Lo primero que recuerda Susana Pastora no es el negro de su terreno. Tampoco el hollín que cubría las cajas de las colmenas ni el poliestireno derretido por el calor. Es el silencio tan poco habitual en los entornos naturales: «No se escuchaba nada. Ni pájaros, ni abejas, solo silencio». Así fue la llegada a su colmenar de Navalagamella , uno de los municipios evacuados por el peligro del fuego, tan solo un par de días después del inicio de los incendios y acompañada por la Guardia Civil. Desde el coche todavía parecía que algunos árboles habían resistido, pero al acercarse a su finca el paisaje cambiaba. El fuego había pasado por allí y, con él, se había llevado buena parte del ecosistema que hasta entonces alimentaba a sus abejas. Susana es ingeniera de sistemas informáticos y hace ya más de cinco años que decidió cambiar la vida de la ciudad por la apicultura y la naturaleza. Tiene unas cincuenta colmenas repartidas en distintos asentamientos, una estrategia para reducir el riesgo de perder toda la explotación ante una inundación, una sequía o un incendio. Su asentamiento principal es el de Navalagamella, en donde tiene 20 colmenares, un tercio de ellos perdidos por el incendio. El resto se mantienen en pie, aunque la apicultora todavía no sabe cuántas conseguirán superar las próximas semanas. «Las abejas son muy resistentes, ellas aguantan todo, quizás es a mí a quien afecta más», resume. Cuando pudo entrar por primera vez en su finca se temía lo peor. El silencio del entorno y los colmenares quemados hicieron que se pensase que las abejas se habrían muerto. Sin embargo, decidió sentarse frente a las cajas y esperar. No había llevado material para trabajar, porque su prioridad era comprobar si quedaba vida dentro. Pasaron más de diez minutos hasta que pudo ver a una abeja salir de su colmena. Las cajas habían quedado quemadas por fuera, algunos palés habían desaparecido casi por completo, pero un pequeño zumbido era suficiente para saber que no estaba todo perdido. «Entonces pensé: a lo mejor voy a tener suerte», recuerda Susana. El problema es que una colmena puede sobrevivir a las llamas y morir un tiempo después. El calor puede derretir la cera del interior de los colmenares, un hecho que no solo provocaría que las abejas se quedasen sin reservas alimentarias, sino que también podría llegar a bloquear la salida y hacer que se mueran asfixiadas. Por ello, lo primero que tuvo que hacer la apicultora es revisar una a una todas las salidas de los colmenares y, después, llevarles agua para poder mantener su supervivencia. En su caso, las colonias se han visto sometidas a un fuerte estrés y ahora necesita intervenir con mucho cuidado para no debilitarlas más. El agua se ha convertido ahora en una de sus preocupaciones diarias. El pequeño curso de agua que había junto a la finca y servía de bebedero para los insectos está seco y calcinado. Las abejas necesitan agua para utilizar sus reservas de miel y mantener la colonia, especialmente en verano. Por eso Susana se desplaza ahora hasta Navalagamella varias veces por semana. Son unos 70 kilómetros que suponen un gasto que se suma al tiempo y al trabajo invertidos. José Peña lleva ya 15 años dedicados a la apicultura, así que conoce bien los problemas de la profesión. Sus colmenas se encuentran en la Alcarria madrileña, fuera de la zona afectada directamente por las llamas, pero asegura que las consecuencias del incendio ya son visibles en su zona. «El cambio en el ecosistema no afecta solo a las colmenas que se encuentran dentro del perímetro quemado, también altera el equilibrio de las zonas próximas y la disponibilidad de alimento para los insectos», explica José.Apicultores de la sierra de Madrid antes del incendio; Flores que servían de alimento para las abejas de la Sierra Oeste; Uno de los colmenares de Susana Pastora afectado por el incendio. EP; ABCPero el verdadero problema está en el suelo: «Después del incendio es como si hubiera un desierto». Donde antes había un ecosistema con árboles, arbustos y distintas floraciones, ahora tienen que empezar de nuevo las distintas fases de colonización que pueden prolongarse años. Para las abejas no basta con que el campo vuelva a ponerse verde: necesitan una alimentación