El 9 de septiembre de 1981 hubo un apagón de los semáforos en Manhattan. Una pequeña y blindada comitiva transportaba en ese preciso momento el cuadro más famoso de la historia, el ‘Guernica’ de Pablo Picasso , hacia el aeropuerto, pero la avería convirtió cada esquina, cada pequeña manzana de la Gran Manzana, en una discusión con taxistas que agitaban brazos fuera de las ventanillas ante los guardianes del tesoro del siglo. Lo contó Álvaro Martínez Novillo, presente aquellos días en Nueva York y funcionario del ministerio de Cultura que negoció con el MoMA, el Gobierno de EE.UU. y los herederos del pintor aquella complejísima operación.Javier Tussell, artífice del empeño, y Íñigo Cavero, un ministro que hoy daría alipori al progresismo de rotonda que propala el PSOE, fueron capaces de aquel logro, bien definido como el regreso «del último exiliado», porque el ‘Guernica’, además de un cuadro contra los crímenes de guerra, simboliza desde entonces, incluso hoy, también la reconciliación y la cultura del exilio republicano, retornada. Las heridas cicatrizan, pero ya sabemos que los delirios autojustificativos de la izquierda española no tienen antídoto. La cultura fue asunto de Estado en la Transición. Fueron también años de convivencia y perdón, como el que Martínez Novillo le pedía a Luis García Berlanga por haberse dejado invitar a cenar en Nueva York, precisamente la víspera del traslado del gran cuadro de Picasso y no haber soltado prenda. De hecho, el cineasta bromeó con el camarero aquella noche en el restaurante: «Seguro que mis amigos españoles están aquí para llevarse el ‘Guernica’». Menuda risa y menudo disimulo. Cuando Berlanga descubrió, días después, que la broma era verdad le afeó no haber sabido algo por él o al menos haber podido grabar el traslado con una pequeña cámara.Llegó el día de la entrega en el MoMA, el día 9, y un tal Mr. Rubin, empleado miope, deseó que con la vuelta del Picasso «se perdieran los últimos vestigios de parroquialismo en el arte moderno español». Menuda inventada. Un buen crítico de ABC, Julián Gállego, le respondió: «¿Parroquial el país de Miró, Dalí, Tàpies, Chillida, López, Guerrero, etc., que han triunfado cien veces en Nueva York? Eso será una rabieta, que le perdonamos a Mr. Rubin».Tantos intervinieron, tantos han amado el cuadro, o lo han criticado, que no se entiende que Pedro Sánchez hiciera allí el vídeo electoral para darle la razón a Mr. Rubin. Porque es mezquino reducir el ‘Guernica’ al señalamiento, al relato de buenos y malos. Toda simplificación es deletérea. Ese vídeo sí nos devuelve al pasado. Es de paletos poner un cuadro universal en la rotonda parroquial del PSOE. El ‘Guernica’ es de todos.Lo que sí nos falta es un Berlanga que ruede el nuevo ‘Patrimonio Nacional’ de estos años, con los ricos, los evasores, los amigos, la familia y los rentistas del Gobierno del flamante crítico de arte de las rotondas políticas.
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