«En la nao Victoria, en el mar Pacífico, a un grado de la línea equinoccial, a 26 días del mes de julio, año del Señor 1526». Así comienza uno de los documentos menos conocidos de Juan Sebastián de Elcano : el testamento que dictó en alta mar, pocos días antes de morir. El marino vasco se encontraba entonces embarcado en su último viaje, cuatro años después de haber completado la primera vuelta al mundo. Formaba parte de la expedición de Frey García Jofre de Loaysa, que había partido de la península el 24 de julio de 1525 con el objetivo de alcanzar las Molucas y consolidar la presencia española en Asia. «El testamento es único. Nos muestra un hombre sobrio, valiente, consciente de la grandeza de su gesta marinera. A la par, nos permite atisbar rasgos que habían ido modelando su carácter», explica a ABC María Saavedra Inaraja , directora de la ‘Cátedra Internacional CEU Elcano: Primera Vuelta al Mundo’. La también doctora en Historia de América ha estudiado el documento y destaca uno de sus detalles más reveladores: el marino dejó constancia de una hija nacida fuera del matrimonio cuyo nombre ni siquiera conocía.–¿Diría que esta expedición terminó en un completo desastre?Creo que, en el siglo de los grandes descubrimientos, podemos contar con numerosas expediciones que sufrieron todo tipo de dificultades, pero, salvo aquellas que se perdieron para siempre, ninguna es un completo fracaso. Y la de Loaysa es una de las que se llevaron la peor parte. En términos absolutos, desde luego, los resultados son estremecedores. El capitán de la expedición (Jofre de Loaysa) y su segundo (Elcano) fallecieron en la travesía del Pacífico. Además, de siete barcos que partieron, ninguno regresó a España: dos de ellos desertaron antes de atravesar el estrecho de Magallanes, los demás sufrieron daños que los dejaron inservibles o se hundieron, y solo uno, la Victoria, consiguió llegar a las Molucas. Y tampoco esto fue un auténtico éxito: 105 hombres y una nave maltrecha arribaron a Gilolo en las Molucas y, a partir de ese momento, comenzó una larga guerra con los portugueses por el control de las islas de las Especias.A mi juicio, el auténtico fracaso es que, después de las dificultades arrostradas por los marinos tanto en la primera expedición de Magallanes-Elcano como en esta de Loaysa-Elcano, mientras aquellos marinos luchaban por lo que consideraban los derechos de España, las negociaciones en la Península entre España y Portugal acabaron en 1529 con la renuncia por parte de Carlos V a la incierta soberanía sobre las Molucas. Y a cambio de 350.000 ducados de oro. Con el tiempo, se constataría que aquellas islas, según el Tratado de Tordesillas, correspondían realmente a Portugal. Pero, por el camino, multitud de cadáveres españoles encontraron su morada definitiva en las profundidades del océano.–¿Qué se consiguió?Se atravesó el Pacífico por segunda vez, auténtica gesta exclusiva de los españoles. Y un joven que había embarcado con Elcano y sobrevivió a la expedición llegaría, con el tiempo, a escribir su nombre en la historia con letras de oro: Andrés de Urdaneta. Un marino que, décadas después, acometió por imperativo de Felipe II una nueva expedición, esta vez a las islas Filipinas, y fue el primero en lograr el ‘tornaviaje’, la ruta de regreso a América navegando el Pacífico en sentido inverso. Este era un objetivo buscado desde la primera expedición de Elcano, cuando el capitán Espinosa trató de volver a España desde las Molucas atravesando el océano. El de 1565 fue el año en el que, por fin, Urdaneta logró encontrar la corriente de Kuroshio, o Kuroshivo, que permitía a los barcos españoles el retorno desde Filipinas hasta México. -¿Para Elcano era dar un paso atrás embarcarse como Piloto Mayor y segundo al mando después de su gesta?, ¿no debería haber estado él al frente de la armada?El nombramiento de Frey García Jofre de Loaysa, maestre de la orden de San Juan, de sangre noble, respondía a las convenciones sociales de la época. Juan Sebastián Elcano era un experimentado marino, un héroe para muchos… pero nada más. Mantener su autoridad sobre una expedición de esta envergadura (siete