Es martes, son las doce del mediodía y el barrio universitario por excelencia de la capital está de cañas. Irene y Natalia estudian segundo de Finanzas en la Universidad Complutense de Madrid . Tienen clase, pero están sentadas con un par de tercios de cerveza en una terraza. «Hoy se nos ha complicado», dicen en una primera respuesta rápida. Ya después de un rato, ambas reconocen que no van a la facultad «ni la mitad de los días». Estas dos estudiantes forman parte del 42% de alumnos que practican el absentismo universitario , según un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) publicado este año. La escena se repite en todos los campus españoles y, por eso, la UAB ha querido analizar cuáles son las causas que están dejando las universidades tan vacías en el aspecto puramente físico, pues las matriculaciones suben cada curso. «La verdad es que con los apuntes que da la propia universidad nos vale para aprobar. Aunque hay alguna clase que es más interesante, por lo general son muy monótonas. Los profes no se lo curran», asegura Natalia. Puede que no sea muy fiel a los horarios, pero esta generación, desde luego, es sincera. La fotógrafa les ofrece hacerles un retrato de perfil o de espaldas para que no sea fácil identificarlas, pero la cámara no les da ningún miedo. «No, no, si no tenemos nada que esconder. Nos puedes sacar la cara. Y, si quieres, te doy mi apellido», afirma con toda la seguridad del mundo Irene (Simón). Las cifras revelan una distancia marcada entre las expectativas y el comportamiento cotidiano de los jóvenes. Los docentes estiman una asistencia media del 60,7%. De hecho, un 16,7% califica la situación de «crítica» , con aulas donde más del 60% del alumnado no se presenta. Por su parte, aunque un 53,9% de los matriculados afirma asistir habitualmente a más del 80% de sus clases, un 23% reconoce acudir a menos del 60% y un 40% admite haber abandonado por completo el seguimiento presencial de alguna materia a lo largo del curso.«Antes iba menos gente a la universidad, eran perfiles más seleccionados. Por tanto, la media de interés o de conocimientos ha bajado» Juan Carlos Rodríguez Investigador educativo en Funcas y profesor universitario Siempre hubo estudiantes que no pisaban el aula, pero, ¿ha ido el absentismo a más? Medir la evolución histórica del problema resulta complejo por la falta de registros oficiales continuados. Sin embargo, la percepción desde el estrado es clara. « En estos 30 años ha ido aumentando progresivamente el absentismo. Al menos, en mis clases ha aumentado», constata Juan Carlos Rodríguez, sociólogo e investigador en Funcas y profesor asociado durante tres décadas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. A la hora de señalar las causas de esta desafección progresiva, Rodríguez apunta al impacto de la democratización y la continua masificación de los estudios superiores: al seguir aumentando el volumen de matriculaciones, los perfiles son más mediocres. «En tiempos, iba menos gente a la universidad, eran perfiles más seleccionados (y autoseleccionados) . Por tanto, la media de interés, la media de vocación, incluso la media de conocimientos que llevan baja», reflexiona.78,9% de los estudiantes ven la universidad sólo como un camino para obtener un título Por el contrario, sólo un 14,7% siente interés intelectual Esta menor selección previa influye, a su juicio, en que los estudiantes «se cansen más de estudiar, sean menos dedicados, menos disciplinados». Una visión que encaja con los datos del estudio de la UAB, donde un abrumador 78,9% de estudiantes ve la universidad como un camino puramente «profesionalizador» que consiste en obtener un título para incorporarse al mercado laboral. Por el contrario, sólo un 14,7% siente un verdadero interés intelectual.Pero esa menor selección no afecta únicamente a quien ocupa las sillas de los alumnos. Alcanza también al otro lado. « Las sociedades tienen un tope de gente excelente y eso también se ha notado en el nivel medio del profesorado, por supuesto», matiza Rodríguez. El fin del monopolio del apunteSi en décadas pasadas la asistencia física resultaba imprescindible para conseguir los apuntes y preparar los exámenes, las plataformas digitales universitarias han cambiado la ecuación de costes y beneficios para el estudiante. «Yo me saqué la