Fue la victoria más preciada de Alejandro Magno . En el 331 a.C., después de aplastar a los persas en Gaugamela, el conquistador palpó al fin su tesoro más codiciado: Babilonia, una urbe con una tradición cultural de más de mil años, templos colosales y grandes riquezas. La gran joya de Mesopotamia situada en el actual Irak, entre el Tigris y el Éufrates. El cronista Quinto Curcio Rufo recalcó en sus textos que «su antigüedad y su belleza captaron la atención de todos los macedonios». A cambio, el historiador extendió también el mito que perseguía a esta ciudad desde hacía siglos: «Ningún otro sitio infligió más daño a la disciplina militar; nada más corrompido que las costumbres de Babilonia y nada más dispuesto para excitar las pasiones desordenadas».Dice Lloyd Llewellyn-Jones, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Cardiff, que este episodio es revelador en muchos sentidos. Para empezar, demuestra que Babilonia fue real, «no un mito bíblico, sino la ciudad más grande del mundo, lo mismo que la Torre de Babel». Pero también que ha sido un enclave que ha navegado siempre entre la historia, la fábula y la leyenda pecaminosa. De ahí su nuevo ensayo: ‘Babilonia’ (Ático de los Libros) , una obra que explora la urbe a través de sus dos milenios de vida y que busca separar verdades y mentiras. «Hemos olvidado que era el centro religioso, cultural y artístico del mundo. La despreciamos como ciudad decadente y llena de lujuria, pero esa idea es falsa», defiende.Revolución culturalEl que presenta no es un libro más para Llewellyn-Jones. Sacerdote anglicano –«homosexual y con pareja desde hace años», admite sonriente a ABC–, ha dedicado su carrera a estudiar el mismo Oriente Próximo que vio nacer la ciudad: «Lo más peculiar de Babilonia es que no sigue el ciclo clásico de una civilización: tuvo varios auges y caídas desde que nació alrededor del 2.500 a.C.». Lo mismo ha hecho con las culturas que han pasado por ella: sumerios, acadios, hititas, casitas, asirios, caldeos, persas, macedonios, seléucidas… «La cúspide fue con el rey Hammurabi, el del famoso código, en torno al 1750 a.C. La clave es que la estructura de la sociedad babilónica, su cultura, su vida política, no se vio afectada nunca a pesar de las invasiones», añade. Así, hasta que la urbe fue abandonada y el grueso de sus ciudadanos se trasladó a Seleucia del Tigris.Ya tocaba desempolvar aquella Babilonia que fue locomotora cultural de Mesopotamia. «Su mayor legado fue en la astronomía y en las matemáticas», explica. Un ejemplo es que llevaban registros detallados de sus observaciones sobre la posición de los cuerpos celestes; datos claves para desarrollar un calendario lunar exacto. En este sentido, superaron de forma abultada a los egipcios. «También contaron con grandes ingenieros y arquitectos que extendieron el uso del ladrillo. Y eso, por no hablar de que nos legaron una de las grandes obras de la literatura universal: la del legendario rey Gilgamesh ». El texto, afirma el experto, abordó por primera vez en la historia temas como la psique humana y el terror a la muerte. «Sin ellos, no tendríamos películas de Woody Allen», bromea.«Lo más peculiar de Babilonia es que no sigue el ciclo clásico de una civilización: tuvo varios auges y caídas desde que nació alrededor del 2.500 a.C.» Lloyd Llewellyn-Jones Catedrático de Historia AntiguaLlewellyn-Jones se adentra a su vez en otro aspecto poco estudiado de esta civilización. Uno que, en parte, azuzó su leyenda negra: el sexo. «La sociedad babilónica era la más sexualmente abierta del mundo antiguo», señala. Los registros arqueológicos lo confirman: las fachadas de los templos, por ejemplo, están plagadas de arte erótico. «Más que en el amor, estaban interesados en la cópula, en el placer. Nos lo relatan muchas canciones nupciales que animaban a la pareja a disfrutar de una vida conyugal vigorosa, las llamadas ‘bal-bal-e’». Hasta nos recuerda una: «Se lo hice cincuenta veces mientras ella temblaba debajo, muda y silenciosa para mí». Estas relaciones estaban ligadas a la religión, lo mismo que la guerra y la vida cotidiana. «Todo se entrelazaba con ella. No separaban una cosa de la otra», finaliza. Fue una de sus características.Verdades y mitosPocas ciudades han alimentado tantas leyendas como la que nos ocupa. La más famosa es la de la Torre de Babel : aquella construcción con la que los hombres quisieron alcanzar el paraíso y que, según el relato bíblico, se detuvo cuando Dios los castigó confundiendo sus lenguas. El autor afirma que la arqueología ha identificado este edificio con el gran zigurat de Babilonia, por entonces llamado Etemenanki (‘Casa de unión del cielo y la tierra’). Las crónicas narran cómo el dios Marduk encargó al rey caldeo del siglo VII a.C. Nabopolasar asentar su base sobre el inframundo y «hacer que su cima rivalizara con los cielos». Una estela de basalto negro descubierta hace un siglo confirma que su base medía 92 metros de largo y que en su construcción se utilizaron 17 millones de ladrillos cocidos. «Esta obra fue la que inspiró a los escribas hebreos», explica.La Torre de Babel, pintura de Pieter Brueghel el Viejo ABCAunque el mayor mito, dice, es considerar Babilonia como la ciudad del pecado destinada a ser destruida: «Es un elemento retórico recurrente que arrancó con el Antiguo Testamento, que luego se expandió con los primeros cristianos y que, al final, ha quedado anclado en nuestra cultura occidental». En el Apocalipsis de San Juan, por ejemplo, el apóstol comparó a Roma con una segunda Babilonia, y al emperador con el anticristo. «Cuando llegó la Reforma, esta imagen estaba ya asentada, así que Lutero atacó a la Iglesia católica con ella. Esa idea se desarrolló también en Estados Unidos, cuando los estados del norte criticaron a los del sur por tener esclavos, ‘como en Babilonia’», sentencia Llewellyn-Jones. Y de ahí, a las canciones de Lady Gaga. Por eso, concluye, tocaba publicar un libro para aclarar de forma definitiva la historia.
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