La noche del 6 de noviembre de 2022, Galin Petrov asestó quince puñaladas a su pareja , Irina Dimitrova, y otras trece a su hija Marilla, de tan sólo 6 años. Ocurrió en la avenida Olímpica de Móstoles, en el interior del domicilio familiar. Número 20, tercera planta. Al acceder al inmueble, los agentes encontraron en un pasillo los cadáveres de la joven de 29 años y la menor. A su llegada, los sanitarios del Summa 112 sólo pudieron confirmar la muerte de ambas. Como en cualquier escenario criminal, lo primero en lo que trabajan los uniformados es en acordonar y asegurar la vivienda. Después entran en escena los agentes de la Policía Judicial y los especialistas de la Científica. Más tarde, el médico forense. Y, una vez completadas las diligencias necesarias, se procede al levantamiento del cadáver. Queda, sin embargo, una tarea pendiente: limpiar el lugar del crimen. El doble asesinato de Irina y Marilla es el primer suceso escabroso que evoca Manuel González cuando se le pregunta por una de las limpiezas traumáticas más duras a las que se ha enfrentado en la Comunidad de Madrid. «Las mató con tal brutalidad… Jamás olvidaré los puntazos en la pared», recuerda apenado. Fundador de Limpiezas González, la primera empresa española especializada en la recuperación de espacios tras muertes violentas, asegura que son «los únicos autorizados legalmente para intervenir allí donde se produce una tragedia». «Todos los crímenes mediáticos que se han producido desde 2013 –año en que se fundó, en Hellín (Albacete)– los hemos llevado nosotros. El que menos te imagines. O el que más», asegura en conversación con este periódico. González recuerda también un crimen machista en Soto del Real , ocurrido en junio de 2024, cuando Jorge Ramón, un policía local jubilado, mató a su pareja, Soledad, y la decapitó antes de suicidarse en un chalé de la calle de Vicente Aleixandre. Esta empresa familiar se encargó asimismo de limpiar la escena del triple crimen de Morata de Tajuña (2016), el crimen de Pioz (2016), el crimen de la niña de Vilanova i la Geltrú (2018) y el degollamiento en Parla (2017), donde su intervención resultó clave para identificar a los autores. «Hemos estado varias veces delante del criminal. En primer lugar, porque no sabíamos que era el o la homicida, ya que en alguna que otra ocasión han sido ellos mismos quienes han contactado con nosotros. En el crimen de Parla, por ejemplo, nos llamó su hija, la propia asesina», cuenta González. María Isabel Castrejón, de 54 años, fue hallada degollada en la cama de su vivienda, ubicada en la calle de María Cristina, en Parla. «Normalmente, la familia nunca está presente cuando limpiamos. Pero allí en medio que estaba la zagala con su novio, lo que nos pareció extraño. Nos marchamos, pero varios días después volvió a llamarnos porque, según nos dijo, nos habíamos dejado restos de sangre. Regresamos y acabaron detenidos. La Policía esperó a ver nuestra furgoneta allí para intervenir. Tenía el teléfono pinchado y, al llamarme, cometió el error que terminó delatándola». Aquella primera toma de contacto no despertó las sospechas de González, a diferencia de lo que ocurrió con el hijo adoptivo de Edurne, la mujer de 66 años hallada sin vida en su domicilio de Cártama (Málaga) el pasado marzo. «Desde el primer momento que hablé con él sabía que era el asesino, por cómo hablaba y se explicaba. Terminó delatándose», cuenta. Asimismo, asegura que en varias ocasiones han localizado el arma homicida durante sus intervenciones y que, en esos casos, la han entregado a las autoridades.González apunta que la Comunidad de Madrid es la región donde más trabajan. «Recibimos al menos una llamada cada día», afirma. Preguntado por si existen barrios o distritos donde se concentren más solicitudes, el albaceteño responde que «la muerte no tiene ubicación» y que pueden recibir avisos tanto «del barrio de Salamanca como del distrito más humilde». Entre los últimos sucesos mediáticos en los que han intervenido figura el conocido como crimen de la mancuerna , en el que César, de 36 años, mató el pasado 2 de octubre a sus padres, César y María, en la vivienda familiar del paseo de los Húsares, en el barrio de Cuatro Vientos.Sobre estas líneas: fachada de la casa donde ocurrió el triple crimen de Morata de Tajuña (2024); el chalé donde ocurrió el crimen de Soto del Real (2024); y César, el parricida de la mancuerna ABCGonzález y los suyos tardan aproximadamente un día, entre cuatro personas, en borrar las huellas del crimen. El procedimiento comienza con una evaluación de las dimensiones y las características de cada fallecimiento. A partir de ahí, el equipo aplica un primer tratamiento de choque con ozono y procede a retirar los fluidos biológicos y los enseres afectados, que trasladan posteriormente a una planta de reciclaje o a un punto limpio, en contenedores