Fue cuestión de horas que, un 22 de agosto de hace diez años, todo el país conociese el rostro y el nombre de una joven madrileña que había desaparecido durante sus vacaciones en Galicia. La imagen de Diana Quer, grabada en la retina de millones de personas desde ese día , copó telediarios, titulares y portadas. Decenas de medios se desplegaron en A Pobra do Caramiñal, el pueblo marinero en el que se le perdió la pista, y la era del ‘todo vale’ se inauguró. El caso tenía, según los sociólogos, todos los ingredientes para capturar la atención del gran público. La víctima era una muchacha de 18 años y cara aniñada, de buena familia. Sus padres, rotos por la angustia, no dudaron en salir públicamente a pedir ayuda para localizarla, lo que sumó nuevos ingredientes y dio lugar a todo tipo de comentarios paralelos, muy alejados del foco de la investigación . Las primeras semanas de esta desaparición se sucedieron de manera frenética -y hermética- dentro del equipo de la Policía Judicial de la Guardia Civil de La Coruña. Tenían una última ubicación, la de Diana caminando por el paseo marítimo del Arenal, a la altura de unas naves en ruinas, además de un intercambio de whatsapps con un amigo, que no presagiaba nada bueno. «Me estoy acojonando. Un gitano me estaba llamando. Me ha dicho morena ven aquí» . Tres frases que se analizaron del anverso y el reverso durante meses. Detrás, y también delante de las cámaras.La falta de avances, de puertas para fuera, se suplió con especulaciones que llegaron a situar a la joven en un velero mar adentro o en distintas ubicaciones de la Península, e incluso de Europa. Un goteo diario de suposiciones y delirios varios que mantuvieron el caso en el candelero televisivo mientras los investigadores se volcaban en cuerpo y alma en un trabajo que acabó siendo eminentemente tecnológico. La última señal de vida de Diana la situaba en un punto concreto del paseo coruñés a las 2.40 de la madrugada, en plenas fiestas locales. Pero nadie había visto nada. A las 2.43 llamó, sin respuesta, a una amiga, y a las 2.58 su teléfono dejó de dar señal para siempre . Esos 15 minutos que separaban el último movimiento conocido de la desaparecida del apagado de su móvil contenían todas las respuestas que los encargados del caso persiguieron durante año y medio.Todos los vehículos que esa noche entraron o salieron de este concello costero fueron analizados al detalle, hasta 15.000 matrículas. También se tomaron decenas de declaraciones entre los asistentes a las fiestas, se revisaron cámaras y posicionamientos y se examinaron todas las antenas de telefonía, claves en el caso. Había que descubrir el recorrido que había realizado el móvil de la madrileña en esos 15 minutos, y quién la había acompañado. Por las localizaciones que se registraron en ese intervalo, la investigación confirmó pronto que la joven se había desplazado en un vehículo, y no a pie . Con la UCO ya integrada en las pesquisas, los agentes se entregaron a miles de horas de revisión de los movimientos de los móviles que aquella madrugada se congregaron en la zona. Un trabajo ingente y nunca visto que, a la postre, acabaría siendo vital. Su última condena La última aparición del Chicle se produjo en 2022 cuando fue juzgado por violar a su cuñada, menor de edad, a punta de navajaEn mitad de este exhaustivo análisis de vehículos y teléfonos que se dilató durante meses, un inesperado hallazgo confirmó la tesis policial. Una mariscadora encontró el iPhone de Diana en una zona muy próxima al puerto de Taragoña , en Rianxo. La aparición del terminal acabó por atestiguar que la joven había cruzado ese puente minutos después de que alguien la abordase cuando caminaba de regreso a casa, y que la misma persona lo había lanzando al agua para borrar su rastro. El área de búsqueda se concretó, y algunos nombres empezaron a cobrar relevancia dentro del caso. En el marco de la instrucción llegaron a tomarse doscientas declaraciones , del entorno más próximo a Diana y también de los delincuentes de la zona, porque los agentes estaban convencidos de que quien se había llevado a la muchacha sabía moverse bien por aquellos lares. Pero sin indicios de peso que pudieran dirigir la causa contra una persona concreta, el juez de Ribeira encargado de instruirla decretó su archivo en abril de 2017 , ocho meses después de la denuncia por desaparición.El carpetazo judicial supuso un duro golpe para los agentes, sin que la presión mediática cediese ante la supuesta falta de avances. Todo lo contrario. La labor policial llegó a ponerse en tela de juicio coincidiendo con el archivo, y pese a que los agentes ya tenían en el foco a un personaje de poca monta con antecedentes por tráfico de drogas y agresión sexual, cuyo teléfono se había ido conectando a los mismos repetidores que el de Diana aquella noche. Su nombre era José Enrique Abuín, alias El Chicle , un apodo insustancial en aquel momento, cuando la historia de este crimen aún estaba por destaparse. Es cierto que las piezas empezaban a encajar tímidamente, pero un detalle no menor complicaba la detención de Abuín como sospechoso de la muerte de Diana: tenía una coartada sólida . Según Rosario Rodríguez, su pareja y padre de su única hija había regresado a dormir a casa coincidiendo con la hora de la desaparición de Diana, hecho que imposibilitaba que hubiese cometido un crimen que, pese a todo, la investigación veía cada vez más claro.Arriba, Juan Carlos señala el cielo tras conocer el veredicto de culpabilidad del Chicle. Abajo, sostiene una imagen de su hija en su casa de Madrid. En la tercera imagen, efectivos de la Científica a su salida de la nave donde Diana fue arrojada a un pozo. ABC/EFEPor eso, decidieron no sacarle ojo de