fueron los barcos que partieron de España) habría sido difícil. Y, desde luego, era impensable que algún noble o hidalgo aceptara las órdenes de alguien inferior desde el punto de vista social. Así que Elcano no dio un paso atrás, más bien se lo dieron. Pero esto no responde a ningún tipo de animadversión por parte del monarca, sino a la realidad social de ese momento. Desde luego, Loaysa no contaba ni de lejos con la experiencia en la mar que sí tenía Elcano. Regreso de Elcano a la península, de Augusto Ferrer-Dalmau. AUGUSTO FERRER-DALMAU-¿Cómo era considerado por el monarca?Carlos I, desde la llegada de Elcano y de sus 18 acompañantes a Sanlúcar en 1522, expresó su reconocimiento y gratitud para con el marino vasco. Se le dio una importante gratificación económica, fue uno de los enviados en 1524 a negociar con los portugueses la distribución de las islas de las Especias entre ambos reinos, y finalmente aceptó su propuesta de crear en Coruña una Casa de la Especiería. Tendría las mismas funciones que la Casa de Contratación de Sevilla, pero orientada exclusivamente al comercio con las Molucas. Así, esta expedición fue la primera que partía de esa Casa de la Especiería propuesta por Elcano, pero que apenas tuvo vida puesto que, muy pronto, España renunció a su posible derecho sobre las islas. El único borrón que encuentro en el trato del rey a Elcano es que el marino vasco, al regreso de su primer viaje, solicitó el hábito de Santiago y el rey se lo negó excusándose con que no era competencia suya. Curiosamente, sí se lo había otorgado años antes a Magallanes .–¿Qué importancia tenía el testamento para una persona del siglo XVI?A mi juicio, el testamento era uno de los documentos más sinceros que podía hacer una persona poco antes de morir. En la redacción de esas líneas quiso saldar cuentas con Dios y con los demás. Por ello, es el texto que mejor se asoma al alma de Elcano.–¿Qué nos revela el testamento de Elcano sobre la personalidad del hombre que culminó la primera vuelta al mundo?Nos muestra un hombre sobrio, valiente, consciente de la grandeza de su gesta marinera. A la par, nos permite atisbar rasgos que habían ido modelando su carácter. Procedía de una tierra de cultura matriarcal, cosa que queda clarísima en las numerosas menciones a su madre, que seguía viviendo en su Guetaria natal. Su religiosidad, propia también de la época, se pone de manifiesto en las limosnas que deja encargadas para la atención de 19 iglesias y monasterios, la mayoría de Guetaria, pero también aparecen referencias a lugares de culto diversos, como Zarauz, la Santa Faz de Alicante, o la iglesia de Santiago en Galicia. Igualmente encarga que sean dichas por su alma innumerables misas, y pide que las primeras sean celebradas por dos de sus hermanos y por un sobrino: esto de nuevo pone de manifiesto la procedencia de una familia en extremo religiosa.–¿Hasta qué punto el testamento desmonta la imagen épica de Elcano y nos muestra a un marino con preocupaciones muy humanas: la familia, las deudas, la fe o la muerte?Bueno, yo diría que es un héroe muy humano, y eso es lo que lo engrandece. Ese testamento no resta ni un ápice de épica a su persona, pero precisamente su humanidad, si queremos su vulnerabilidad, agrandan la gesta en que convirtió su vida desde que en 1518 embarcó en la expedición de Magallanes.–Elcano reconoció en su testamento a dos hijos nacidos fuera del matrimonio. ¿Era un gesto habitual en la España del siglo XVI?Lo habitual en esa época era que nacieran muchos hijos fuera del matrimonio; reconocerlos o no dependía de la voluntad del padre, ya fuera este rey, noble, campesino o marino. En el caso de Elcano, que nunca se casó, pienso que sentía la necesidad de tener unos herederos que recibieran su legado. El mayor, Domingo, era hijo de una chica del pueblo, Mari Hernialde, así que debía ser conocido de todos. Lo que es muy interesante es la referencia que hizo a su hija, de la que posiblemente nadie o casi nadie tenía noticia. Sus palabras en el testamento así lo dejaban intuir: ‘Mando que la hija que yo tengo en Valladolid de María Vida Urreta que, si fuera viva que en