especiales. Después llega la limpieza minuciosa de los restos de sangre, para la que emplean productos específicos y de gran potencia, similares a los que utilizan los equipos forenses. «Usamos agua oxigenada y productos muy corrosivos y potentes», explica González.La tarea va mucho más allá de eliminar las manchas visibles. La sangre puede filtrarse por debajo de los marcos de las puertas, penetrar en los poros de los rodapiés o alcanzar las capas inferiores del suelo. Si llega al parqué, en ocasiones es necesario levantarlo para evitar que los restos traspasen el forjado (o si la sangre queda atrapada bajo el suelo y se acumula humedad, advierte, pueden aparecer larvas). Una vez terminada la limpieza, «enmasillamos y pintamos». González apunta que la Comunidad de Madrid es la región donde más trabajan: «Recibimos al menos una llamada cada día»Un escalofrío recorre el cuerpo de esta redactora al contemplar las imágenes de algunas de las escenas a las que han tenido que enfrentarse estos trabajadores. «Para nosotros, lo más importante es que, cuando una madre entre en la casa donde han asesinado a su hija, no vea ni pueda imaginar los puntazos de las puñaladas en las paredes», explica. González es campechano, cercano, humilde. Durante toda la conversación insiste en abordar estos episodios con sensibilidad, empatía, y desde el máximo respeto hacia las víctimas y sus familiares. Es al dolor de estos últimos, cuando llegan a la escena del crimen, al que todavía no se acostumbra. «El sufrimiento de esas madres a las que les han arrebatado a sus niñas es mucho más duro que lo que podemos encontrar dentro de una vivienda. A eso no nos acostumbramos. Me gustaría saber limpiar el dolor, pero no sé hacerlo ni puedo. Para mí lo más importante es evitarles más sufrimiento a las familias; el dinero pasa a ser un eslabón más de la cadena», apunta. El albaceteño reconoce que este año ha sido especialmente duro por el elevado número de menores asesinados en casos de violencia vicaria. Recuerda que, cuando el negocio empezó a funcionar y su empresa ganó notoriedad, llegó a pensar que con el paso del tiempo tendrían cada vez menos trabajo. «Le dije a mi hijo: vamos a aprovechar, porque esto con los años irá a menos. La gente no va a ser tan mala. Me equivoqué. Este año ha sido brutal por la cantidad de niños que han muerto víctimas de la violencia vicaria», reconoce. El albaceteño reconoce que este año ha sido especialmente duro por el elevado número de menores asesinados por violencia vicariaManolo, como se presenta este castellanomanchego, era jefe de mantenimiento en un instituto de Hellín (Albacete) cuando decidió poner en marcha una empresa familiar de limpieza. Lo que comenzó como una salida laboral para sus hijos acabaría convirtiéndose en un negocio de lo más singular. Sucedió que en 2014 recibió una llamada para intervenir en una vivienda de Granada tras un suicidio. Un joven que acababa de aprobar las oposiciones a juez se había cortado las venas en el piso de alquiler en el que vivía: «Había muchísima sangre. Se hizo los cortes en el comedor y después se fue al baño, desde donde se arrastró hasta la puerta de entrada para intentar pedir auxilio. La cantidad de sangre nos impactó muchísimo. Ahí dijimos: esto va a ser muy duro». Aquella primera intervención marcaría el rumbo de la empresa. Dejaron atrás las limpiezas convencionales de escaleras y comunidades de vecinos para adentrarse en las limpiezas traumáticas o forenses. Era una actividad tan poco habitual que, según recuerda, ni siquiera en la Seguridad Social sabían inicialmente en qué epígrafe encuadrar su negocio. Parte del equipo de la empresa Limpiezas González. CedidaAl principio, recuerda, el impacto fue especialmente duro para el equipo. «Cayó mucha gente. Algunos se desmayaban en la misma puerta», relata. Con el tiempo han aprendido a continuar con el trabajo tras salir de cada vivienda, intentando dejar atrás lo que han visto. No siempre lo consiguen. «Cuando estoy tranquilo, a veces me vienen todos los casos de golpe», confiesa. Asegura, además, que reciben muchos más encargos que hace unos años: «Cada vez somos peores personas. En la muerte no gana nadie. No entiendo por qué 0cada vez matamos más».Ese contacto continuo con el sufrimiento también ha marcado la forma en que González entiende su oficio. «Cuando hay dolor, el dinero pasa a un segundo plano», asegura. Como ejemplo, recuerda el trabajo que realizaron durante la pandemia, cuando colaboraron con la Unidad Militar de Emergencias (UME) en la desinfección de calles y residencias, y ayudaron gratuitamente a vecinos de Hellín que no podían permitirse esos servicios. Sus camiones llegaron también a Ifema y desinfectaron vehículos policiales sin cobrar por ello. «No vivimos del dolor», resume.
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