La fama es relativa. Lo recordaba ayer divertido Ricardo Darín a colación de su coincidencia con Brad Pitt en una alfombra roja y le ha pasado hoy a Jesse Eisenberg en San Sebastián con algo más de dramatismo. Porque cualquier otro año, un miércoles de festival, ya recta final, sin grandes estrellas ni Perlas agendadas, el estreno de una película en Sección Oficial dirigida por un actor popular se hubiera convertido en la noticia del día. Si además, como es el caso, la película fuera recibida con una ovación y estuviera protagonizada por una absolutamente fantástica Julianne Moore y un enternecedor ogro como Paul Giamatti, no se hablaría de otra cosa. Pero claro, está Brad Pitt, y el bueno de Jesse Eisenberg, todo él nervios esta mañana, pasó a un honorable segundo plano.Está aquí para presentar ‘El debut’, una estupenda fábula con el teatro amateur como telón de fondo que le sirve al actor, director y guionista para hablar del poder del arte. Lo hace a través de una ama de casa a la que nadie ve: ni el lelo de su marido ni sus hijos gemelos, que solo reparan en ella a la hora de hacerles el desayuno y la cena. De pronto el personaje de Moore descubre lo que significa ser protagonista no de una obra de teatro sino de su propia vida, de su propio ser, gracias a una audición a la que solo se presenta ella y una vieja estrella local que termina por retirarse.Tiene algo de autobiográfico la trama, aunque los rostros en pantalla no coincidan con el de Eisenberg. La película se traslada a 1990, cuando tenía apenas siete años. «Recuerdo sentir que no existía. Pensaba que podía desaparecer al día siguiente», confiesa. « Empezar a hacer teatro fue algo que alteró mi vida . Allí todos eran amables, te abrazaban, te daban la bienvenida. Todos sentíamos lo mismo, todos nos sentíamos invisibles. Esa es la razón por la que estábamos allí», revela. Jesse Eisenberg saluda a los fans en las calles de San Sebastián EfeJulianne Moore levanta un papel antológico, primero lleno de vulnerabilidades y al final, con una transición que se va palpando en cada pliegue de la cara y en cada movimiento de hombros, como una mujer obsesionada por la verdad de su personaje en la obra de teatro, el trasunto de lo que ella nunca pudo ser. «Me tomé el teatro demasiado en serio, como le sucede a ella. Intentaba hacer un trabajo tan bueno en mi parte que acabé volviéndome loco», admite el director, que cree que en su profesión no es difícil acercarse al abismo: «Es muy fácil volverte loco como actor porque pasas la mayor parte del día en la piel de personas emocionalmente inestables».Lo dice porque hay algo de los personajes que le atraviesan y le condicionan. Y lo explicita -con una timidez e inseguridad que hace que uno se pregunte cómo puede ser actor- recordando los ataques de pánico que padecía cuando sus papeles eran de personajes traumatizados o nerviosos. Hasta que rodó ‘Ahora me ves’, donde da vida a un mago demasiado seguro de sí mismo. «Me di cuenta que durante ese rodaje no tuve ningún ataque de pánico… y de que siempre acabo teniendo los sentimientos de los personajes que interpreto», explica.Entonces sucede. Ese ser apocado y frágil, con algo de la neurosis de los papeles de Woody Allen (para quien rodó ‘Café Society’), se convierte en otra persona delante de los tres periodistas que lo acompañan en una suite del hotel María Cristina. De pronto, en un suspiro, mueve la mano, alza la barbilla y lanza una media sonrisa de triunfador misterioso. Dura un instante pero impresiona ver cómo a través de un gesto y solo durante un segundo se ha encarnado en el protagonista de ‘Ahora me ves’. Esconde la mano, baja de nuevo la barbilla y sigue hablando con titubeos de su proceso para sacar adelante ‘El debut’. Y entonces entendemos, claro, la magia y el poder de la interpretación, a la que homenajea, con sus vicios y virtudes, en ‘El debut’.
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