encima. Al Chicle lo sometieron a meses de una vigilancia y unos seguimientos de los que él mismo llegó a percatarse. También controlaron sus conversaciones, y sus reacciones. El cerco se iba estrechando a medida que los avances tecnológicos ayudaban a atar cabos. Las imágenes de la cámara de una gasolinera ubicada en el recorrido que tuvo que hacer Diana para salir de A Pobra acabaron de delatarlo. Captaba unos focos a priori imposibles de identificar hasta que después de probar distintos vehículos, los expertos descubrieron que eran totalmente compatibles con uno de los turismos que Abuín solía usar , un Alfa Romeo 166 cuyas mediciones correspondían, con precisión milimétrica, a las filmadas por esta cámara. Además, el desencriptado del teléfono de Diana confirmó que su móvil y el del Chicle habían salido del pueblo por el mismo lugar, y a la misma hora. El puzle llevaba meses tomando forma y todo estaba a punto para proceder a la detención, cuando un hecho inesperado estuvo a punto estallarlo. El principal sospechoso de la investigación después de año y medio de pesquisas acababa de meter a la fuerza en el maletero de su coche a una joven en la localidad coruñesa de Boiro. La joven se zafó de un final incierto con la ayuda de dos chicos que pasaban por allí, y el hombre huyó. Ese mismo 25 de diciembre de 2017, la víctima presentó la denuncia, aportando tres datos determinantes: el modelo del coche, un Alfa Romeo; la matrícula, una numeración a esas alturas de sobra conocida para los investigadores; y una descripción física que no dejaba lugar a dudas. Pocas horas después, el único sospechoso de la desaparición de Diana Quer fue trasladado al calabozo.Quienes lo miraron cara a cara en esa celda cuentan que su actitud fue altiva, la de un psicópata al que no agrada tener cerca; también la de «un manipulador experimentado», aseguran. Las primeras horas la colaboración brilló por su ausencia y Abuín ofreció explicaciones confusas sobre su vinculación con la desaparición de la madrileña, hasta que le comunicaron que su mujer había confesado y su coartada se había venido abajo. Era la madrugada del día de fin de año, y el Chicle dirigió a la comitiva policial hasta una nave ubicada en el municipio de Asados, muy cerca de donde él se había criado. Allí, en un pozo escondido en el suelo, y lastrada con un bloque, estaba Diana Quer . No se recuerda un día más lluvioso en las inmediaciones del lugar donde un país entero puso cara al verdugo de la mujer más buscada. El hallazgo batió récords de búsquedas y visitas. De regreso a casa, conduciendo detrás del coche que trasladaba los restos mortales de su hija, Juan Carlos Quer prometió a Diana que haría justicia por su prematura pérdida, y se convirtió en un abanderado de la prisión permanente revisable. Ni él ni la Fiscalía tenían dudas de que era la condena que merecía la persona que la había borrado del mundo de aquella manera, aunque para lograrlo había que demostrar que a la joven la habían violado. Y el proceso de saponificación del cuerpo, tras casi 500 días sumergido en agua, lo hacía casi imposible. Justo una década después del crimen, el abogado de la familia, el letrado ferrolano Ricardo Pérez Lama recuerda con ABC la preparación de ese juicio. «Es sencillo decir que alguien es culpable, pero para demostrarlo en los tribunales hay que pasar muchos filtros técnicos . Y lo más complicado para nosotros fue evidenciar que a Diana la habían agredido sexualmente antes de matarla» explica el penalista. Para convencer a los nueve integrantes del jurado popular de que la víctima había sido violada antes de ser estrangulada con una brida no bastó el historial delictivo del Chicle, o que la hubiera lanzado desnuda al pozo. En una sesión nunca antes vista en un tribunal español, dos equipos de expertos forenses debatieron acerca de los rastros que esta agresión pudo dejar en el cuerpo de Diana. Y discutieron, exponiendo todos sus argumentos científicos, sobre si estas lesiones eran suficientes, o no, para probar la agresión, única llave para abrir la puerta de la prisión permanente revisable. Fueron jornadas de angustia, de durísimos visionados ante los que la propia defensa de Abuín apartó la mirada , de largas declaraciones, de tecnicismos sin los que hubiera sido imposible probar la presencia del acusado en el escenario del crimen. Hasta que llegó el veredicto unánime de culpabilidad que allanó el camino del Chicle a la pena máxima. Una década después, el asesino de Diana Quer permanece ingresado en la prisión leonesa de Mansilla de las Mulas, donde recibe las visitas de su familia más próxima. Intramuros, este depredador sexual mantiene un perfil bajo , evitando meterse en problemas, aunque sin participar en ninguno de los cursos de formación voluntarios que se le han propuesto. La última vez que salió de la cárcel fue en noviembre de 2022, cuando se volvió a sentar en el banquillo para ser juzgado por la violación de su cuñada, cuando ésta era menor de edad. En ese plenario, la víctima relató cómo el Chicle se la llevó una mañana a un paraje solitario, la obligó a ponerse un camisón que llevaba en la guantera , y la violó a punta de navaja antes de dejarla en el instituto. Él lo negó y pidió a los policías que lo acompañaban que le sacasen las esposas porque, se atrevió a afirmar, «yo no soy una persona agresiva». En esa sala, de la que salió condenado, estaba presente el padre de Diana Quer. «Vengo por mi hija» aseguró. Una década después de la pérdida de la joven, y cumplida la promesa que le hizo, Juan Carlos Quer recuerda que hace tiempo que decidió mantenerse alejado de los medios, consciente de que Diana «ya descansa en paz».
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