Tom Schulman (Nashville, 1950, no se le notan los años, tampoco la nostalgia) aún recuerda cómo empezó a escribir ‘El club de los poetas muertos’: «Tenía una idea imprecisa, quería hacer una historia sobre sobre un profesor y sus alumnos, pero yo vivía en Hollywood, donde las historias sobre profesores no eran precisamente populares, por así decirlo. Recuerdo que se lo contaba a mi novia y que ella me animaba a escribirla. Me puse a ello y conseguí un primer borrador, que era sobre todo el profesor Keating hablando y hablando y hablando. Pero no tenía muy claro de qué trataba el guion, así que lo guardé en un cajón. Un año más tarde lo descubrí: no era una historia sobre un profesor, es una historia sobre el efecto que un profesor tiene en sus alumnos. Una vez lo tuve claro no tardé en terminar el guion definitivo», cuenta el hombre, sentado en la azotea del Teatro La Latina, donde este martes se estrena la adaptación teatral de su película. Será difícil verla y no pensar en Robin Williams susurrando carpe diem a sus alumnos de la Academia Welton, aquel colegio de Nueva Inglaterra donde todo era viejo y elitista… —’El club de los poetas muertos’ fue su primer guion que se convirtió en película, y no le fue mal: ganó el Oscar y, sobre todo, la gente aún la recuerda.—Me cambió la vida. Además, el mismo verano que se estrenó ‘El club de los poetas muertos’ [el del 89] se estrenó también otra película que escribí, que fue ‘Cariño, he encogido a los niños’. Pasé de ser un guionista completamente desconocido a ser uno bastante conocido y con cierto éxito en Hollywood. O sea, que de repente tenía una carrera.—Siempre se ha dicho que esta película es semiautobiográfica. Quería preguntarle si es cierto y, si lo es, hasta qué punto es autobiográfica.—Bueno, semi es una palabra muy grande. Cuando escribo, una vez que entiendo la función de un personaje en la historia, miro a mi alrededor y pienso: ¿a quién conozco, con quién crecí que pueda encajar con ese personaje? Y entonces tomo a esa persona y la tengo en mente mientras escribo los diálogos de ese personaje. Pero bastante rápido, esa referencia desaparece y el personaje en la página cobra vida propia. El personaje de Todd en la película [interpretado por Ethan Hawke] se parece a mí más que ningún otro personaje, pero también podría decir eso del profesor Keating y de otros personajes… La historia es ficción, no es una historia real.—¿Y cómo fue su educación?—Fui primero a un colegio público, y luego, en mis últimos tres años de instituto, a uno privado. Era solo para chicos, pero no estaba interno… Al director del centro le hubiera gustado que mi instituto fuera tan estricto como el colegio de ‘El club de los poetas muertos’. Pero entonces estábamos a mediados de los años sesenta y aquello era imposible. —Si el señor Keating tuviera que dar clase hoy, ¿qué les diría a sus alumnos?—La educación ha cambiado muchísimo. El señor Keating tendría muchos problemas solo para captar la atención de sus alumnos. Hoy es muy difícil para los profesores lograr que los estudiantes se impliquen, les hagan casos. Los problemas son muy distintos a los de entonces.—En la historia les pide que se rebelen contra la autoridad, tal vez ahora les diría que se rebelasen contra los móviles y las pantallas y todas esas cosas que les roban la atención.—Sí, sí, sin duda [y sonríe].—De hecho, pensaba que ese prestigio de la desobediencia ha desaparecido, quizá porque la autoridad ya no existe y esa lucha es innecesaria.—Tienes razón. Yo tengo dos hijos que ahora están en la treintena, y recuerdo que cuando estaban en el colegio no tenían ningún tipo de respeto hacia la autoridad. Eran buenos chicos, hacían sus deberes, pero no tenían… Diría que la autoridad se ha ido replegando desde hace mucho. Por eso ambienté la película en 1959 y no más adelante, porque en Estados Unidos, a partir de los años sesenta, todo se volvió antiautoritario. Así que no creo que la historia hubiera funcionado después de finales de los años cincuenta. Ni ahora.—Por cierto, ¿es usted nostálgico? ¿Añora sus tiempos de estudiante?—No [y ríe].Un momento de ‘El club de los poetas muertos’ ABC—Esta es una historia, también, de primeras lecturas, de los autores que nos marcan la vida. ¿En qué autores pensaba?—Siempre he estado más centrado en los clásicos que en la literatura contemporánea. Cuando escribía pensaba en Dostoievski, en ‘Crimen y castigo’, que leí varias veces. También en Faulkner. Y recuerdo que mientras escribía la película estaba leyendo una colección de relatos de Scott Fitzgerald.—El señor Keating cita varias veces a Walt Whitman.—Ahí están todos mis poetas favoritos, entre los que se cuenta Whitman, claro, y también Alfred Tennyson [de él leen estos versos: «Aunque mucho se ha ido, queda mucho, / y aunque ya no seamos esa fuerza que en los días pasados / sacudió cielos y tierra, esto que somos, somos: / un mismo ardor de heroicos corazones / menguado por el tiempo y el destino / pero determinado a combatir, a buscar y encontrar, y no rendirse»].—¿Y ha tenido la tentación de reescribir alguna escena ahora que ha tenido que adaptar la película al teatro?—No, qué va. Me costaría muchísimo cambiar algo. —Me gustaría preguntarle por el final de la película, que en su momento resultaba llamativo para una película de Hollywood, con un suicidio adolescente… ¿Tuvo que defender ese final trágico?—No, pero es que yo no lo veo como un final triste y trágico. Creo que es un final que reconforta, porque los alumnos le rinden un gran homenaje al profesor. Lo han despedido del colegio, pero ellos entienden lo importante que fue para sus vidas. De pronto encuentran el valor para defender aquello en lo que creen, saben quiénes son y el cariño que le tienen a su profesor. Después de la tragedia, de la muerte de Neil [interpretado por Robert Sean Leonard], queda una sensación general de valentía y de esperanza.«La autoridad se ha ido replegando desde hace mucho de las escuelas y colegios»—El suicidio de Neil deja una pregunta en el aire, y es hasta qué punto ese profesor que nos cae tan bien es responsable de su muerte.—La película pone el foco en la responsabilidad del profesor en el suicidio, y surge la pregunta de si él es responsable de esto. Mi sensación es que quizá es un poco culpable, pero no del todo. Mi opinión es que el responsable último es el padre de Neil, pero no quería obviar el papel del profesor. Quería poner en que la palabra del profesor es importante, que lo que dicen los profesores a sus alumnos es importante, que deben tener cuidado, que tienen que saber hasta dónde llegar y hasta dónde no. Al escribirla, intenté asegurarme de que el profesor fuera responsable, en el sentido más amplio, y de que hiciera lo correcto por sus alumnos.—En retrospectiva, ¿cómo se explica el éxito de esta película, especialmente en un momento en el que, como usted dice, este tipo de película, este tipo de tema, no era tan popular en Hollywood?—Creo que la parte antiautoritaria de la película no es lo que más resuena; creo que la película le dice a cada uno al oído: tienes que empezar a mirar, no vas a vivir para siempre, vas a morir, y tienes que empezar a buscar las cosas que de verdad te importan. Creo que eso es lo que resuena, lo que explica el éxito de esta historia.
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