Junto a las murallas discurría, como una lengua de lava roja, amarilla, blanca y negra, de descrédito y de enfado, de tristeza, cansancio y desesperación, la mayor manifestación que se recuerde en Ceuta. Hablamos de una exteriorización del enfado, dela rabia, de la desesperación de una tierra que se duele porque se siente abandonada, pero algo más. Y lo que se palpaba allí vivía entre niños con banderitas y esos tipos curtidos como troncos de encina, entre pañuelos y rosarios, trompetas, sirenas, gorras deregulares, algo que iba más allá y que sonaba a una unión que en este país no se veía desde hacía mucho tiempo. «¡Invasores, expulsión!», gritaba la gente, además de pedir la expulsión de los invasores y presionar a Pedro Sánchez , al que lanzaban gritos de exaltación de las bondades de la fruta. «Un caballa nunca se rinde», dicen, en el convencimiento de un sentimiento instalado en lo improbable de lo común. Y allí estaban los ceutíes, frente al mar del Estrecho, hoy calmado, gris, casi de mercurio, y se levantaban con la emoción a flor de piel, como si España estuviera concentrada en estas 80.000 personas, entre estas fronteras asediadas por la labor de Marruecos y la traición de Moncloa, que, si no es una venta, se le parece mucho.Entre Camoens y Real, por la cuesta arriba que subía España con su bandera, las tiendas estaban cerradas y no había nadie en los balcones, en la medida en que todo el mundo estaba en la calle. Desde el ático de una esquina sonaba el himno nacional como en los partidos de fútbol en los que juega lo que la izquierda llama La Roja, pero con otro sentido, más definitivo, más profundo, y casi parecía que tenía letra.Galería: manifestaciones en apoyo a Ceuta por toda España. En la imagen, ValenciaPitaban y reían, se enfadaban y lloraban, y reían de nuevo, y se acordaban de Sánchez, en una consecución de emociones reconocibles, razonables, en algún sitio entre una exaltación y una rabia serena, con vivas a España y «El novio de la muerte». Como si por la calle se hubiera reunido el pueblo encontrándose a sí mismo, instalado en esa emoción de ojos húmedos, de vello de punta y de abrazos, esa cosa que aparece o en la fiesta, que no era el caso, o en la zozobra, que sí se estaba viviendo, tan cerca y tan lejos del verano perdido, de la tristeza, de las tiendas de juncos, de las agresiones por violencia sexual, del Trampolín y del miedo.El restaurante que llaman, en curiosa reiteración, El Restaurante , estaba cerrado, como casi todo hoy. José y María, que fundaron el restaurante hace 29 años, habían echado la persiana. Su hija, de 26 años, que vive en Málaga, viendo el desarrollo de los acontecimientos, le había preguntado: «Pero ¿qué hacéis allí todavía?». Como si hubieran desahuciado esta tierra, como si no hubiera futuro y quedarse fuera una locura, como si esta parte de España estuviera condenada a muerte, y la pregunta sonaba en un vacío inquietante.Los militares aplaudidos durante la manifestación de Ceuta Matías NietoLo contaban, volviendo a casa, recordando los días de Ceuta con lista de espera en el restaurante y la ciudad de bote en bote, y no en esta caída que viven ahora. Se explicaban en el ferry de la mañana, un barco vacío, de sillas vacías y pasillos vacíos, porque hace un año que los barcos llegan vacíos a Ceuta y se van llenos, como si Ceuta se desangrara.La camarera, aburrida, atiende un café con magdalenas que nadie pide, helados con los que los niños no dan el coñazo y pizzas por hacer. Qué distinta la normalidad del barco hasta las trancas, con olor a café derramado y a gente. Solo hay un tipo, un reportero que teclea, y el rumor de los motores bajo una luz que parpadea como en esos lugares por los que no pasa nada. Cada poco, la embarcación toca la sirena en la niebla del Estrecho, que parece de Jack London, por si fuéramos a ser abordados por algún petrolero navegando así, a tientas como íbamos. La vista no va más allá de las veinte brazas por la ventanilla y, en este mar de Ceuta, no se ve nada, como en el futuro de la ciudad.
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