La comida se está encareciendo por una razón que muchos consumidores todavía no relacionan con lo que pagan en el supermercado: la inflación climática. Sequías, olas de calor e inundaciones arruinan cosechas, y ese daño acaba viajando hasta la etiqueta del precio.
Así lo advierte Slow Food, la red internacional que promueve una alimentación local y sostenible, en un comunicado difundido a pocos días de la COP31, la cumbre del clima de la ONU que se celebra en Antalya (Turquía) del 9 al 20 de noviembre.
La organización sostiene que el precio de los alimentos refleja hoy el efecto combinado de pérdidas de cosechas ligadas al clima, tensiones geopolíticas, energía e insumos más caros y alteraciones en el comercio mundial. Y pide a los gobiernos que actúen.
Qué es la inflación climática
El término inflación climática describe la subida de precios provocada por fenómenos meteorológicos extremos. Cuando una sequía o una helada reduce la producción de un cultivo, la oferta cae y, si la demanda se mantiene, el precio sube en origen y se traslada después a la cesta de la compra.
La ciencia ya ha puesto cifras a ese mecanismo. Un estudio liderado por Maximilian Kotz, investigador del Barcelona Supercomputing Center, analizó 16 subidas de precios de alimentos registradas entre 2022 y 2024 tras episodios de calor, sequía o lluvias extremas.
Uno de los casos más cercanos es el del aceite de oliva: su precio en la Unión Europea subió alrededor de un 50% entre enero de 2023 y enero de 2024, después de la sequía que castigó el sur de Europa, con España e Italia como principales productores afectados.
Del aceite al cacao
El mismo trabajo, publicado en Environmental Research Letters, documenta que el cacao se encareció cerca de un 280% en un año tras la ola de calor de febrero de 2024 en Ghana y Costa de Marfil, que concentran más del 60% de la producción mundial.
El café siguió una trayectoria parecida: la sequía de 2023 en Brasil elevó su precio internacional en torno a un 55%, y el calor en Vietnam duplicó el de la variedad robusta en la primera mitad de 2024.
Investigaciones previas del mismo autor junto a economistas del Banco Central Europeo concluyeron que las altas temperaturas elevan la inflación alimentaria de forma persistente durante los 12 meses siguientes, tanto en países ricos como en los de menor renta.

Una doble carga
Para Slow Food, los choques climáticos generan una doble carga: reducen los ingresos de agricultores y ganaderos y, al mismo tiempo, encarecen la comida para los consumidores. Y el golpe no se reparte por igual.
«El cambio climático ya no es sólo un tema ambiental; la subida en los precios de la comida es uno de los costes más visibles del fracaso climático», afirma Edward Mukiibi, presidente de Slow Food.
«Cuando las sequías destruyen las cosechas y las inundaciones dañan los cultivos, la factura no se queda sólo en el campo. Llega a los mercados locales, eleva los precios y golpea con más fuerza a los hogares que menos pueden pagar», añade.
El Niño y el hambre
Las agencias internacionales comparten la preocupación. En agosto, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) advirtió de que El Niño podría empujar a al menos 49 millones de personas más al hambre aguda en 45 países que ya eran vulnerables.
Según ese análisis, la inseguridad alimentaria aguda pasaría de unos 225 a 274 millones de personas. El fenómeno alcanzaría su pico entre septiembre y diciembre de 2026, con efectos que podrían prolongarse durante buena parte de 2027.
El PMA subraya, además, que la prevención compensa: cada dólar invertido en acción anticipatoria ahorra entre 3 y 7 en pérdidas evitadas y en costes de respuesta a emergencias.
¿Y en España?
En España, el efecto de la inflación climática es hoy más moderado. Según el INE, el IPC se situó en el 4,9% en octubre, empujado sobre todo por los carburantes, mientras que los alimentos suben, pero menos que hace un año, lo que contribuye a contener la inflación.
Aun así, los últimos datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación reflejan subidas anuales del 13,4% en los huevos y del 9,9% en la carne de vacuno en julio, frente a descensos en la fruta fresca, el azúcar o el café.
