Una máquina excavadora amarilla y ruidosa muerde la roca de Ceuta para hacer hueco a más muertos . Trabaja a destajo en la ampliación del cementerio musulmán de Sidi M’Barek, que se quedó pequeño después de la avalancha de cuerpos ahogados del asalto del Tarajal. A cinco palmos de tierra bajo la superficie descansan los fantasmas de los que nadie habla, el precio más alto de la invasión del 30 y 31 de julio que pagaron con sus propias vidas.Nadie ha pagado más, porque no se puede pagar más que con la muerte. Noventa personas han sido enterradas en las fosas comunes del camposanto, más abajo de la mezquita, en los bancales que van a dar a Loma Colmenar, con sus edificios, su ropa tendida en las ventanas y, al fondo, el mar gris de la desgracia. Esta es la no historia de los muertos de esta tragedia, porque su historia no está escrita y nadie sabe de quién son la mayoría de esos cuerpos, enterrados en un cofre de ladrillos rudimentarios, cubiertos con tierra y una piedra blanca encima en la que reza, aséptico e impersonal, misterioso como todos los interrogantes, un frío número de expediente de cuatro cifras.Salma, la 5498Cinco mil cuatrocientos noventa y ocho (5498). Es uno de los pocos números de los que se conoce la historia. La única mujer de los 90 ahogados cuyo cuerpo quedó del lado español —nadie sabe a ciencia cierta cuántos murieron en Marruecos ni quiénes son— se llamaba Salma. De momento no tiene lápida con su nombre, pero Said Mohamed, encargado del cementerio musulmán de la ciudad, un tipo atlético, con barba arreglada y unos ojos azul-Estrecho, recuerda que se han conocido las historias de nueve identificados. Solo siete de ellos tuvieron familiares en el entierro porque muchas familias no consiguen el visado para salir de Marruecos. Una de ellas era la familia de Salma, la mayor de tres hermanos. Said recuerda que, al partir hacia Ceuta los dos varones, la madre mandó a la hermana a buscarlos y traerlos de vuelta. Pero ella no llegó a la orilla.Primera imagen panorámica del cementerio musulmán en la ciudad ceutí, ampliado para enterrar a los ahogados. Segunda imagen, de Said Mohamed, encargado del camposanto. Foto de Salma en su perfil de TikTok, la víctima de la crisis del 30 y 31 de julio pasados identificada con el número de expediente 5498 Matías Nieto / Foto de Salma en su perfil de TikTokEn las fotos de TikTok aparece ella, bellísima bajo un pañuelo, a sus 22 años, dando perspectiva a todo este infortunio. Me quedo mirándola en la pantalla del teléfono y la imagino. Ahora está ahí abajo, acostada sobre la tierra. Pienso cómo es posible relativizar toda esta tragedia después de haber hecho yo mismo bromas sobre flotadores. También pienso quién es el criminal que, bajo la excusa de proteger y dar asistencia humanitaria a todas estas personas, termina permitiendo su muerte. No tengo una respuesta porque los muertos no tienen dueño.El cementerio de Sidi M’Barek está en tierra musulmana de Ceuta desde hace siglos. Al llegar, junto a la mezquita, se levanta el morabito de un imán al que muchos musulmanes rezan con devoción. «Le piden cosas, que su hijo se cure, que su hija encuentre marido o cualquier cosa», explica Abdelkader, vigilante de seguridad del lugar. Confiesa que, en realidad, esas visitas no están permitidas por el islam, dado que el hombre que está allí enterrado no es un profeta. Pero la esperanza tampoco tiene dueño ni reglas. Mientras habla, un hombre llamado Tarik cumple su promesa semanal y rocía la tumba de aquel imán con fresquísima agua de azahar, con la que moja en gesto amable las manos del reportero y el fotógrafo.Hace tiempo que en la zona más antigua ya no se hacen enterramientos, así que la ciudad había planteado una ampliación que ahora se ha tenido que llevar a cabo de urgencia, abriendo nuevos bancales en la ladera de la montaña, que, como todas las de Ceuta, es escarpada y está cuajada de caminos por los que suben tipos desarrapados con una chancleta de cada color y bolsas en las que solo Dios sabe qué llevan.Hace 26 años que Said Mohamed trabaja en el camposanto y cada mes entierran allí a 15 o 20 personas. Después del asalto, durante seis días, enterraron a 90. «El cementerio se nos ha quedado chico». La maquinaria del más allá funciona de la siguiente manera: traen los cuerpos de cuatro en cuatro en ataúdes . Según el rito, un imán los lava. Esto tendría que hacerlo la familia o los amigos del muerto, pero aquí los muertos no tienen a nadie. Desprovistos de compañía, pasan por la mezquita, donde pronuncian el rezo del fallecimiento, y