Vi París por primera vez con los ojos de Marcel Proust. Corría el otoño de 1975 cuando me instalé en casa de un amigo en el boulevard Voltaire para estudiar filosofía. Cogía el metro a diario para bajar en la parada de Vincennes y luego cruzar el bosque hasta el destartalado edificio donde se impartían las clases. Recuerdo el sonido de las hojas muertas bajo los zapatos.Aquel verano yo había acabado el último de los siete volúmenes de Alianza Editorial de la obra de Proust. Ignoro si ello influyó en mi decisión de huir de Madrid, pero lo cierto es que ‘La Recherche’ , la imposible busca del tiempo perdido, condicionó mi forma de ver París. Lo mismo que todos los que van a Nueva York miran la ciudad con las imágenes de las películas, yo descubría las calles y los barrios a orillas del Sena a través de los personajes de la saga proustiana.Veía a la adolescente Gilberte pasear por los Campos Elíseos, a la duquesa de Guermantes en su hotel de Saint-Germain, a Swann en la tertulia de los Verdurin en el Trocadero, a Albertine cogiendo el tren en Saint-Lazaire para veranear en Cabourg. Durante un mes, dediqué las tardes a recorrer el itinerario de la novela y a imaginar a sus personajes.Todo quedó anotado en un grueso cuaderno de tapas de color de rosa que yo había comprado en Gibert Jeune, una librería del boulevard Saint-Michel . Los apuntes llenaban más de cien páginas. Pero los perdí años después. No tengo ni idea dónde o cuándo. Eran la base de un libro que jamás escribí.Yo descubría las calles y los barrios a orillas del Sena a través de los personajes de la saga proustianaFue después, tal vez en 1977, cuando, tras visitar la catedral de Chartres, aproveché la ocasión para conocer Illiers, el pueblo que aparece en ‘La Recherche’ como Combray y donde el narrador pasa los veranos de su infancia. Al llegar al cruce de la carretera que anunciaba el desvío, decidí dar la vuelta. Temía que la realidad destruyera lo que había imaginado: el sabor de la magdalena, la casa con paredes de yedra y el camino a Méséglise.Ignoro si la pérdida del cuaderno fue un acto fallido y, si al dar marcha atrás en Illiers, estaba intentando preservar un sueño. Ha pasado medio siglo y las sombras del olvido se ciernen sobre los recuerdos. Pero sigo todavía leyendo páginas sueltas en la edición de La Pléiade , la mejor por su aparato crítico.Proust se encerró en los últimos años de su vida, junto a su fiel Celeste, en el número 107 del boulevard Haussmann. Escribía febrilmente en una habitación acolchada para no escuchar los ruidos de la calle . Murió en 1922 antes de ver publicada toda su obra, pero, por lo menos, vivió lo suficiente para ganar el Goncourt.Gallimard rechazó la publicación, aunque luego rectificó gracias a Gide, que pidió al editor que releyera el texto. Los primeros volúmenes habían aparecido en Grasset, lo que no fue obstáculo para que el autor de ‘La Recherche’ firmara la cesión de sus derechos a Gaston Gallimard .No es difícil trasponer algunos de los pasajes de la obra a los lugares donde vivió Proust. Si algo queda de él, se halla en el número 9 del boulevard Malesherbes, el domicilio de su infancia, una mansión de grandes ventanales, con tejado de pizarra y un portal que evoca el esplendor de la burguesía parisina. De allí salía cada mañana para estudiar en el Lycée Condorcet, muy cerca de la estación de Saint-Lazaire, el lugar donde cogía el tren para veranear con su abuela en el Gran Hotel de Cabourg . Todo ese mundo ya sólo existe en quienes leímos a Proust y en quienes le lean en el futuro. Sus páginas le sobrevivirán.
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