Anochece en la playa del Tarajal, en un urbanismo de palos y de juncos, olor a porro y miradas amenazantes y esquivas. Por entre las tiendas, furtivamente alumbrados por el faro de mi moto Teresa que ronronea entre la cochambre, vagan los inmigrantes de la avalancha en Ceuta como sombras en un extraño bosque. Como habitantes de una civilización equivocada que está echando raíces en la arena en la que antes jugaban los turistas y los niños con cubo de playa, y en la que ahora hay una agresión sexual al día.Es de noche y transitan por las aceras de la ciudad tipos como espectros, con una chancla de cada color, pertrechados con cartones y maderas y teléfonos de última generación, y una mirada que está a medio camino entre la de los chavales cuando salen por el barrio de Madrid con trece años y la de un asesino en serie. Ves alguno y te entran ganas de llevártelo a casa; viendo a otros, lo que te sale es llamar a la Policía o a los Regulares, con su gorra roja.Ceuta como ciudad okupada por los alegres chicos de Mohamed VI es un concepto al que se le toma la rotonda por miedo a señalarse uno como racista. Convive sin embargo con la matraca de la turismofobia de una izquierda a la que no le parece tan grave que se metan 100.000 personas por la fuerza en una ciudad de 80.000 y vayan aliviando aguas mayores detrás de los coches, pero se exalta mucho porque los de Madrid van a sus pueblos de Galicia y toman sitio en la barra en lo que sí considera una agresión intolerable, la destrucción y contaminación deliberadas de un mundo originario a conservar. Superponiendo ambas narrativas, te sale que a un reclutador del Daesh con un machete no le vayas a llamar invasor, porque aquí el único que invade es el madrileño que se alquila un Airbnb en el pueblo de Segovia. A la izquierda le parece muy bien lo de Ceuta, pues siempre está dispuesta a comprender en su beatificación al santo inmigrante, mientras considera al turista un agresor. La asimetría de las agresiones resulta evidente en este mundo en el que la zurda sostiene que la talla 38 es violencia estética en cuanto aprieta ahí y los piropos merecen pena de cárcel, mientras habría que comprender que 15.000 o 20.000 zagalones se pasen por una ciudad española chuleando a la población y violando una vez al día. Vale que van por ahí apedreando militares, pero al menos no llenan la barra de los bares de tu pueblo ni se terminan la tarta de queso de La Viña en San Sebastián.Así es cómo puedes poner tu chabola en la playa, pero no una sombrilla con una silla de rayas azules, en la medida en la que estás contaminando, desfigurando, apropiándote culturalmente, por supuesto, y, en definitiva, violentando un sitio que no es tuyo. Haciendo la suma, hay gente quejándose de que viene gente con acento de Madrid a infectar y contaminar sus plazas y sus mercados, pero les parece bien y comprensible una invasión con militares marroquíes armados de palos y cuchillos, de la que los ceutíes no pueden quejarse a riesgo de convertirse en peligrosos cristofascistas voximanos, miembros de alguna internacional del crimen político. Enemigos de la democracia, vaya, a los que hay que impedir la llegada al poder a cualquier precio, como es natural, mientras Sánchez hace el carpado desde las rocas de su Mareta moral.Deberíamos relativizar los problemas del paraíso distópico del África española a la que le pone una navaja al cuello un prenda de Tánger mientras los actores llaman la atención en las contraportadas de los periódicos sobre que en Madrid ya no hay quien viva por culpa de Ayuso.
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