Eduardo Marco ha escrito una novela sin escribir una sola frase. Cada línea de ‘El centauro que no fui’ (Círculo de Tiza) pertenece a otro: a Kafka, a Pessoa, a Flaubert, a Virginia Woolf, a Cortázar, a cien escritores repartidos en 176 libros que este fotógrafo brasileño, afincado en Madrid desde 1995, leyó con un lápiz en la mano durante media vida. Las subrayó, las copió, las cosió una a una hasta que de aquel coro de voces ajenas brotó una sola: la de un escritor que lo tenía todo para triunfar y que, encerrado en su casa, intenta entender cuál es el motivo de su fracaso. Lo único que Marco puso de su puño y letra fue el título.Su origen eclosionó hace casi siete años. Eduardo Marco se despertó, se acercó a la pequeña biblioteca de su casa y sacó su volumen del ‘Libro del desasosiego’, de Fernando Pessoa. Casi seiscientas páginas que había leído tiempo atrás con un lápiz en la mano. En lugar de releerlo, Marco lo recorrió de principio a fin deteniéndose solo en las frases que él mismo había subrayado. «Cuando termino de leer, me doy cuenta de que todas esas frases, leídas de una manera continua, tenían un sentido», recuerda. «Era un texto único».«No existe nada más doloroso para mí que tener un mal libro entre manos»Marco, de 56 años, llega a la entrevista con su ejemplar lleno de marcas a lápiz. Habla un español rápido y, cuando la conversación se enciende, se le escapa el portugués sin que parezca notarlo. Cita de memoria capítulo y página, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que el libro tiene tres partes. La primera es la novela, sin costuras visibles; la segunda, un catálogo de obras y autores; la tercera repite el texto entero frase a frase, cada una con un número que remite a su origen.Marco creció en una ciudad de unos 30.000 habitantes en el extremo sur de Brasil, en la frontera con Uruguay. «No había librerías, no había nada. Pero mi padre era un gran lector». Compraba libros a distancia o en sus viajes, y le enseñó una regla. «Siempre que encuentres una palabra que no sabes, la subrayas para buscarla después en el diccionario». Con los años las palabras desconocidas escasearon y el lápiz empezó a señalar otra cosa. «Lo que hago hoy es subrayar las cosas que me importan: frases impactantes, un pensamiento filosófico».El ‘lector’ Eduardo Marco Isabel PermuyEl padre tenía también una broma que repetía a sus dos hijos: «En la vida hay que hacer tres cosas: leer, leer y leer». Los niños se reían. «Esa broma que hizo durante tantos años, al final, era en serio». A los diez años, Eduardo Marco recibió ‘El viejo y el mar’, y al día siguiente llegó a la mesa anunciando que había aprendido una palabra nueva: perseverancia. «La fotografía ha sido mi matrimonio», dice. «Pero hace unos años encontré una amante». El clic llegó pasados los treinta, con los clásicos. «Hay un momento en que la comprendes, que la entiendes. Hay gente a la que le gusta leer y gente a la que le gusta la literatura». Para elegir cada fragmento se impuso tres condiciones: que contara algo de su personaje, que tuviera su voz y que poseyera una belleza indiscutible. «Yo nunca he leído para vivir otra vida», dice. «Me interesa cómo se construye el lenguaje. La forma, no la trama».«Vila-Matas para mí es mi guía. Yo soy vilamatiano hasta la médula» Los poetas latinos llamaban ‘centón’ a la obra compuesta con versos ajenos. En el siglo IV, Proba recontó la historia bíblica con hexámetros de Virgilio. Lautréamont escribió que el plagio es necesario. Walter Benjamin soñó con una obra hecha casi solo de citas. Borges imaginó a Pierre Menard reescribiendo el ‘Quijote’ palabra por palabra para producir, sin cambiar una coma, un libro distinto. En 1967, Roland Barthes certificó la muerte del autor.Vila-Matas ha hecho de esa tradición una manera de escribir, mezclando citas reales e inventadas hasta borrar la frontera. «Vila-Matas para mí es mi guía. Yo soy vilamatiano hasta la médula». Por eso, cuando terminó el manuscrito, Marco solo quería que él lo leyera. No se atrevió a enviárselo y se lo hizo llegar por un intermediario. Vila-Matas lo calificó de valioso y sorprendente, y añadió: «Creo que el autor es un hombre de mi generación». El escritor barcelonés nació en 1948. «Es el mayor elogio», dice Marco. «Es un trabajo como de una persona totalmente dedicada a la literatura: un escritor, un traductor, un hombre de letras. Lo que yo no soy. Yo soy un gran lector». El libro llega además con un prólogo de Marcos Giralt Torrente, que narra cómo se conocieron en una comida con Ray Loriga. Lo cierra un epílogo de la novelista Aurora Freijo sobre esa idea posmoderna según la cual el texto, una vez en el aire, no pertenece a nadie.Ser escritor se nace, no se hace Marco insiste en que no es escritor y, sin embargo, ha firmado una novela. Tampoco cree que la escritura se elija. «Nadie puede despertarse por la mañana y decir: mira, creo que voy a ser escritor, como quien dice: voy a hacer biología. Es algo que crece dentro de ti». Lo ejemplifica con la hora de la comida. «Si yo te preparo un plato malísimo, no puedes comerlo. No existe nada más doloroso para mí que tener un mal libro entre manos».«Es muy difícil sacar un libro adelante. Un libro desconocido de un autor desconocido». Marco habla con dureza de la suerte de su libro, viene del mundo del arte y creía conocer la ingratitud. «La escritura y el arte son las profesiones más ingratas del mundo. Pasas cinco años entregando toda tu vida a algo que crees que hay que decir, para que después no le interese a nadie». Entre la idea y la publicación pasaron seis años y medio. «No he estado un único día sin pensar en él o hacer algo por ese libro». Si cada frase de este libro tiene dueño, ¿de quién es la novela? Para Marco, el subrayado es una forma de autobiografía. «Lo que más te puede interesar en la literatura es lo que sientes pero nunca has sabido expresar. Cuando lo identificas, es casi una cura».Antes de despedirse, Marco recuerda otra broma de su padre. «Lo difícil en la vida es aprender a leer. Lo demás está todo escrito». Su hijo tardó medio siglo en tomárselo al pie de la letra.
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