluntades que le aplaudan sus mítines organizados y pagados con dinero de la Delcy.
Definitivamente, hay que echarlos. ¿A patadas? No. Primero con los votos, luego con los legajos judiciales.
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