La felicidad también tiene resaca. La de Sevilla comenzó este domingo con el recuerdo de Pablo Aguado camino del Hotel Colón a hombros, después de abrir la Puerta del Príncipe con la corrida de Jandilla. Todavía quedaba algo de aquella alegría en los tendidos de la Maestranza cuando hicieron el paseíllo Morante de la Puebla, Daniel Luque y Borja Jiménez. Había ganas de seguir celebrando. Pero la resaca alegre se fue volviendo plomiza conforme salían los toros de Garcigrande. Bien presentados, sí; vacíos por dentro también. Les faltó fuerza, alma, raza y bravura. Un petardo ganadero en toda regla para cerrar la Feria de San Miguel.Morante estrenó un vestido tinto y oro con reminiscencias gallistas; Daniel Luque iba de nazareno e hilo blanco y Borja Jiménez, de rosa y oro. Tres sevillanos y una plaza llena dispuesta a encontrarse con algo que prolongara lo vivido veinticuatro horas antes. Pero no fue la tarde de nadie: ni los toros embistieron, ni los picadores estuvieron a la altura, con la excepción de ‘Jabato Chico’ en el quinto, ni los clarineros anduvieron afinados. Los toreros, al menos, sí quisieron.’Colorido’, el primero, echó el freno demasiado pronto. Morante quiso sujetarlo con el capote, aunque apenas pudo pararlo. En la muleta alcanzó a dejar tres o cuatro derechazos de los que hacen levantar la mirada. Ahí estaba el torero y ahí pareció, por un instante, que podía abrirse una rendija. Bastó cambiar la muleta a la izquierda para que el animal se parara. Ya solo quedó abanicarle la cara y buscar la espada. Dejó una estocada un punto contraria y desprendida. La fuerte ovación reconoció precisamente eso: que Morante había querido y que enfrente no había encontrado con qué.El segundo tuvo otras hechuras y Daniel Luque lo recibió con verónicas acompasadas. Hubo movimiento en los quites: tafalleras del de Gerena y chicuelinas de Borja Jiménez. Fue uno de esos momentos en los que el capote promete una tarde que después la muleta se encarga de desmentir. Luque comenzó por bajo, pero ‘Pastelero’ también se quedó sin recorrido. Ni fuerza ni transmisión. El torero puso intención donde el toro no ponía nada. Mató de una estocada un punto trasera y un descabello. Silencio.Borja Jiménez salió alegre de capa con el tercero. Era una manera de negarse a aceptar que la corrida ya venía torcida. Lo intentó luego por los dos pitones, buscando una respuesta de ‘Manejador’ que nunca llegó. Al toro le faltaron fondo, clase y alma; no había una embestida sobre la que construir una faena. Borja dejó una estocada entera un punto delantera y necesitó el descabello. Silencio tras aviso. A esas alturas, la tarde empezaba a parecerse demasiado a sí misma.El cuarto tampoco iba a cambiarla. ‘Chelito’ salió sin celo ni entrega en el capote de Morante y embistió a oleadas, desordenando la lidia. El propio diestro advirtió un defecto en la vista y se lo comunicó al delegado gubernativo. Llegó el aviso al palco de José Luque Teruel y apareció el pañuelo verde. Salió entonces ‘Fiero’, cuarto bis y primer sobrero de Garcigrande. La devolución había dado a la tarde una segunda oportunidad en el lote de Morante, pero tampoco el sustituto trajo la embestida que se esperaba. El torero que salió con la espada de matar volvió a encontrarse sin materia para levantar una faena. Ni cambiando al toro cambió la corrida.El quinto fue el más bonito de la tarde, un burraco de buena lámina llamado ‘Lunático’. Se empleó en el caballo de ‘Jabato Chico’, la excepción en una tarde poco lucida para los picadores. Luque volvió a mostrar su disposición desde el recibo, con verónicas y chicuelinas, antes de dibujar un quite vistoso. Empezó la faena pegado a tablas, insistió allí y sacó después al toro hacia el tercio. Por la derecha hubo algún viaje aprovechable; por la izquierda resultó imposible. Cuando Luque regresó a la diestra, el animal ya no decía nada. Sin fondo ni transmisión, el de Gerena se metió entre los pitones y buscó por cercanías lo que no había encontrado en la embestida. El público terminó apremiándolo para que cogiera la espada. Lo hizo y dejó una gran estocada que le valió una ovación.Quedaba el sexto y quedaba, además, una despedida. ‘Almacenista’ siguió el argumento de sus hermanos. Borja lo recibió bien con el capote, pero el toro se apagó después hasta echarse en plena faena. El torero insistió por ambos pitones y hubo de rendirse a la evidencia. Pinchó y dejó una estocada tendida y baja. Silencio. Antes, la música con el pasodoble Juncal había sonado para Luis Blázquez durante el último par de banderillas de su carrera. Era su última tarde vestido de luces. Al terminar la corrida, el banderillero valenciano de la cuadrilla de Borja Jiménez se cortó la coleta ante los tres matadores, las cuadrillas y su hijo, que fue el encargado de quitarle el añadido. Más de treinta años de profesión cabían en aquel gesto pequeño. Había elegido Sevilla para despedirse y Sevilla, tan dada a guardar las cosas que importan, se quedó con esa imagen cuando ya no quedaba un toro por salir.San Miguel había tocado el cielo el sábado con la naturalidad de Aguado y su Puerta del Príncipe. El domingo bajó de golpe a la tierra. Morante dejó unos derechazos, Luque buscó hasta arrimarse y Borja no dejó de intentarlo. Hasta los clarines parecieron contagiados por el desajuste de una tarde destemplada. Pero, por encima de todo, faltó el toro. Garcigrande trajo la presentación; se dejó en Salamanca casi todo lo demás. Sevilla salió de la Maestranza con la alegría de ayer todavía en la memoria y con una resaca, esta vez sí, difícil de quitarse de encima.
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