los bajan en camillas, de uno en uno, con los cuerpos metidos en bolsas blancas, envueltos en un olor que permanece cuando se escriben estas líneas.Voluntarios para hacer bultoPara que no se entierren solos, como si fueran perros o animales en un muladar, en Ceuta hay voluntarios, chicos jóvenes con los que contacta Said para hacer bulto en la despedida anónima y rezar por un tipo que no conocen. Los lloran anónimamente. Saben que hay alguien ahí dentro, poco más. «Es todo bastante triste», admite Said.La avalancha de cadáveres ha sido descomunal. En Ceuta tuvieron que alojarlos en el Hospital Militar y habilitar una habitación nevera, con una suerte de literas macabras con capacidad para alojar hasta 200 cuerpos. Los de Criminalística de la Guardia Civil se tuvieron que emplear a fondo en una tarea que a día de hoy no ha acabado. El cementerio estaba invadido de muertos, nuevos y de los espectros de los vivos. Hasta 5.000 personas se colaron en el camposanto y dormían sobre las tumbas, en una escena de desesperanza reiterativa, de llover sobre mojado. Said recuerda que hasta hicieron chozas en los árboles del cementerio mientras las excavadoras trabajaban para inhumar a sus compañeros. Se lavaban entre las lápidas, comían, mal dormían. La misericordia que sienten los empleados del cementerio por aquellos cadáveres tan jóvenes, naturalmente exenta de xenofobia o racismo en cuanto comparte, rasgos, costumbres y credo, no borra la indignación por el asalto: la agrava.La avalancha de cadáveres ha sido descomunal. En Ceuta tuvieron que habilitar una habitación nevera en el Hospital Militar con capacidad para 200 cuerposUno de los empleados que vigila el lugar y cuyo nombre permanece en el anonimato confiesa que ellos, los musulmanes, están tan indignados como los cristianos. «Esto no debería haber pasado y tiene que terminar ya. A los musulmanes ceutíes nos sienta muy mal ver a la ciudad en esta situación, nuestra tierra, en la que han entrado como en una invasión, y nos miran diciéndonos a los de aquí que este lugar les pertenece, que nos vayamos, que Ceuta es suya».El camposanto musulmán de Ceuta se está ampliando ganando terreno a la ladera para albergar más cuerpos. M. NietoEllos fueron de los primeros en detectar que algo raro estaba pasando. Cada mes dan sepultura a un par de inmigrantes, pero antes de la avalancha ya habían recibido a siete. «Esto no era normal y sabíamos que algo estaba pasando». De pronto llegó el desastre. Pocas horas después de la entrada, el teléfono del encargado del cementerio empezó a sonar y, al otro lado de la línea, le partían el corazón las voces de las madres de los muertos, preguntando si su hijo estaba entre ellos. Le siguen llamando. El enterrador sabe que es difícil reconocer a un muerto ahogado y les puede dar pocas pistas que no sean las inevitables. «Me preguntan si puede ser que estén en una cárcel, que estén en un hospital o me dicen que les han visto en las redes sociales. Les digo que, si estuvieran en una cárcel o en un hospital o por ahí, ya les habrían llamado, porque lo primero que hacen al llegar es pedir un teléfono para llamar a casa y decir que están bien».Esta mañana tiene una visita de los responsables de ONG, que ayudan a las familias marroquíes a confirmar la noticia que nadie quiere que les den. Frente a la mezquita del cementerio, al otro lado de la calle, en el lado de los vivos, cuelgan imágenes de chicos jóvenes desaparecidos, con mensajes escritos en árabe. Fotografías ya descoloridas de chavales que miran casi desde otra dimensión. Quizás estén enterrados a cien metros de allí.Al responsable del cementerio le siguen llamando madres para preguntar si sus hijos están vivos o muertos tras cruzar a nado desde Marruecos a Ceuta. Hay carteles de los desaparecidos cerca de la mezquita. Matías NietoEn la aduana del Tarajal, las autoridades han tenido que abrir un centro con una oficina para la búsqueda de los desaparecidos, donde las familias van entregando detalles y fotografías que ya nadie puede reconocer. La aventura burocrática, que en el mejor de los casos termina mal, pasa necesariamente por el juzgado. Las identificaciones deben hacerse a través de los restos de ADN de los fallecidos y sus familias, muestras que se guardan en las instituciones forenses. Mientras en el Gobierno de España se celebraba la colaboración del Gobierno de Marruecos, el régimen alauita no aceptaba la repatriación de los muertos que quedaron sepultados en las fosas comunes de la tierra prometida.
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