variada, basada en el néctar y el polen de distintas especies. Cada especie vegetal aporta nutrientes diferentes y, en un ecosistema sano, cuando termina una floración comienza la siguiente. El fuego ahora ha roto ese ciclo y deja a las colmenas sin la despensa que necesitan para sobrevivir y producir. «La abeja es muy luchadora, pero necesita un cúmulo de néctar y polen mezclado de distintas especies botánicas para poder producir», explica el apicultor. Por eso, aunque mañana se pudiera colocar otra nueva en el mismo lugar, su capacidad de supervivencia sería mínima. José Peña calcula que el tomillo y el romero, arbustos claves en la apicultura, necesitarán varios años para recuperar una floración suficiente, mientras que otros árboles o arbustos podrían tardar incluso más. Para que la apicultura vuelva a desarrollarse con normalidad en las zonas más afectadas, estima que pueden ser necesarios al menos cinco o seis años y, para determinadas mieles de otoño propias de la Sierra Oeste hasta 15 años. Pérdidas en cifrasEl siguiente paso que debe hacer Susana es trasladar las colmenas supervivientes a otro de sus asentamientos. Un proceso complejo que requiere de un permiso específico para su transporte, alquilar un vehículo adecuado a las necesidades y hacerlo de madrugada. Una inversión de tiempo y dinero que se suma a los gastos de renovación de los colmenares quemados: cada caja cuesta unos 80 euros, pero si necesitase algún enjambre o núcleo de sustitución, aumenta a mínimo 170 euros. En una explotación pequeña como la de Susana, esto podría implicar unos 3.000 euros solo en cajas y abejas, sin contar los cuadros, la cera, las reservas, el material perdido y el tiempo de trabajo; cosas que no se pueden recuperar con dinero. Para una explotación de mayor tamaño, las cifras se disparan. Peña sitúa en unos 130 euros el valor de una colmena en producción, que si le sumamos la caja, serían unos 200 euros. Este tipo de explotaciones tienen un mínimo de 150 núcleos, normalmente en un mismo asentamiento, por lo que si, como Susana, un tercio se ve afectado por los incendios estaríamos hablando de una inversión de unos 10.000 euros para recuperar cada colmena. Aunque las pérdidas no terminan con la reposición de las abejas, los apicultores también pierden la producción de las próximas temporadas.«La apicultura es un tipo de ganadería en la que no pueden proporcionar alimento al animal, tienen que buscar su propia comida» José Peña AgricultorEn un año normal, una colmena puede proporcionar sobre 25 kilos de miel por floración, aunque la producción depende de cada temporada. Para muchos apicultores de la Sierra Oeste, la miel de otoño, única en determinados ecosistemas, puede suponer el ejercicio entero. Este año, no se pueden aprovechar ni de la miel que las abejas produjeron antes de los incendios y no recolectaron. Estas reservas ya no son mercancía, son el alimento de sus productoras. «Ellas tienen miel dentro, pero la necesitan, yo no puedo cosecharla o se morirán», explica Susana.Por eso, para quienes viven de las colmenas, el incendio no termina cuando desaparecen las llamas. Empieza entonces una espera que se mide en temporadas: «Las consecuencias durarán años, pero la gente se olvida en cuanto pasan unos días», lamenta Peña. El apicultor puede reparar una caja, comprar un enjambre o trasladar una colonia, pero no puede fabricar las flores de las que depende. «La apicultura es un tipo de ganadería en la que no pueden proporcionar alimento al animal, tienen que buscar su propia comida», resume el apicultor. La Comunidad de Madrid, con el objetivo de paliar parte de las pérdidas, prepara ayudas directas para los apicultores que hayan perdido colmenas a causa del incendio. La cuantía será de 150 euros por colmena afectada, según fuentes de la Comunidad, aunque por el momento no hay fecha prevista para su puesta en marcha ni se han concretado las condiciones para poder acceder a ella. En una actividad en la que las pérdidas no se limitan a los enjambres o a las cajas, el dinero puede ayudar a empezar de nuevo, pero no devuelve las reservas, la cera ni, sobre todo, el ecosistema que permitirá volver a producir miel.
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