Hay actores que llegan a la pantalla cuando ya saben quiénes son. Guillermo Campra lo hizo mucho antes. Tenía apenas unos años cuando comenzó a trabajar delante de las cámaras y fue Águila Roja la serie que convirtió su rostro en uno de los más reconocibles de una generación. Hoy, muchos años después, Campra sigue respondiendo a aquella etiqueta que le acompañó durante su infancia y adolescencia: la de «el niño de Águila Roja».
En el marco del Festival de Cine de San Sebastián, COOL ha podido encontrarse con él en los Cines Príncipe para hablar de aquella etapa, de lo que significa crecer dentro de una profesión tan expuesta y, sobre todo, de la carrera que ha construido después.

Porque para Campra, el recuerdo de Águila Roja está lejos de ser negativo. Al contrario. La serie forma parte de su aprendizaje y de una etapa fundamental de su vida. Pero también es consciente de que empezar tan pronto tiene consecuencias. «Es una profesión complicada, y más cuando has empezado tan pronto y la gente te tiene asociado a una imagen concreta», reconoce.
La frase resume una de las paradojas de su trayectoria: haber comenzado tan joven le abrió las puertas de una industria que, al mismo tiempo, terminó asociándole durante años a la imagen de aquel niño. Cuando empezó, no podía imaginar hasta qué punto un personaje interpretado durante su infancia podía acompañarle en la edad adulta.
«Estoy muy agradecido por aquello, pero no quiero quedarme ahí»
«Cuando empiezas con esa edad, no sabes realmente lo que implica que te conozca tanta gente», explica. La fama, cuando llega durante la infancia, se vive desde un lugar diferente. No existe todavía la perspectiva del adulto para comprender lo que supone que una parte del público crezca contigo y conserve de ti una fotografía congelada en el tiempo.
Por eso, Campra mira ahora aquella experiencia desde la distancia. No reniega de ella. De hecho, reconoce en Águila Roja una escuela fundamental. Pero sí admite que, con la perspectiva que dan los años, quizá habría elegido otro camino antes de lanzarse plenamente a la industria: formarse primero y entrar después en la profesión.
El problema, por tanto, no es haber sido Alonso de Montalvo. El problema es que para algunos espectadores siga siendo únicamente él. «Estoy muy agradecido por aquello, pero no quiero quedarme ahí», afirma. Una declaración que funciona casi como una reivindicación: la de un actor que ha crecido, que ha cambiado y que quiere que su carrera adulta tenga el mismo espacio que aquella que comenzó cuando era un niño.

Su historia también habla de una realidad especialmente particular de los intérpretes infantiles: el público puede tardar en aceptar que han dejado de ser los personajes que conoció. Mientras ellos crecen, cambian y buscan nuevos registros, la memoria colectiva permanece anclada en aquellas primeras imágenes.
Campra, sin embargo, no parece dispuesto a renunciar a ninguna de las dos partes de su historia. La del niño que comenzó frente a las cámaras y la del actor que hoy quiere construir su propio camino: «Estoy orgulloso de lo que hice, pero ahora quiero que se me valore por lo que estoy haciendo como adulto».
Y quizá ahí esté la verdadera evolución de Guillermo Campra: no en borrar al niño de Águila Roja, sino en conseguir que, con casi tres décadas de vida y experiencia a sus espaldas, el público también quiera conocer al hombre que vino después.
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