El 11 de septiembre de 2001, Tania Head estaba en la planta 78 de la Torre Sur mirando por la ventana. De pronto, vio un avión, y luego el caos. Tania contó que tuvo que arrastrarse entre sangre y restos humanos hasta llegar a la escalera, y que allí, Welles Crowther, ‘el hombre del pañuelo rojo’, la guio hasta la salida antes de morir y convertirse en uno de los héroes del 11-S. La mujer despertó en el hospital a los pocos días, en la unidad de quemados, y fue allí donde se enteró de que su prometido, que trabajaba en la Torre Norte, no había sobrevivido al atentado. «Era una historia increíble», dirían luego varios supervivientes, después de escuchar su relato. Con el tiempo, Tania acabó presidiendo la asociación de supervivientes del World Trade Center, y fue la encargada de realizar la primera visita guiada a la Zona Cero de los atentados, donde volvió a contar su historia: el avión por la ventana, el joven que la salvó antes de morir, la muerte de su pareja… Todo era increíble, tanto que nunca ocurrió. Tania Head se llamaba en realidad Alicia Esteve, y el 11 de septiembre de 2001 no estaba en Nueva York, sino en Barcelona, seguramente siguiendo las noticias del atentado por televisión. Se obsesionó, leyó todo lo que cayó en sus manos, se metió en los foros de víctimas y un día se plantó en Nueva York como una más del grupo: el resto fue una continuación del engaño, que duró hasta 2007, cuando dos periodistas del ‘New York Times’ lo destaparon. La mentira de Tania dio la vuelta al mundo, y ella acabó desapareciendo del mapa. Ahora, Kike Maíllo la busca en ‘La superviviente’, un documental que revisa el escándalo y trata de explicarlo, con más o menos malabarismos morales: es más interesante cuando se pregunta qué y cómo, y algo errático o complaciente cuando aborda el porqué, que sigue siendo un misterio. Vista de cerca, su farsa es aún más fascinante, pues Alicia Esteve no ganó ni un euro con su engaño, ni siquiera se acogió a las ayudas sociales para víctimas del 11-S que ella misma ayudó a crear. Pero estaba tan sola, tan necesitada de una comunidad, nos dice el documental.La historia de Alicia Esteve conecta directamente con la de Enric Marco, aquel hombre, también de Barcelona, que fingió ser un superviviente del campo de concentración nazi de Flossenbürg. Según su narración, había llegado a Francia huyendo de las autoridades franquistas, y allí, en Marsella, se unió a la resistencia clandestina contra los nazis, donde militó hasta que fue detenido por la Gestapo, que lo trasladó primero a Kiel y luego a Flossenbürg. Tenía hasta número de preso, el 6.445. Su farsa la destapó el historiador Benito Bermejo Sánchez en 2005, y luego Javier Cercas le dedicó su novela ‘El impostor’. En el documental vemos a Enric Marco en una entrevista televisiva, explicando que todo lo que había hecho era para darle voz a quienes no la tenían. «Tengo la convicción de que Enric Marco sigue siendo necesario», insiste ahí.Enric MarcoAlicia Esteve también dio visibilidad a la asociación de supervivientes del 11-S, y fue quien consiguió que pudieran hacer visitas guiadas por la Zona Cero. Algunas de las víctimas con las que trató no le guardan rencor, en parte por su contribución gratuita a la causa, pero quienes más cerca estuvieron de ella aún la odian, pues se sienten traicionados, como nos recuerda Maíllo. Y en eso se distingue de otros impostores del 11-S, como Steve Rannazzisi, que quiso lanzar su carrera de cómico vendiendo la historia de que era un superviviente de los atentados que después del trauma decidió dejar su trabajo por su verdadera vocación. Otro impostor fue Jordan Liflander, que se hizo pasar por bombero y héroe. «Fue simplemente ego –dijo en una entrevista, cuando ya lo habían pillado–. Una estupidez. Intentaba encajar, ser uno más del grupo. Se me fue de las manos y acabó convirtiéndose en una mentira con la que tuve que vivir».Su motivación recuerda a la de Herman Rosenblat, que le contó a Oprah Winfrey «la mejor historia de amor» que había escuchado en su vida. Siendo niño, lo deportaron a Schlieben, un subcampo del complejo de Buchenwald. Según repetía, allí conoció a Roma Radzicky, una niña judía que vivía fuera del campo haciéndose pasar por cristiana, y que le tiraba manzanas y trozos de pan, arriesgándose a ser descubierta. Doce años después, ya en Nueva York, un amigo le organizó una cita a ciegas, y durante la conversación descubrieron quién era el otro: fue el principio de un matrimonio que iba a durar más de medio siglo. La fantasía la truncó Kenneth Waltzer, director de estudios judíos en la Universidad Estatal de Michigan, que demostró que en Schlieben solo había una valla que daba al mundo exterior: era la que estaba al lado de los barracones de las SS, con lo que era inverosímil que una niña se dedicara a lanzar manzanas dentro sin que la vieran.Herman Rosenblat sí estuvo en Schlieben y Roma Radzicky sobrevivió al Holocausto con una identidad falsa, pero no se conocieron siendo niños, sino aquel día, en Nueva York: eran víctimas reales, pero su historia de amor no era tan increíble. Lo reconoció en 2008 ante su agente y el productor de la película que se iba a hacer de sus memorias, y que por supuesto no se hizo; de hecho, ni siquiera se llegaron a publicar, y el libro infantil que había lanzado con su historia de amor se retiró de las librerías…En un momento de ‘La superviviente’, uno de los entrevistados dice que con el 11-S reciente «dudar era como una traición a las víctimas». Y explica que para que existan estos farsantes hace falta una audiencia sedienta de historias lacrimógenas: hace falta gente dispuesta a creer. Lo cual nos lleva a aquella frase de Camus que nunca ha encabezado las facultades de periodismo: «Buscar lo que es verdadero no es buscar lo que es deseable».
Powered by WPeMatico