Fernando Fernández de Bobadilla, el párroco de Los Yébenes (Toledo), no se imaginaba el horror que estaba a punto de vivir cuando por la mañana le sonó el teléfono móvil. Un vecino le pregunta si ha oído algo de un accidente cerca de la estación de Urda , localidad limítrofe. En ese momento, explica a ABC pasadas las cuatro de la tarde, no sabía si se trataba de «un bulo», esa palabra tan manoseada en los tiempos modernos, o si era un siniestro «de verdad». Pronto, las alertas de los medios de comunicación confirman lo peor. Es real. Así que el cura, inmediatamente, se pone en camino y llega al lugar de la tragedia, que describe como el escenario de «una película de terror». «Peor», matiza, y describe unas imágenes que aún lo persiguen.Durante la conversación, se percata de que no ha comido aún. Su cuerpo sigue en alerta, sin procesar la vivencia. El sacerdote llegó al lugar del siniestro, donde la proa del tren de Renfe ha atravesado dos vagones del vehículo de Iryo —dejando un rastro de destrucción a su paso—, antes que los servicios de emergencia. En los primeros momentos, hace lo que le toca. «He dado una absolución colectiva. En estos casos, es lo que recomienda el Vaticano», comenta, por la dificultad de perdonar los pecados de todos los fallecidos individualmente y de dar la extremaunción a quienes, muy graves, continúan con vida. Él calcula que estaba en el lugar de los hechos —desde este miércoles en la historia ferroviaria de España— a las diez menos diez de la mañana. No recuerda cuándo acudieron los primeros sanitarios, a los que ayuda en lo que puede. «Perdí la noción del tiempo», admite.El sacerdote, todavía conmocionado, habla de cuerpos mutilados, de dolor, mucho dolor. A los muertos los señalan con un brazalete negro; a los más graves, con uno rojo; y a los heridos que requieren de asistencia médica, con uno amarillo. Él pasea por los trenes, reza junto a los vivos y estrecha la mano a quienes se cruza a su paso, aún asustados. Le devuelven, dice, «una sonrisa». El primer trayecto a pie lo hace en el margen derecho del accidente, como si fuese de Sevilla a Madrid. Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado han acordonado la zona y no dejan acceder ni a familias ni a periodistas, que esperan en la distancia. A él lo ve un agente y le pregunta a dónde va. «A dar apoyo espiritual», responde, y le dejan pasar. «Fueron muy amables, estaban incluso agradecidos», dice, no solo sobre los atendidos, sino sobre los agentes en el terreno.Los equipos de emergencia, con material sanitario de todo tipo, atienden a las víctimas, a las que trasladan a ambulancias. Don Fernando permanece allí hasta que entiende que su presencia no es necesaria. Conoce al dueño de una finca cercana, el terror les ha tocado cerca. Durante toda la mañana, el párroco de Los Yébenes se acuerda del de Adamuz (Córdoba). Le está tocando vivir lo que él sufrió el 18 de enero, en otro accidente de la alta velocidad, dos en nueve meses, que en ese caso se cobró 46 muertes. 46 vidas segadas. Ahora hay más. Precisamente, el párroco de Adamuz escribe a don Fernando un mensaje de texto. Se conocieron en Córdoba y él agradece profundamente el gesto.«Cuando estaba ahí, de pronto, recordé el lema de la visita del Papa a España: ‘Alzad la mirada’» Fernando Fernández de Bobadilla Párroco de Los Yémenes«Cuando estaba ahí, de pronto, recordé el lema de la visita del Papa a España: ‘Alzad la mirada’». Su voz se quiebra por momentos, invadido por la emoción. ‘Alzad la mirada’. Entre tanta ruina, con cuatro vagones caídos por terraplenes, gente llorando, sangre y cuerpos mutilados, él busca «luz». Sin que nadie le pregunte, don Fernando lanza una reflexión. «Soy cura», parece excusarse, pero añade: «En esta España de hoy queremos buscar ya culpables y este no es el momento». El párroco dice que ya habrá tiempo para esclarecer de quién es la «responsabilidad» del accidente. Y apunta que no puede ser que en 2026 un tren embista a otro que esté detenido. Pero ahora toca enterrar a los fallecidos, sanar a los heridos y ofrecer consuelo. Llorar.«¿Qué puedo hacer por ti?», preguntaba don Fernando a quienes se encontraba. «Voy a rezar», les decía después. «Me sonreían, me daban la mano, yo hacía lo que podía». Cuando el párroco se despide de ABC, tras una mañana ofreciendo consuelo y oración en medio de una desgracia, solo sale una palabra de sus labios: «Gracias».
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