Las vacaciones terminan delante de una nevera vacía. Creo que no hay ningún gesto que atine mejor el fin de la época estival. Uno consigue llegar a Madrid después de una odisea de viaje. Sube las maletas y un sinfín de bolsas con cosas que parecían importantes y que, en realidad, ya molestan. Abre las ventanas de su casa, ventila, y cuando se acerca a la nevera se encuentra con medio limón convertido en una pieza de museo, una botella de agua y un bote de mostaza que ha sobrevivido a una crisis nuclear. Es justo ahí, queridos amigos, cuando las vacaciones han terminado de verdad. Toca bajar al supermercado y ahí es donde empieza Madrid. Porque volvemos de lugares donde hemos vivido como si el desayuno apareciera por inercia espontánea. Hemos pedido otra ronda sin consultar la aplicación del banco, comido pescados cuyo precio se anunciaba «según mercado» y aceptado de manera natural que un tomate aliñado costara diecisiete euros porque era de temporada y se disipaba al fondo del plato el mar. Ahora toca comparar con lupa el precio de dos botes de detergentes bajo una luz blanca y un tipo al lado que resigna a vestirse de manera normal porque para él un treinta de agosto es lo mismo que un dos de julio. El verano termina cuando abrimos la nevera. No cuando cruzamos Despeñaperros ni cuando aterriza el avión. Ni siquiera después de comprobar que todavía podemos aparcar el coche debajo de casa. Hay una pequeña resistencia que nos propone dilatar este golpe de realidad que consiste en dejar las maletas cerradas y sin deshacer. Pero la nevera, esa maldita caja frigorífica que tenemos en la cocina, viene a recordarnos que necesitamos hacer el inventario del regreso. Y de eso nadie puede escapar. Leche, huevos, yogures, jamón de york, papel higiénico, detergente, café (mucho café), alguna lechuga por aquello del complejo y tomates, son la materia prima de nuestro entusiasmo regenerador de septiembre. Como si pudiéramos convertirnos en una persona distinta a la que llevamos siendo el último mes o las semanas previas a este golpe de realidad servido en nevera vacía. También fruta. Muchísima fruta. Porque la culpa alimentaria convierte nuestro carro de esta primera compra en una consulta médica. Y en el supermercado de siempre nos topamos con una fauna que podría denominarse la «tribu del final de agosto». Todos están más morenos y ligeramente derrotados. Todos ellos han pasado por el golpe de la nevera vacía y nos cruzamos por los pasillos del súper empujando carros con una intimidad extraña. El vecino del quinto también compra yogures. El presidente de la junta de vecinos que siempre se pone tan serio en las reuniones está eligiendo entre dos suavizantes. Una mujer habla por teléfono preguntando si queda o no Cola Cao. Dos niños negocian el tipo de galletas que quieren engullir y hay quien todavía lleva chanclas porque se resiste a aceptar la verdad. Y este momento que a cualquiera le hundiría en la más absoluta miseria, resulta que nos devuelve a los que fuimos. A Madrid. Ahí nos encontramos con el cajero del súper, con el chino de la esquina que sigue abierto, con el camarero del bar de abajo que tiene la educación añeja de no preguntarte «qué tal las vacaciones», la bolsa que se rompe, los puntos para conseguir las sartenes antiadherentes, el estanco, y todo ese trayecto diario que nos permite sobrevivir. Van regresando las pequeñas cosas y, con ellas, nosotros. Pero todo empieza con la puerta abierta de una nevera vacía que más que un símbolo es una declaración. Durante estas semanas hemos sido infieles a nuestra naturaleza y a nuestra ciudad. Por eso considero este acto de la primera compra como una forma de confesión. Porque salimos saturados y hartos de tanta polarización y cargados de cansancio y de rutina. Y, sin embargo, basta con pasar unas semanas lejos para empezar a echar de menos las cosas de las que salimos huyendo. Madrid tiene esa manera tan poco elegante de hacerse querer. No necesita ponerse guapa. Sigue haciendo calor, tiene media ciudad levantada por las obras y en el primer trayecto en coche maldecimos al conductor de delante porque no ha puesto el intermitente para girar. Pero todo comienza en vuestra nevera y en descubrir, mientras la llenamos, que los que teníamos ganas de volver éramos nosotros.
Powered by WPeMatico