El más aliviado con el decaimiento de los dos decretos-ley sobre vivienda parecía ser el vicepresidente Cuerpo, a la sazón ministro de Economía y, por lo tanto, el mayor conocedor de la depresión que su convalidación habría supuesto en nuestra economía. Se le veía respirar tranquilo, relajado, casi feliz, contando mentalmente décimas del PIB como si fueran onzas de oro neoliberal. Quizá por ese mismo motivo, la segunda persona más feliz del hemiciclo podría ser la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, que ha logrado, en un solo día, hacerse perdonar cuatro años de fracaso, ser aclamada como si fuera la Juana de Arco del anticapitalismo y, de paso, evitar el caos que su aprobación habría provocado en el mercado del alquiler, de por sí deshecho. Si estos decretos han conseguido, en tan solo un día de validez, que desaparecieran miles de ofertas de los portales de alquiler, imagínense lo que habría sucedido si se hubieran convertido en ley. Pero la tercera persona más feliz del Congreso era, sin duda, Pablo Bustinduy, que ha logrado utilizar el discurso de defensa de un decreto-basura para lanzar su candidatura al liderazgo de Sumar. O como se llame ahora el espacio, la plataforma, el frenteamplio, el espacio del bloque, el bloque del frenteamplio, qué sé yo. «Pablo es listo», me decía alguien de Más Madrid. «Claro, por eso no quiere comerse ese marrón», respondí. Pero esa persona me lo matizó: «No te equivoques. No tiene nada que ver ser candidato en el mundo ‘premaricarmen’ que en el post». El tipo seguía hablando, diciendo palabros como ‘sinergia’ o ‘sensibilidades’ en la barra de una cantina repleta de diputados, asesores y escoltas. Pero yo me había quedado a vivir en el concepto ‘postmaricarmenismo’. Efectivamente hay un país antes de Maricarmen y otro después. Y estamos en el primer otoño postmaricarmenista, es decir, en el otoño 1 d.MC. Y Sumar tiene un filón. Porque, aunque la derecha y sus burbujas no quieran verlo, el problema es cierto y podemos estar en el inicio de una convulsión social de pronóstico incierto.El que sí que lo vio era Bustinduy, que desde primera hora parecía especialmente excitado. Hablaba informalmente con los periodistas en el patio de Floridablanca. Y lo hacía bien –ya hemos quedado en que es listo–. Pero es listo solo un rato, digamos que es listo de cinco minutos. A medida que se calienta se le ven las costuras y su agresividad verbal crece. Y entonces empieza a parecer menos listo. La cosa iba en aumento hasta que, ya en las puertas de la revolución pendiente, su jefe de prensa, que parecía estar viendo la misma escalada demagógica que después repetiría en la tribuna de oradores, se lo llevó al despacho. «Día largo, día largo», decía mientras lo empujaba. Y yo respiré, la verdad. Porque, de no haberlo hecho, posiblemente habría proclamado ahí mismo el advenimiento de la Tercera República. Y eso me habría convertido en Pla, papel que me queda ciertamente grande. Aunque algo había en común: en Madrid, aquel cambio de régimen del año 31 se produjo con una enorme movilización popular en las calles, pero con una sorprendente ausencia de violencia. Y eso es lo que había en Sol desde por la mañana: calma chicha, modorra prerrevolucionaria –aunque postmaricarmenista– y mucha policía (poca diversión, que dirían ‘Eskorbuto’). La misma inflación de agentes, escoltas, seguridad privada –y de ‘secretas’ silbando, con sus riñoneras– se hacía perceptible en los pasillos del Congreso, donde los portavoces de Moncloa se afanaban en trasladar ‘offtherecords’ diciendo que ahí no pasaba nada, que todo normal, que qué elecciones ni qué elecciones. Pero en cada centímetro se podía percibir esa tensión particular que tienen los grandes días. Aunque para tensión, Alberto Ibáñez, de Sumar, que cuando vio aparecer a Ester Muñoz acompañada de media docena de diputados populares, la increpó como esos caniches que sueñan con dóbermans. «Lo vais a pagar», le dijo, como quien eructa. A mí me gustaría saber qué pasaría si un diputado de Vox le dijera «lo vais a pagar» a una diputada de Sumar. Por ejemplo, a Tesh Sidi -también de Sumar–, que en sus redes sociales alentaba a la gente a que se quedara con las caras de aquellos diputados que votaran contra los decretos y que señaló desde el atril a Cayetana. Y ni siquiera eso fue lo peor que hizo en el día: en su turno aprovechó –como también hiciera el mencionado Ibáñez– para responsabilizar a la derecha de todas las muertes que se produzcan por los desahucios. Dicen que lo hacen porque representan al pueblo, a la mayoría social, sin saber que es el pueblo y la única mayoría social legítima que existe en una democracia, que son las Cortes Generales, las que han tumbado esos decretos populistas, pueriles y liberticidas.En cualquier caso, los diputados socialistas aprovechaban para hacerse fotos de grupo en la bancada. Se diría que querían guardar un recuerdo de la que podía ser su última sesión. Y a apenas unos metros de esa foto, la plaza de las Cortes tomada por manifestantes con pancartas que decían ‘Queremos vivienda ya’. Aunque lo que querían decir es ‘Queremos que los ancianos nos den la casa en la que han invertido toda una vida de trabajo y ahorro para dárnosla gratis a nosotros ya’. Que suena peor, pero es lo mismo. Y, en realidad, esa estampa era la más interesante, porque la inmensa mayoría de los diputados seguía con sus móviles lo que sucedía fuera, con más interés que lo que sucedía dentro. Que básicamente eran salidas de tono y tono prebélico por parte de la izquierda, que más que en un debate parecían estar en una incitación a la violencia contra el discrepante. En este sentido, especialmente fanático y violento el discurso de Pisarello, para no variar. Y Laura Vergara, diputada de Sumar por Zaragoza, gritando e insultando desde su escaño. Uno de esos insultos fue a Quero, de Vox, a quien llamó ‘fascista’. El propio Quero, de camino al escaño, se llevó el dedo índice a sus labios, como diciendo que se abstuviera de insultarle. Pero ahí estaba Enrique Santiago, lanzando miradas de machoalfa y ofreciendo su protección a Vergara, como dispuesto a meterse en una gresca por su camarada.Tras la votación y la correspondiente derogación de los decretos, Mónica García y Bustinduy se daban la vuelta para insultar de nuevo a la bancada popular, responsabilizándoles de lo que pudiera pasar y llamándolos sinvergüenzas. Luego Patxi citó a Burke –no sabe ni quién es– y habló de ‘los 121 diputados del Grupo Socialista’. Pero en la pantalla apareció transcrito ‘los 121 muertos del Grupo Socialista’. Esperamos que solo premonitorio en lo simbólico. Pasaron más cosas –Bildu reivindicó la democracia cristiana, a los de Junts solo les faltó llorar y Rufián puso a Dios por testigo de que dedicaría lo que le quedara de vida política a acabar con ellos–. Pero quizá lo mejor fue Sánchez, apareciendo como un epílogo para amenazar al personal: «Hagan lo correcto o la historia les juzgará antes de lo que creen. Y con mayor contundencia de la que imaginan». Frente a la democracia liberal y la soberanía nacional, nace la izquierda prebélica. Que es la de siempre, pero transitando al ‘postmaricarmenismo’. Y rodea el Congreso como el trumpismo. De momento, sin cabezas de bisonte. Solo de chorlito.
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