Acompañan el recorrido toda suerte de especies arbóreas. Pinos, cipreses, cedros y chopos, entre otros tantos, otorgan al caminante una agradecida sombra. Además de las arboledas que rodean senderos de tierra, hay en su vasta extensión parques para niños y espacios deportivos para practicar, de acuerdo a edades y preferencias, fútbol y petanca. En el parque Emperatriz María de Austria, el de mayor tamaño de Carabanchel, se refugian los madrileños del asfalto en los días de verano. Lo habitan también, en un auge progresivo que los vecinos han apreciado en los últimos meses, personas con hambre y sin casa que han encontrado entre sus arbustos el amparo que no perciben en la ciudad. Son, en su mayoría aunque con excepciones, jóvenes que han perdido sus empleos o que, con trabajos por horas y sin papeles, no pueden costearse una vivienda digna.La mayoría se concentran en la zona más cercana a la plaza Elíptica, glorieta donde se rozan Carabanchel y Usera. A este preciso lugar acuden muchos de los que pernoctan en tiendas de campaña en el parque, latinos sin papeles en busca de un empleo, generalmente en construcción, que se pacta en cuestión de segundos. Es el sistema que desde hace años ocurre frente al restaurante Yakarta y que se organiza también junto al tanatorio de la M-40. Por el día, a primera hora de la mañana, a ambos lugares se dirigen quienes pasan las noches en el María de Austria.En esta primera entrada se concentran al menos una decena de tiendas de campaña del mismo modelo, uniformes. Junto al frenesí habitual del intercambiador se suceden una tras otra, dando la espalda a una caseta a la que ocasionalmente acuden jardineros. A pocos pasos, ya fuera del parque, la suciedad es notoria, pero los metros que rodean las tiendas están cuidadosamente barridos, y así lo muestra no solo el suelo, prácticamente limpio, sino un recogedor depositado junto al tronco de un árbol.«No dejamos que nadie tire nada. Lo tenemos todo limpio, barremos», cuentan Wilder y Yolanda. Él, peruano, lleva cuatro meses residiendo en el parque, lugar al que Yoli llegó buscando un refugio tras ser expulsada de varios albergues. Ella, entre más de una decena de latinos, es de Granada y en su acento se delata. «Ellos me están cuidando porque mi pareja me daba [palizas]. Me ha hecho perrerías. Lo he visto aquí pero no se ha acercado porque estoy refugiada con ellos y sé que no me va a pasar nada», cuenta. La mujer, que tiene dos hijos a los que no quiere involucrar en los tropiezos de su vida, asocia la protección que sus nuevos amigos le otorgan con la de una familia que ha encontrado en la calle.Una mañana de agosto, son solo ella y Wilder los que comparten una charla amable con este periódico. Del interior de algunas tiendas asoman las extremidades de quienes duermen, mientras que algunos conversan en un banco cercano. Otros tantos, como es habitual en sus jornadas, emprendieron temprano el camino a plaza Elíptica para conseguir una oferta de empleo en las que, al no formalizarse un contrato, en ocasiones no les pagan.Alrededor de una decena de tiendas de campaña en el parque más grande de Carabanchel. Isabel PermuyA excepción de Yolanda y una persona mayor que vive junto a ella, «ninguno aquí llega a los 40 años». Tras emigrar de sus países de origen, tratan de buscar un empleo, tarea que se torna complicada al estar en situación administrativa irregular. Mientras, la incertidumbre les acompaña porque no saben si, como ya les ha advertido la Policía, serán desalojados. Entonces, tendrán que encontrar otro lugar al que ir porque, cuentan, lo que ingresan de la obra no es suficiente para una habitación. Eso, quienes consiguen trabajo. «Los municipales dicen que esto es un asentamiento y nos quieren echar. ¿Dónde vamos? Estamos en situación de calle. Si nos quitan algo, qué nos van a quitar, si no tenemos nada, no tengo ni ropa», apunta Yolanda. Solo un rosario cuelga de su tienda de campaña, que acoge también un pequeño neceser. Es lo que a ella le ayuda a salir adelante. En las dudas, se aferra a él.Los más jóvenes rechazan ir a alberguesSon dos transbordos en Metro lo que tardan en llegar a unas duchas gratuitas a las que acuden en otra parte de Madrid. Entre intentar mantener su higiene y luchar contra el hambre en las filas de comedores sociales transcurren sus días. Así espera Yolanda, todavía con esperanza, a que este mes el Estado le abone por primera vez el Ingreso Mínimo Vital (IMV), que se da a personas con residencia legal en España de al menos un año que estén en situaciones de vulnerabilidad, como es su caso. Otros, sin embargo, no corren la misma suerte. Como Carmen, una joven madrileña de 29 años cuya chabola se esconde entre árboles, en una zona más profunda del parque.Hace dos años que, junto a su pareja, de 34, vive en la arboleda. «Me han denegado tres veces el IMV. Llevé los papeles y me llegaron tres cartas denegándomelo», cuenta, así que sobrevive con lo que saca de vender chatarra. Sus movimientos son en exceso pausados y toda respuesta se demora unos segundos en producirse. Sale de su chabola, disimulada en las entrañas del parque y deposita un libro sobre un carro. Tiene más, esparcidos sin ton ni son junto a banderas de España, una bicicleta, paraguas y heces.Para gran parte de personas sin hogar, incluida ella, la calle resulta hostil, por lo que esta joven pareja decidió aposentarse en el parque, al que «ha llegado más gente» en los últimos meses. «Vienen de las plazas, ahí estaban más visibles», asegura un trabajador de limpieza de la zona, que puntualiza que no son impedimento para su labor, ya que tan solo les piden bolsas de basura de manera ocasional. Carmen, que vive en el parque Emperatriz María de Austria desde hace dos años. Isabel Permuy Antes de vivir en la calle, Carmen trabajó como personal de limpieza y camarera, «todo en B». «He echado currículums, y nada», añade. Su situación propició la pérdida de la custodia de su hijo, de ahora 8 años, que reside con una familia de acogida en otra provincia y con el que puede hablar por videollamada cada cierto tiempo. Pero está cansada y, como quien se ha rendido, da casi por perdida esa lucha para pedir el IMV. «Pasaron los equipos de calle del ayuntamiento, solo una vez en dos años. Nos dijeron automáticamente que nos fuéramos a un albergue, pero no queremos ir, menos los jóvenes. No te puedes fiar de tus cosas, hay horarios y tendría que abandonar a mi gato», afirma. Quienes se encuentran en la zona más cercana a plaza Elíptica cuentan también que el ayuntamiento solo pasó en una ocasión, en la que les dijeron que debían mantener todo limpio. Un testimonio que se contradice con lo que apuntan fuentes del Área de Políticas Sociales: «Estamos trabajando desde hace meses con las personas que allí se encuentran»; concretamente, afirman que a los más cercanos a la glorieta los visitan «al menos una vez por semana».Junto a la suya, en una zona de mayor suciedad que la cercana a plaza Elíptica, se sitúan cuatro tiendas de campaña de jóvenes de entre 25 y 30 años que acampan en el parque a la espera de encontrar otra alternativa. La única excepción en cuanto a edad es una señora de unos cincuenta años, instalada frente a ella. «Compartimos el camping gas, cocinamos todos juntos. Algunos han trabajado y les han despedido», añade. Su intención es mantenerse allí hasta conseguir, aunque sin excesivo optimismo, que su vida cambie de rumbo.
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