cumpliendo cuatro años Ileven á la dicha villa de Guetaria, é la sostengan fasta que venga á edad de se casar’. Resulta curioso que no mencionara el nombre de la niña; quizá ni lo sabía. Es posible que antes de su partida desde Coruña le llegaran noticias de aquel nacimiento. La estancia de Elcano en Valladolid se redujo a algunas temporadas entre 1522 y 1525, por lo que es de suponer que esa niña fuera muy pequeña. De hecho, y este es otro de los rasgos que demuestran la especial relación de Elcano con su madre, Catalina del Puerto, es que puso como condición para que su hija recibiera la herencia que, cuando cumpliera cuatro años, la llevasen a vivir a Guetaria, donde su familia se haría cargo de su educación y se responsabilizaría de que recibiera la herencia que le correspondía.A raíz de la niña, también hubo un recuerdo para la madre vallisoletana. Dejó a María de Vida Urreta, ‘madre de la dicha mi hija, por la crianza della é por descargo de mi conciencia, cuarenta ducados, los cuales mando que le sean pagados dentro de un año después que este mi testamento fuere en España’. Esa necesidad de tranquilizar su conciencia puede indicarnos una relación forzada, o bien un sentimiento de culpabilidad por abandonar a su suerte a la madre de una niña a la que abandonaba muy poco tiempo después de aquella relación.«Lo habitual en esa época era que nacieran muchos hijos fuera del matrimonio; reconocerlos o no dependía de la voluntad del padre, ya fuera este rey, noble, campesino o marino» María Saavedra–¿Por qué decidió redactar su testamento en mitad del océano y qué nos dice ese documento sobre las durísimas condiciones de la expedición de Loaísa?Esta expedición estuvo marcada por la mala fortuna en varios momentos. Y uno de ellos fue, sin duda, la muerte de Loaysa y Elcano con muy poco tiempo de diferencia. Aunque hay muchas teorías acerca de estas dos muertes separadas apenas por unas horas, y durante mucho tiempo se han atribuido al escorbuto, el gran enemigo de los navegantes, lo cierto es que posiblemente murieron como consecuencia de consumir un pescado venenoso, portador de la letal ciguatera, una toxina que provoca una reacción muy concreta en los seres humanos. Y en la relación posterior que hizo Urdaneta, dejó escrito que Loaysa había invitado a comer a su mesa a varios oficiales, entre los que estaba Elcano, y pronto se dejaron sentir los síntomas que les condujeron a la muerte. Loaysa murió el 30 de julio y Elcano, que le sucedió en el mando, falleció el 4 de agosto.Sin duda esta es la circunstancia que le llevó a firmar su último testamento (en él se afirma que anula cualquier otro testamento anterior) a bordo de la Victoria, la nave capitana, el 26 de julio de 1526. Posiblemente la enfermedad ya estaba causando estragos, e intuyó que se acercaba el momento de rendir cuentas a Dios.–Si tuviera que señalar un pasaje del testamento que considere especialmente emocionante o revelador, ¿cuál elegiría?En realidad, todo el testamento es impactante. Primero, porque Elcano debía sentirse ya muy mal. Es impresionante la cantidad de personas e instituciones a las que deja su herencia. En él se detecta el carácter familiar de Elcano, acordándose de su madre, de cada uno de sus hermanos, de sus sobrinos… A la vez, es interesante leer cómo deja no solo dinero, sino objetos a sus herederos, haciendo una detallada relación de sus bienes personales, desde utillaje doméstico que posiblemente llevaba a bordo para su venta, hasta piezas de ropa, armas, telas ricas y joyas personales. Resulta entrañable que diera ‘un jubón de tafetán plateado’ al joven Urdaneta, que con el tiempo nos dejó una completa relación del viaje y que fue uno de los testigos firmantes del testamento.–¿Qué nos dejó esta expedición para la historia?Si en la expedición de Magallanes que partió de Sevilla en 1519 uno de los grandes legados fue la emergente figura de Juan Sebastián Elcano, podemos decir que la expedición de Loaysa gestó la figura de Andrés de Urdaneta, que con el tiempo sería autor también de un paso de gigante en la historia de las exploraciones.
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