El 17 de julio de 1976, un chico de quince años se vino de Salamanca a Madrid para ver de qué iba esto de la capital. Era verano, así que dejó sus cosas en el colegio Calasancio, donde construía su vida lejos de su pueblo natal del norte de Cáceres. Lo que no sabía todavía es que Madrid no le dejaría marcharse así, sin más. Gracias a eso, la ciudad tuvo la suerte de quedarse con Filo y dejarse hacer un poco a su manera.A Filo lo que le gustaba era el fútbol. Por un instante estuvo cerca de jugar en el Castilla, pero Rodrigo García, fundador de la meca de la buena mesa que es Rafa, junto a su hermano Rafael, debió de ver en aquel chaval algo que merecía la pena conservar. Y lo conservaron durante cincuenta años. Nada más llegar encontró por mil quinientas pesetas al mes una pensión en la calle Narváez que le servía de cama cercana. Allí vivió cinco años antes de comprarse un piso en Fuenlabrada, donde sigue viviendo y desde donde viene cada día a hacer lo de siempre. Las horas se le fueron quedando entre las mesas, la barra y la cocina dando gloria. Porque en Rafa uno no come a secas. Pasa a formar parte de algo. Y es probable que Filo, Garci o García, como todavía le llaman algunos clientes añejos, tenga bastante culpa de haber convertido Rafa en uno de esos sitios de Madrid en los que uno termina quedándose.Antes de Mercamadrid, Filo iba a comprar el pescado a la estación Imperial. Hay que imaginar aquel Madrid en el que el pescado llegaba en tren y había que recibirlo en el andén. Filo recorría los puestos, elegía el género y regresaba a Narváez para que unas horas después apareciera servido sobre un mantel blanco perfecto. Tampoco existían transferencias instantáneas, aplicaciones ni teléfonos capaces de pagar una cuenta. Los clientes de confianza apuntaban. Y los martes Filo recorría Madrid para cobrar las cuentas pendientes. Así se hicieron algunos restaurantes y también algunas amistades.El próximo 1 de noviembre Filo colgará el delantal que lleva puesto desde aquel verano en que llegó a Madrid. Han pasado cincuenta años. Mientras la ciudad cambiaba él permaneció en el mismo sitio, con la misma sonrisa, viendo desfilar una parte de la historia de Madrid y de España entre platos de pescado, la mejor ensaladilla rusa del mundo y copas de vino. Cincuenta años trabajando en Rafa, sirviendo a presidentes del Gobierno, directores de cine, poetas, escritores, marqueses, periodistas y canallas. Decía Ortega y Gasset que cada quince años aparece una nueva generación. Filo puede presumir de haber atendido a tres largas. Abuelos, padres y nietos han probado el salpicón de bogavante que todavía preparan en esta lonja de Narváez que lleva desde 1958 siendo uno de los refugios de la buena mesa madrileña.Santiago Carrillo celebró allí sus noventa años con medio simpa incluido. De Sabina a Raúl Cancio, de Rajoy a Suárez o de Garci a Carlos Boyero, Rafa ha sido una especie de Suiza en este mentidero en el que ha pasado de todo. Allí han coincidido personas que fuera del restaurante se habrían batido en duelo, pero Filo sabía dónde colocar a cada uno y también cuándo convenía no preguntar demasiado. Estaba cuando Suárez dimitió, cuando Tejero entró en el Congreso, cuando cayó el muro de Berlín, cuando cambiamos las pesetas por euros, cuando España ganó un Mundial y cuando Madrid empezó a llenarse de restaurantes donde el camarero necesita explicarte durante siete minutos lo que vas a comerte en dos bocados. Rafa siguió haciendo lo suyo. Filo también.Por sus mesas fueron pasando los años y, sobre todo, las personas. Hay clientes a los que conoció jóvenes y ahora ayuda a levantarse de la silla. Otros dejaron un día de venir y sus hijos siguieron reservando con el mismo nombre. Filo ha aprendido esa parte de la hostelería que no se estudia en ninguna escuela. Saber cuándo acercarse. Recordar una cara después de veinte años. Preguntar por alguien que lleva tiempo sin aparecer. Darse cuenta de que esa noche es mejor no preguntar. Cincuenta años detrás de las mismas mesas dan para conocer bastante bien al ser humano. El próximo 1 de noviembre se quitará el delantal y volverá a Fuenlabrada sin tener que mirar el reloj pensando en Narváez. Supongo que durante un tiempo seguirá despertándose a la misma hora. Cincuenta años son demasiados para explicarle de repente al cuerpo que mañana no hay que ir a trabajar. En Rafa ocurrirá algo extraño. Saldrá el salpicón de bogavante, entrarán los clientes, alguien pedirá una mesa, las copas volverán a llenarse y Madrid continuará haciendo ese ruido suyo convencida de que nadie es imprescindible. Pero alguno mirará hacia donde estaba Filo y entonces faltará también Madrid.
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