Ha esperado seis años para poder digerir lo ocurrido. Para asumir tanta tragedia y organizar las ideas de aquel diario de resistencia que escribió durante los tiempos más oscuros del covid. En ‘Cuando todo se tambalea’ (Deusto), este médico, abogado y empresario cuenta lo que vio, sintió y peleó por intentar gestionar el caos. Su libro es fruto de un empeño personal para que se entienda lo que ocurrió. «Creo que la sociedad no fue consciente de lo que se hizo en los hospitales. Aplaudían en los balcones, se sabía que moría mucha gente, pero si el sistema sanitario resistió no fue por su resiliencia, sino a costa del sacrificio de los profesionales», asegura. —Desde las primeras páginas advierte que no ha escrito el libro con «ánimo de venganza», pero hay críticas directas. La primera: el exceso de corporativismo y señala directamente a la enfermería.—Hay determinados sectores profesionales que en ocasiones están más preocupados por proteger sus competencias que de mirar por el bien general. Por ejemplo, en este país no se dejó que las farmacias usaran los hisopos para detectar el virus, cuando no teníamos enfermeras y se estaban muriendo cientos de personas cada día. Eran quejas que procedían de despachos y no desde la realidad de lo que estaba pasando en los hospitales.—También es duro con la política de confinamientos. El primero fue la peor decisión, dice, porque el virus ya circulaba por todas partes. —Fue el peor error de gestión de la pandemia. Se tenía que haber decidido una o dos semanas antes. La primera ola fue una catástrofe porque se confinó a la población cuando ya la teníamos encima. Pero se estaban cerrando congresos, se había puesto en alerta a los médicos el 3 de marzo.., algo estarían viendo. No sé cómo no se compraron más materiales para lo que se venía encima. «Lo que ocurrió en las residencias fue una de las peores catástrofes de este país. Se tenía que haber asumido el control sociosanitario»—Sobre lo que ocurrió en las residencias de ancianos apunta directamente al Gobierno. —Se tenía que haber asumido el control sociosanitario desde el principio, como se hizo con el sistema sanitario. Pero estábamos todos tan preocupados con lo que ocurría que nadie pensó en lo que estaba pasando en las residencias hasta que empezaron a morir ancianos. Esto sucedió porque España no cuenta con hospitales de media y larga estancia y las residencias no tienen ninguna estructura asistencial aunque son sitios donde la mitad de los residentes son enfermos. Lo que ocurrió en las residencias fue una de las mayores tragedias que ha vivido este país.—La primera ola fue imprevisible, pero la «nueva normalidad» que decretó el Gobierno el primer verano de pandemia se llevó decenas de miles de vidas. ¿Debería haber informado el ejecutivo con más crudeza?—Creo que sí, sobre todo en la segunda o en la tercera ola. Yo creo que en la tercera ola se tendría que haber cerrado una semana antes de Navidad o una semana después. Es cierto que la población estaba exhausta y era difícil soportar otros encierros, pero se podían haber tomado otras medidas como acelerar la homologación de médicos y enfermeras. Los cierres cortos también nos hubieran servido para romper la cadena de transmisión.—¿Cierres cortos, por ejemplo, de una semana?—De una semana, de diez días…Los países que hicieron esa política de encierros cortos salieron mejor parados. Lo que pasa es que en la segunda ola nos cegamos con la ‘nueva normalidad’ y en la tercera con la vacunación.—Pero era necesaria la vacunación—Sí, pero esa ansiedad por la vacunación…, nos impidió ver que seguía muriendo gente. Todo estaba muy focalizado en poner las vacunas lo más rápido posible y al mayor número de personas. Pero en la tercera ola fallecieron otros 30.000. Afortunadamente, la industria farmacéutica desarrolló las vacunas, porque si no, no sé qué hubiera pasado. Hubiera sido catastrófico.—Lo que más parece que le dolió, y trasciende en el libro, es que acusaran a la sanidad privada de priorizar los intereses económicos y derivar los pacientes graves a la sanidad pública. —En este país estamos acostumbrados a que nos digan ese tipo de cosas, aunque obviamente eso dolió. Igual que dolió que dijeran que estábamos mirando para otro lado. No era verdad. Todos teníamos unos gastos terroríficos y ninguna certidumbre de si todos esos gastos que estábamos teniendo por duplicar habitaciones, comprar materiales, respiradores…, se iban a compensar. La viabilidad de la empresa podría haberse comprometido y pese a todo siempre pensamos en los pacientes. —Se arriesgaron recursos, pero al final ¿la pandemia supuso un beneficio económico para el grupo?—No, beneficio económico no. El primer año se perdió dinero, no llegamos a cubrir costes. Pero es verdad que a partir de 2021 hubo un incremento de la actividad. Se realizaron muchas operaciones aplazadas y también la población contrató más seguros médicos privados. —¿Qué imagen le cuesta más olvidar de aquellos días de pesadilla?—Las UCIs, posiblemente las UCIs. En el libro le dedico un capítulo que titulo ‘El infierno en la tierra’. Los sonidos de los respiradores, el heroísmo del personal que se metía en esas habitaciones donde moría la gente sin saber si se iban a contagiar… Esos profesionales fueron auténticos héroes. No sé si en una guerra, los soldados están tanto tiempo desprotegidos como estuvieron los sanitarios. —El virus nos igualó a todos. Todos podíamos enfermar y no se sabía el resultado, pero hubo quién le pidió trato de favor.—Mucha gente, con familiares afectados, me llamaron para pedirme que les reservara respiradores por si empeoraban. La respuesta siempre fue no. ¿Cómo voy a guardar un respirador? «Mucha gente me llamaba para pedirme que reservara respiradores a sus familiares por si empeoraban. La respuesta siempre fue no»—El Covid dejó una lección incómoda: la fragilidad de la cadena de suministro sanitaria. ¿Hemos aprendido la lección?—No, por eso es tan importante que se haya aprobado la Agencia de Salud Pública. Es necesario que exista una autoridad que realmente coordine. Nosotros tuvimos que traer los respiradores por carreteras secundarias porque las comunidades autónomas no querían soltar sus recursos mientras en Madrid se estaban muriendo cientos y cientos de personas todos los días. La sanidad quedó en evidencia. No fue culpa del Ministerio de Sanidad, sino de 30 años de políticas sanitarias. Nadie esperaba que pudiera llegar una cosa así, aunque podría volver a pasar mañana. —Y seguimos sin estar preparados.—Sí, seguimos sin estar preparados. Aunque me imagino que habiendo vivido lo que hemos vivido, nos encerraríamos antes. Si te dicen que viene un diluvio, prepárate para un diluvio, no para un chirimiri. Durante toda la pandemia libramos una batalla sobre qué es más importante la salud o la economía y creo que la ganó claramente la salud. Si la gente tiene miedo, no sale a la calle ni consume. Lo primero siempre es garantizar la salud de la población y cuando la gente se encuentre segura y tranquila, entonces consume.
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