Hubo un tiempo en el que internet no formaba parte de la vida cotidiana. No existían los móviles, ni las redes sociales, ni las notificaciones capaces de interrumpir cualquier actividad. Para muchas personas que hoy son adultas, aquella realidad no resulta tan lejana. Fue simplemente la forma en la que aprendieron a relacionarse con el mundo durante su infancia.
Si se aburrían, no podían recurrir a un vídeo de pocos segundos o consultar las redes sociales. Tenían que buscar otra cosa que hacer, esperar o simplemente convivir con ese momento de aburrimiento. Y precisamente esa experiencia puede haber contribuido a desarrollar una capacidad que hoy resulta especialmente valiosa. Mantener la atención sin necesitar estímulos constantes.
La psicología estudia desde hace años la autorregulación, es decir, la capacidad para controlar la atención, las emociones y la conducta. Estas habilidades se desarrollan progresivamente durante la infancia y están muy condicionadas por el entorno.
Aprender a aburrirse también era parte de la infancia
Antes de la expansión de internet, el aburrimiento era mucho más difícil de evitar.
Un niño podía pasar una tarde jugando en la calle, leyendo, dibujando o simplemente esperando en el portal a que su amigo terminara de merendar. No tenía una pantalla para ofrecerle un entretenimiento diferente cada pocos segundos.
Esto no significa que quienes crecieron sin internet tengan necesariamente una mayor capacidad de concentración. La psicología no establece una división tan sencilla entre generaciones. Sin embargo, sí sabemos que la atención y la autorregulación están relacionadas con los hábitos y el entorno en el que una persona se desarrolla.
La investigación reciente sobre el uso problemático de redes sociales, por ejemplo, ha encontrado asociaciones con problemas relacionados con la atención y la impulsividad, aunque los investigadores advierten de que la relación puede ser bidireccional y que no todo uso de las pantallas produce los mismos efectos.
Una habilidad que todavía podemos recuperar
La diferencia entre aquella época y la actual no está únicamente en la tecnología, sino en la cantidad de estímulos que recibimos constantemente.
Hoy podemos consultar el móvil mientras esperamos el autobús, comer mientras vemos una serie o cambiar de vídeo cada pocos segundos cuando algo deja de interesarnos. Son pequeños hábitos que hacen que resulte más difícil tolerar los momentos en los que no ocurre nada.
Por eso, algunas costumbres de quienes crecieron sin internet pueden resultar útiles también para las generaciones actuales: leer sin mirar el teléfono, caminar sin consultar constantemente una pantalla, dejar espacios para el aburrimiento o terminar una tarea antes de saltar a otra.
No se trata de volver al pasado ni de considerar que la tecnología sea negativa. Se trata de recordar que la capacidad de concentrarse también necesita momentos sin estímulos.
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