Hay currículos que explican un nombramiento y hay amistades que obligan a mirar ese nombramiento con lupa. Y luego está Iñaqui Carnicero, que reúne las dos cosas a la vez: un currículo brillante y una amistad presidencial difícil de esconder bajo la alfombra. Carnicero es arquitecto, profesor, investigador y ganador de premios de relumbrón -el León de Oro de la Bienal de Venecia 2016-. Pero antes de convertirse en alto cargo del Gobierno ya tenía otra credencial menos académica pero más útil: era amigo de Pedro Sánchez desde niño. Estudiaron en el Ramiro de Maeztu, jugaron juntos al baloncesto, y con el tiempo, dio el salto de su álbum familiar al que retrata la carrera política de su amigo. Año 2014. Pedro Sánchez pelea por convertirse en secretario general del PSOE y en uno de sus vídeos de campaña aparece Carnicero. No es un arquitecto cualquiera recomendado por un asesor, no un experto en urbanismo. Un amigo. De los de toda la vida. De los que salen en el vídeo para contarle al electorado quién es de verdad y quienes son las personas de su círculo más íntimo.Año 2016. Sánchez es depuesto por el Comité Federal del PSOE. Se derrumba, y junto a su familia, cruza el charco hasta San Diego (EEUU) para visitar a su amigo. Instigado por Begoña Gómez, le convence de presentarse a las primarias contra el aparato del partido. Confidente, coach y refugio para el caído líder del PSOE.Pasan dos años, 2018. Sánchez llega a La Moncloa. Carnicero reaparece en la escena, esta vez en televisión. Ana Rosa Quintana pregunta a Sánchez por aquellos españoles que se han marchado fuera. Y el presidente del Gobierno en ciernes habla de Iñaqui. Del arquitecto expatriado en Estados Unidos que debería volver a España, como si de un hijo pródigo se tratara, de un talento nacional al que hemos dejado marchar. En 2020, Sánchez, el presidente Sánchez, ya está en disposición de traerlo. Crea una dirección general ad hoc en el Ministerio de Transportes y coloca al frente a Iñaqui Carnicero, como desveló en exclusiva ABC con este titular: Sánchez crea una dirección general para su mejor amigo. Que Carnicero tenía currículo para ocupar un puesto de responsabilidad es indiscutible. Que era amigo de Sánchez, también. Las dos cosas caben en la misma frase. Por eso la segunda no debería desvincularse de la primera. Porque Carnicero aterrizó en España por su amigo, el presidente del Gobierno, después de verbalizar públicamente la necesidad de que regresara. La política oculta a veces estas casualidades tan bien sincronizadas como que, en octubre de aquel año, Lorena del Río Gimeno, arquitecta y esposa de Carnicero, entrara como directiva de Segipsa, la sociedad mercantil estatal de Gestión Inmobiliaria de Patrimonio, dependiente de Hacienda. La cercanía con el área privada de La Moncloa sirvió para que fueran dos los elevados sueldos públicos que entraran en el hogar del compañero de pachangas baloncestísticas. En 2023, Carnicero sigue subiendo por la escalera administrativa y pasa a ocupar la secretaría general de Agenda Urbana, Vivienda y Arquitectura, uno de los responsables de la política estatal de vivienda, con capacidad de gestionar fondos europeos. Sube en el escalafón y aumenta su salario. Aquel Iñaqui de los vídeos de campaña, aquel amigo del colegio y del baloncesto al que presentaba en televisión como el amigo al que había que conseguir repatriar del extranjero, aterrizó en el Gobierno, y desde ahí escaló posiciones y atribuciones. No sería justo atribuir a la amistad lo que puede explicar un currículo. Pero tampoco lo sería hacer como si la amistad no existiera. Porque la de Carnicero no es una fotografía perdida en un cajón. El colegio, el baloncesto, el vídeo de campaña, la entrevista en televisión, su promesa de volver a España, el nombramiento, el ascenso… Y ahora la sospecha de que el cargo y la amistad llevaban aparejada otra ventaja: ser intocable.
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