Las elecciones «serán en el momento que más convenga al interés general», le aclara Sánchez a Cintora , presentador con ficha policial agradable, pero será él desde su interés particular quien decida cuándo nos conviene porque, como ya ha sentenciado en otra entrevista, la alternancia con la derecha no es buena para nosotros. No sabe que, en el fondo, ese delirio de grandeza es su mayor debilidad. El presidente vive en la autoidentificación con la totalidad y confunde su individualidad con el poder colectivo abstracto: él es el Estado, el pueblo o, en su concepción más megalómana, la Historia. Los expertos advierten de las consecuencias del síndrome de Hubris, un trastorno que se manifiesta con dos síntomas claros: la obsesión por la imagen histórica y el aislamiento institucional. Quienes tienen esta conducta no toman decisiones en función de las necesidades presentes, sino pensando en cómo figurarán ellos en los libros dentro de siglos. Y esto lo hacen mientras pueblan su entorno de cortesanos y aduladores que retroalimentan su fantasía de infalibilidad. Pero este tipo de ensueños napoleónicos que convierten a los inerrantes en seres inviolables o protegidos por el destino para cumplir una misión divina se derrumban cuando cantan las cleopatras o se clonan los teléfonos móviles. Quienes los padecen son los únicos que no saben que son cíclopes de un solo ojo. Todo es falso en su contra y todo es cierto a su favor. «Estamos ante una operación de asociaciones ultraderechistas que buscan amedrentar», exclama compungido ante la víbora ancestral nuestro mesías. «¿Cómo crees que me recordará la historia?», le preguntó a Máximo Huerta al poco de tomar el poder. Desde su más tierna infancia ya le daba vueltas en su cabeza a la posteridad. Y para alcanzarla necesita vencer a un monstruo de siete cabezas –Trump, Israel, Rusia, la ‘Internacional Ultra’, el que sea– ante la mirada arrobada del rebaño. Ahí radica su severo conflicto con la verdad y su necesidad de estar siempre rodeado de palafreneros como Óscar Puente, el ministro de los 46 muertos de Adamuz, que ve bulos en todos los medios como quien ve a la hidra de Lerna entrando por su ventana. Por eso la grandilocuencia salvadora del sanchismo nos anuncia que el CNI sólo «registró un ligero pico en los días previos» a la invasión de Ceuta. Porque su proyecto faraónico tiene una fisura, el teléfono infectado que el fiscal de la Audiencia Nacional no quiso mirar en aquellos tiempos en los que el presidente se desgañitaba defendiendo la inocencia del fiscal general. Ante ese fantasma real que le acecha, lo que conviene al interés general es hablar de la monstruosa criatura ultra . Y para eso es crucial que el ungido redentor tenga una retórica capaz de defender la mentira con apariencia de verosimilitud. El suyo sí que es un pico ligero para llevarse bien con la historia, y con Marruecos, mientras arregla el teléfono.
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