Hay historias que empiezan casi sin querer y terminan convirtiéndose en una forma de vida. La de Jaime, Borja y Álvaro Martínez tiene algo de eso. Tres hermanos, tres personalidades y una misma pasión que ha conseguido abrirse paso entre sobremesas familiares, guitarras, escenarios y una industria musical que, al principio, ni siquiera estaba en sus planes. Hermanos Martínez han hecho de su apellido una identidad artística y de su complicidad el ingrediente más reconocible de un proyecto que crece sin perder la espontaneidad de sus comienzos.
Minutos antes de presentar su nuevo álbum, Hoy no he dormido una mierda, COOL ha podido conversar con ellos. Están ilusionados, algo nerviosos y con esa energía de quien sabe que está a punto de compartir algo muy personal. Su segundo trabajo, producido por Pablo Cebrián, marca un nuevo capítulo en su trayectoria. Hay una evolución en el sonido, una producción más cuidada y una voluntad de explorar nuevos caminos, pero permanece intacto aquello que los ha hecho reconocibles: sus letras canallas, su sentido del humor y una manera muy particular de hablar del amor, de la amistad y de las contradicciones de la vida.
«Estamos encantados. El primero fue toda una anécdota, porque meterse en la industria no fue fácil, pero ha sido una gran experiencia y queremos repetirla», nos cuentan. Y parece que han encontrado motivos de sobra para hacerlo. Aunque llevan muchos años vinculados a la música, el verdadero salto profesional llegó entre 2023 y 2024, cuando comenzaron a trabajar de manera más decidida con la industria discográfica. Desde entonces han recorrido escenarios por España y Latinoamérica y han descubierto que aquellas canciones que nacían en un entorno íntimo podían encontrar su sitio mucho más allá de las paredes de casa.

De las sobremesas familiares a los escenarios
Quizá ahí esté una de las claves de su personalidad. Los Martínez son los hermanos pequeños de una familia numerosa, acostumbrados a crecer rodeados de voces, conversaciones interminables y reuniones en las que siempre había algo que celebrar. Una vida bastante alejada de los focos, pero que les dejó una disciplina que hoy también aplican a su proyecto.
Sin embargo, cuando les preguntamos qué les dirían a aquellos niños que jugaban juntos mientras soñaban con ser futbolistas o cantantes, su respuesta vuelve inevitablemente a la familia. «Somos una familia grande y esto es lo que nos ha dado la vida siempre: estar todos juntos en sobremesas y transmitirlo a los demás».
Y eso es precisamente lo que hacen sobre el escenario. No necesitan construir una complicidad artificial porque llevan toda la vida practicándola. Se conocen las miradas, los silencios y hasta las pequeñas manías. También saben discutir, negociar y encontrar un punto común. Porque trabajar con hermanos puede ser una aventura maravillosa, aunque no siempre resulte sencilla.