Los aceites y grasas, protagonistas de la última gran escalada, se encarecían en julio un 3,5% interanual, lejos de los máximos que alcanzaron en los lineales tras la sequía de 2022 y 2023.
Concentración del mercado
Slow Food apunta también a un factor estructural: la dependencia de pocas materias primas, rutas comerciales y grandes corporaciones. La concentración empresarial no provoca por sí sola los choques climáticos, pero sí puede amplificar sus efectos, sostiene.
La organización se apoya en el Agribusiness Atlas 2026, elaborado por el panel de expertos IPES-Food junto a la Fundación Heinrich Böll y Amigos de la Tierra Europa, entre otras entidades, que pone el foco en el poder de las grandes compañías del sector.
El informe señala que, tras la invasión rusa de Ucrania, el precio de los fertilizantes se triplicó y las nueve mayores compañías del sector multiplicaron por más de tres sus beneficios frente a los niveles prepandemia. Mientras, según Slow Food, 65 millones de personas más sufrieron inseguridad alimentaria grave.
Un diagnóstico con matices
No todos los actores comparten ese diagnóstico. En el caso del aceite de oliva, el sector defendió en su momento que las subidas respondían al aumento de los costes y a la mala cosecha, y no a la especulación.
Para Slow Food, la última ola de inflación alimentaria es una advertencia: la resiliencia ha dejado de ser opcional y se ha convertido en un requisito para la seguridad alimentaria.
Construir esa resiliencia, defiende, exige cambios en la forma de producir, pero también mercados más diversos, cadenas de suministro más justas y un reparto más equilibrado del valor entre el campo y el consumidor.
La apuesta por la agroecología
Como respuesta a la inflación climática, Slow Food propone la agroecología, un enfoque que combina la diversificación de cultivos, una menor dependencia de insumos externos, el cuidado del suelo y cadenas de venta más cortas entre productor y consumidor.
Un estudio publicado en octubre en Scientific Reports, con datos de más de 30.000 hogares agrícolas de 17 países, concluye que adoptar prácticas de al menos tres grupos agroecológicos se asocia a un 27% menos de probabilidades de sufrir inseguridad alimentaria moderada o grave.
Los autores hablan de asociación, no de causalidad demostrada, un matiz relevante en un debate todavía abierto. Una revisión de cerca de 1.000 artículos científicos coordinada por la Alianza Bioversity International-CIAT recoge tanto a sus defensores como a sus críticos.

Un debate abierto
Quienes la respaldan destacan casos en los que los rendimientos se mantienen o incluso mejoran. Los escépticos advierten de que el menor uso de insumos y unos rendimientos a menudo más bajos a corto plazo dificultarían cubrir la demanda mundial sin cultivar más tierra.
Entre ambas posiciones, una visión pragmática sostiene que el éxito depende del acceso a la tierra, al crédito, al apoyo público y a un conocimiento adaptado a cada territorio. Es decir, no existe un modelo único válido para todas las regiones.
Slow Food cita ejemplos de su red: productores que restauran ecosistemas en Argentina, comunidades que protegen semillas tradicionales en la República Democrática del Congo, cafeteros que gestionan en común tierra y agua en Tailandia y agricultores que cuidan el suelo en Grecia.
Qué se puede hacer
De cara a la COP31, la organización pide a los gobiernos reconocer la agroecología como una estrategia clave de adaptación al cambio climático y redirigir parte del apoyo agrícola hacia sistemas locales diversificados y basados en la biodiversidad.
También reclama invertir en mercados locales y regionales, cadenas de distribución cortas y medidas que refuercen el poder de negociación de los productores frente a la concentración del mercado, para que las comunidades estén menos expuestas a los choques.
«La seguridad alimentaria no se trata sólo de producir más. Implica garantizar el acceso a comida saludable para todos, asegurar un ingreso justo a los productores y construir sistemas alimentarios que no colapsen ante el estrés climático», concluye Mukiibi.
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