«¿Sabes dónde está la Fageda d’en Jordà ? Si vas por los alrededores de Olot, en lo alto de la llanura, encontrarás un lugar verde y profundo como jamás hayas visto otro igual en el mundo». Así arranca el célebre poema de Joan Maragall sobre uno de los rincones más extraños y fascinantes de toda la península ibérica. Porque la Fageda d’en Jordà es un bosque mediterráneo, pero parece surgido del interior de los highlands escoceses, habitado por criaturas mágicas que lo llenan todo de oscuridad onírica, atmósferas densas, frondosidad de verdes intensos y la sensación de atravesar un túnel a través del espacio tiempo. No debería estar allí, no así, pero lo está, y todo tiene una explicación, por los 40 volcanes que la rodean.En el interior de la provincia de Gerona nos encontramos con la Garrocha, comarca que ostenta un récord de 40 volcanes dormidos , pero activos, en un parque natural que se expande por 15.300 hectáreas o 153 kilómetros cuadrados. Entre ellos, hay algunos, como el Croscat, el más grande de todos ellos, que el año pasado se estableció que entró por última vez en erupción hace 15.000 años. ¿Cuánto falta para que vuelva a activarse? ¿Hay riesgo? Tranquilos, en realidad las probabilidades de que vuelva a descargar torrentes de lava al entorno son escasas. «En realidad, no tenemos ningún síntoma de que nuestro vulcanismo se pueda reactivar en breve», asegura Joan Martí, vulcanólogo del CSIC y máximo experto en la zona.En 2025, Martí presentaba un nuevo estudio sobre el parque volcánico impulsado por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) , con la colaboración de la Universidad New Mexico Tech, GeoNat y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Dentro de las conclusiones del informe destacaba el hecho de que la actividad volcánica de la zona había sido mucho más reciente y frecuente de lo que se pensaba. A través de radiométricas avanzadas, el estudio demostraba que volcanes como el Montsacopa había estado activo sólo hace 20.000 años, cuando antes la fecha se remontaba a los 75.000 años.Las nuevas dataciones, realizadas con técnicas radiométricas avanzadas, indicaban que las primeras erupciones se remontarían a unos 248.000 años, aunque la formación volcánica empezaría a formarse unos 700.000 años antes. «La zona está activa a todos los efectos… a escala geológica podría volver a erupcionar en algunos miles de años, pero a escala humana es extremadamente improbable», aseguró Martí en la presentación del informe, que se publicó en la prestigiosa revista especializada ‘Quaternary Science Advances’.Por supuesto, la particularidad de la zona la ha convertido en una atracción irresistible para turistas y curiosos. Subir por uno de los autobuses habilitados que recorren la zona y oír a los guías hablar de estos gigantes dormidos hace imaginar tiempos arcanos y películas de catástrofes al mismo tiempo. Aunque a veces se juega con la ambigüedad, lo cierto es que el sueño de los volcanes continúa siendo muy profundo. En realidad, el auténtico miedo de los habitantes de la zona es extrapolable al de los demás rincones de la península y se centra en sequías, incendios o inundaciones. Por si acaso, la monitorización de la zona es constante. Tanto el I nstituto Cartográfico y Geológico de Cataluña (ICGC ), como el Instituto Geográfico Nacional tienen a la Garrotxa en su radar. La Estación de Vigilancia Volcánica de Can Jordà detecta cualquier forma temprana de actividad sismo-volcánica mediante sensores de alta precisión. Por su parte, la Estación Sísmica de Olot registra de forma constante los movimientos tectónicos de la zona. Por tanto, la monitorización es permanente, se controla si existe cualquier deformación del terreno, y se integran todos los datos en tiempo real para poder anticiparse a cualquier crisis y acelerar la evacuación. Los 65.000 habitantes de la Garrotxa lo agradecen.La comarca catalana, conocida popularmente como ‘el orinal de Cataluña’ por sus continuas lluvias causadas por su particular microclima, podría equipararse al estado de California, siempre a la espera de su famoso ‘big one’, el terremoto final que la separe definitivamente del resto de Estados Unidos. Quizá lo que quede sea una isla destrozada a la deriva. El miedo, en ese caso, es real. Aquí habrá que esperar miles de años a que uno de dichos volcanes vuelvan a ser activos. Hasta entonces, es imprescindible visitar el cráter de 120 metros del Montsacopa , en cuyo centro encontramos la ermita de San Esteban. Ésta es una práctica habitual, ya que en el cráter del Santa Margarida se encuentra una ermita románica del siglo XI.Después estaría el Croscat , célebre por sus gredales, la arcilla de color rojizo que dibuja una estampa violenta y arcana. Las extracciones mineras, hoy prohibidas, lo destrozaron, pero dibujaron este particular dibujo que asemeja una señal de peligro escrita por indígenas. Entre el resto de 40 volcanes hay otros míticos como el Montolivet, el Garrinada o el Bisaroques. «Los conos volcánicos se levantan majestuosos sobre el llamo, con cráteres perfectos que el tiempo ha cubierto con mantos de vegetación exótica», afirmaba en el siglo XIX Xavier Francesc de Bolós, el primer naturalista en estudiar la zona.Y todo este espectáculo posibilita la aparición casi mágica de la mítica Fageda d’en Jordà. La vegetación creció sobre la lava fría de la erupción del Croscat. El agua que había originalmente en la zona comenzó a hervir con la roca volcánica, lo que creó grandes burbujas que alteraron el equilibrio de la zona creando grandes montículos irregulares por todo el terreno. La sierra del Corb , que rodea el bosque, impidió la llegada de aire caliente a la zona y esto hizo que el frío y la humedad campasen a sus anchas a pesar del clima mediterráneo general. Al final, esto permitió que crecieran hayas en lugar de pinos y convirtió al frondoso bosque en una sombra continua con clima propio.Y dicen que no existen los milagros. Lo cierto es que aunque se pueda explicar no resta ni un ápice a la maravilla de la Fageda d’en Jordà. Al propio Josep Pla le encantaba caminar por dicho bosque, eso sí, en primavera y con lluvia, no con la sequedad del verano. «Cuando cae sobre la tierra una lluvia finísima, pausada, delicada e intermitente. Entonces aparecen el rojo y el amarillo y el blanco, colores que dotan a la tierra de una precisión perfecta», aseguraba en su libro ‘Viaje a la Cataluña vieja’.
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