ingeniería sin asistir apenas ningún día a clase. Iba a hacer los exámenes», reconoce Ignacio Cabrera ante un par de amigos (también ingenieros) que aún están en la carrera. Ignacio Cabrera (centro) se sacó una Ingeniería de Software sin asistir apenas a clase. Sus amigos, aún en la universidad, van algo más al aula Isabel PermuyEsta realidad contrasta con las inquietudes transmitidas por los propios responsables universitarios que aparecen en el estudio de la UAB. En los grupos focales con miembros de decanatos y direcciones de centro se constata el vaciado de las aulas cuando la materia prima ya está disponible en la red. «Nos preocupa cuando los alumnos te dicen que no vienen porque ya tienen los apuntes y los exámenes. Esto quiere decir que no lo estamos haciendo bien» , declaran desde uno de los centros participantes. En la misma línea, otro decanato lo resume así: «En clase no se puede dar información, porque ya la tienen en todas partes. Se ha confundido información con conocimiento. Lo que quiere el alumnado es criterio. Si en las clases damos información, no interesa y no vienen». Lo que sigue funcionando es el control , que la asistencia sea obligatoria o que cuente para la nota. Es más, las únicas estudiantes que nos topamos en la zona de Moncloa que van todos los días a clase son un grupo de cinco chicas que estudian Educación Infantil en el Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle, que está adscrito a la Universidad Autónoma de Madrid. «Nos obligan a firmar, no queda otra», reconoce una de ellas. Cinco estudiantes de segundo de Educación infantil que reconocen que asisten presencialmente porque les obligan a firmar Isabel PermuyEl mensaje del confinamiento: «Vale cualquier cosa»Un momento de inflexión clave para entender la aceleración de esta cultura de la ausencia fue en los meses de pandemia y, en concreto, en la organización que se impuso tras el confinamiento. Para Rodríguez, la brecha no la causó la crisis sanitaria en sí, sino las respuestas que adoptó el propio sistema de enseñanza.«La respuesta que dimos fue: no hace falta que vengas a clase, te lo damos online y no hace falta que atiendas», sostiene el profesor. A esa docencia a distancia improvisada se le sumó un criterio generalizado de manga ancha en las calificaciones: «Aprobó todo el mundo y se transmitió un mensaje muy claro: vale cualquier cosa».El aprendizaje informal que los estudiantes extrajeron de aquella etapa ha dejado una huella duradera en los hábitos académicos posteriores. «La asistencia a clase, la participación en clase… en el fondo importa poco, porque vas a aprobar más o menos, vas a aprender más o menos, aunque estés a distancia», explica Rodríguez al analizar cómo s e normalizó la idea de seguir la materia desde casa . De hecho, las universidades a distancia no han parado de crecer desde entonces. Desgaste del profesor y la IA del autodidactismo El absentismo termina por condicionar tanto la labor docente como el valor que le dan los alumnos al título. En el informe de la UAB se subraya que «el absentismo desgasta y desmotiva al profesorado». Asimismo, la implantación de la evaluación única, actúa en muchos casos como un incentivo indirecto para alejarse del aula, al desligar el aprobado de la presencia continuada.Además, la ausencia no acarrea un coste académico real . «Hay que tener en cuenta que se tienen unas presencialidades muy bajas, pero no hay unas tasas altas de suspensos. Al final, se desprestigia el grado», advierten desde la dirección de otra facultad que ha participado en el estudio de la UAB. A este escenario se suma la inteligencia artificial, que facilita el autodidactismo y disuade aún más de ir al aula. «Para quien quiere aprender o para quien solo busca el título, la IA facilita el aprendizaje por tu cuenta», señala Rodríguez. Pero tampoco ayuda el diseño del plan Bolonia, centrado en evaluar mediante trabajos no siempre bien planteado y una separación artificial de teoría y práctica (que en determinados grados no termina de tener sentido). Sin coste académico por faltar y con apuntes a un clic, la universidad presencial se tiene que preguntar a sí mismo si se ha quedado obsoleta. Mientras no aporte algo diferencial, Irene y Natalia seguirán prefiriendo la terraza.
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