Lo curioso es que su proyecto ha ido creciendo al mismo tiempo que sus vidas personales tomaban decisiones importantes. Mientras uno daba pasos hacia el matrimonio, otro ampliaba la familia y llegaban nuevos hijos, la banda seguía sumando conciertos y canciones. «Nos ha acompañado en una etapa vital cojonuda», reconocen. Hay actuaciones que recuerdan especialmente porque coincidieron con momentos decisivos de sus vidas. La música, en su caso, no ha sido una actividad paralela a la felicidad, sino una banda sonora de ella.
Y si hay algo que tienen claro es que detrás de esa aventura también hay mujeres que merecen una ovación. Cuando sale el tema de la conciliación, no dudan en reconocerlo entre risas: «Hay mujeres que valen oro». Una frase espontánea que dice bastante de la trastienda de un proyecto que exige viajes, ensayos, conciertos y muchas horas lejos de casa.
Una nueva piel musical, el mismo espíritu canalla
El título del disco ya es toda una declaración de intenciones. Hoy no he dormido una mierda tiene ese punto de descaro que acompaña al grupo desde sus comienzos, aunque musicalmente abre una etapa distinta. La producción de Pablo Cebrián aporta nuevos matices y una dimensión sonora que permite a los tres explorar otros registros sin renunciar a su identidad.
En el repertorio hay canciones a las que guardan un cariño especial y colaboraciones que les hacen especial ilusión. Una de ellas es la de Hombres G, una banda que ha acompañado a distintas generaciones y que forma parte del imaginario musical de muchos españoles. «Es una banda que lleva toda la vida. Conocerles, trabajar con ellos y ver cómo componen ha sido precioso. Ha sido un lujo», reconocen.
También hay espacio para las versiones. Entre sus favoritas aparece una canción con un guiño a Maná, otra de esas formaciones que han conseguido que sus melodías atraviesen generaciones. Pero lo interesante de este nuevo trabajo no está únicamente en los nombres propios o en las colaboraciones, sino en la voluntad de seguir creciendo sin convertirse en algo que no son.
Cuando les preguntamos qué les diferencia de otros artistas, la respuesta sorprende por su sencillez. «Nos da igual el escenario, nos da igual a dónde lleguemos. Nos subimos ahí porque disfrutamos». No hablan de números, de objetivos imposibles ni de una carrera construida a cualquier precio. Hablan de pasarlo bien, de compartir y de conservar la verdad de lo que hacen. Quizá por eso su música ha encontrado una conexión tan natural con un público que incluye a rostros conocidos como Alejandro Sanz, Tomás Páramo o Alice Campello, entre otros seguidores que han mostrado su apoyo al grupo.
El vértigo de elegir un sí
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Pero si hay un hilo que atraviesa este segundo álbum, es el amor. El amor romántico, el que se construye con el tiempo, el que implica tomar decisiones y el que, llegado el momento, invita a pronunciar un sí que cambia las cosas para siempre. También el amor entre hermanos, entre amigos y hacia una vida que no siempre sale como uno había imaginado.
En cierto modo, Hoy he dormido una mierda es una oda a las oportunidades y a las decisiones que se toman sin tener todas las garantías. Porque ellos mismos tuvieron que enfrentarse a una de esas encrucijadas cuando una gran discográfica llamó a su puerta. La primera reacción no fue precisamente lanzarse a celebrarlo. Llegaron las dudas y hasta hubo quien no lo veía claro. «El máximo momento de duda fue si meternos o no en la industria. Al principio dijimos que no, que no íbamos a firmar ni queríamos hacer nada».
Pero la historia dio un giro. Un mes después, los tres volvieron a sentarse y miraron la decisión desde otra perspectiva. «Dijimos que lo íbamos a contar a nuestros nietos, si no, y por eso nos metimos».
Hay algo especialmente bonito en esa reflexión. No se trata de perseguir el éxito a cualquier precio, sino de no dejar que el miedo a equivocarse impida vivir una experiencia que puede cambiarlo todo. De ahí que, cuando les preguntamos qué les gustaría contar a sus nietos sobre esta aventura, la respuesta tenga tanto de declaración de principios como de cierre perfecto para una canción: «Que no se arrepientan de tomar ningún tipo de decisión con el corazón. Ese es el punto final».
Una presentación para celebrar lo que viene
La presentación del álbum en la Sala B de Madrid reunió a amigos, seguidores y rostros conocidos que quisieron acompañarles en este nuevo comienzo. Entre los asistentes estuvieron Laura Corsini, fundadora y CEO de Bimani, Rocío Carreño o la influencer Karla Gorive, en una cita que confirmó el cariño que despiertan los tres hermanos dentro y fuera de los escenarios.
Hermanos Martínez pertenecen a esa generación de artistas que ha conseguido construir una identidad propia sin necesidad de tomarse demasiado en serio. Tienen algo de celebración permanente, de brindis improvisado y de canción cantada a pleno pulmón cuando la noche se alarga. Pero también una historia de trabajo, disciplina y decisiones valientes que merece ser contada.

Jaime, Borja y Álvaro siguen siendo esos tres hermanos que encontraron en la música una manera de compartir lo que llevan dentro. Ahora su sonido es diferente, sus escenarios son más grandes y su horizonte parece cada vez más amplio. Sin embargo, la esencia permanece: familia, amigos, amor y unas cuantas letras canallas para recordar que la vida está hecha, sobre todo, de momentos que merece la pena vivir.
Y si algo tienen claro es que, a veces, la mejor decisión no es la más prudente, sino aquella que uno toma convencido de que, pase lo que pase, tendrá una buena historia que contar. Ellos ya han elegido la suya. Y, por lo visto, todavía queda mucha música por delante.
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