Es difícil adivinar las emociones de alguien a quien no se conoce en una llamada telefónica, pero los matemáticos Diego Córdoba (Madrid, 1971), del Instituto de Ciencias Matemáticas( ICMAT) y, Luis Martínez Zoroa (Murcia, 1994), de CUNEF Universidad, parecen entusiasmados, ilusionados y al mismo tiempo abrumados por tanta atención mediática. Lo reconocen: «Nunca nadie nos había prestado tanta atención». El trabajo de estos dos investigadores, llevado a cabo durante más de un lustro, sentó las bases teóricas que utilizaron 10.000 agentes de OpenAI para, presuntamente, resolver en cuestión de días la ecuación de Navier Stokes, uno de los Problemas del Milenio, un conjunto de grandes preguntas matemáticas casi en el filo de lo imposible, cada una de ellas premiada con un millón de dólares. El anuncio, llevado a cabo el pasado martes, les pilló completamente por sorpresa. «Estaba durmiendo y el teléfono no dejaba de vibrar. A las siete de la mañana me levanté enfadado. ¿Qué horas son estas de estar llamando? Me hice un café y cuando abrí el ordenador vi que tenía muchísimos correos de Estados Unidos. Entonces me di cuenta de que las llamadas también eran de allí. Me puse al día de todo y llamé a Luis», recuerda Córdoba, sin que los nervios de esos primeros momentos le hayan abandonado del todo.Martínez Zoroa, antiguo estudiante de doctorado de Córdoba, recibió la noticia «un poco en estado de shock». Sin saber muy bien cómo reaccionar, salió corriendo a la universidad para dar una clase que debió de hacérsele eterna: «dos horas intentando concentrarme en lo que les contaba a mis alumnos». Después, ambos matemáticos se encontraron en la sede del ICMAT para tener una conversación que, reconocen, jamás soñaron.Nada sospechosoEn tan poco tiempo, los investigadores solo han podido echar «un vistazo superficial» al artículo de OpenAI, que tiene 165 páginas y está escrito «de una forma a la que no estamos acostumbrados». Hasta donde han podido comprobar, no han visto nada que les hay parecido «sospechoso». Algunos puntos «recuerdan a las ideas en las que hemos trabajo y otros, menos. Vamos a ver qué somos capaces de sacar en claro en las próximas semanas», señalan. A su juicio, una empresa «que se juega tanto debe de estar bastante segura de lo que presenta». Su solución fue verificada formalmente en el lenguaje de programación Lean, lo que respalda que sea correcta. Con todo, a la comunidad matemática «les va a llevar un tiempo largo digerir la prueba, es una tarea dura». Trabajan con lápiz, papel y pizarra. Ni IA ni ordenador. «Luis es joven pero a mí ya se me ha pasado el arroz», dice CórdobaA la pregunta de si OpenAI se ha puesto en contacto con ellos de alguna forma, la respuesta es clara: no. Quien sí lo ha hecho es Tristan Backmaster, matemático de la Universidad de Nueva York, que ha acusado a la compañía de Sam Altman de haber utilizado sus investigaciones sobre el problema, llevadas a cabo durante un año con un modelo de la firma junto al empleado de Anthropic Levent Alpöge. Backmaster también aseguró que OpenAI le había propuesto presentar juntos los resultados eliminando el nombre de Alpöge, por pertenecer a una empresa rival. Dice que se negó en redondo. El profesor reconoció la autoría intelectual de los españoles en todo momento, algo que OpenAI no hizo en su primer anuncio. Sin querer entrar en polémicas, Córdoba y Martínez Zoroa defienden a Backmaster. «Nos va a llevar un tiempo aclarar exactamente cómo han sucedido las cosas, qué parte del trabajo se atribuye a quién, pero Tristan no tiene ningún motivo para mentir», dicen, al tiempo que agradecen al matemático estadounidense haber reconocido su estrategia para abordar el problema, que se aparta claramente de los métodos utilizados por la mayoría de los matemáticos. «Ha sido muy honesto y se ha portado fantásticamente bien con nosotros», subraya Córdoba. La compañía californiana no se ha puesto en contacto en ningún momento ni ellos piensan en reclamarles nadaSi realmente la inteligencia artificial ha resuelto el problema de Navier Stokes, ¿quién debería llevarse el millón de dólares? A los dos se les escapan las risas nerviosas. «Eso que lo diga el Instituto», acuerdan. Se refieren al Instituto Clay de Matemáticas, una organización sin fines de lucro ubicada en Cambridge, Massachusetts (EE.UU.), que en el año 2000 presentó siete grandes problemas matemáticos sin resolver y ofreció un premio de un millón de dólares por la solución de cada uno. Solo un reto ha sido resuelto hasta ahora, la conjetura de Poincaré, demostrada por el excéntrico ruso Grigori Perelman.Un millón, ¿para quién?«El premio es lo de menos. Nos dedicamos a esto por el reto, eso es lo que nos gusta. Hemos trabajado juntos siete años y ahora tenemos sentimientos encontrados», señala Córdoba. Por una parte, están «muy contentos» de que su trabajo sea una parte crucial en la resolución propuesta para un problema abierto desde hace 270 años. Pero por otra, les amarga un poco el adelantamiento con un ‘Ferrari’ mientras ellos conducen un utilitario, que no puede alcanzar esas velocidades. «Si nos hubieran dejado más tiempo, habríamos hecho más. Era solo cuestión de meses», aseguran. No se refieren a dar un resultado para el problema del Milenio sino para el de Euler, en el que son expertos y sin el que no se puede entender el otro. Las ecuaciones de Euler describen cómo se mueve un fluido sin tener en cuenta la viscosidad, es decir, suponiendo que no tiene rozamiento interno. En las de Navier Stokes se describe el movimiento de un fluido teniendo en cuenta la viscosidad y el rozamiento. El famoso Problema del Milenio pregunta si estas ecuaciones pueden producir una solución matemática que funciona correctamente en todo momento o si pueden llegar a generar singularidades (valores que se vuelven infinitos).«Las ecuaciones de Euler son nuestro objetivo, aunque veíamos que nuestros métodos se pueden aplicar a Navier Stokes, que es más complejo. En cuestión de meses habríamos preparado Euler. Llevamos un año y pico haciendo cuentas y escribir el artículo nos habría costado unos meses. Pero ahora la IA lo hace en cuestión de horas», claudican. Momento robadoEllos trabajan a la manera clásica, con lápiz, papel y pizarra. No usan la inteligencia artificial ni el ordenador. «A mí los problemas matemáticos me han gustado desde niño. Me acostumbré a hacerlos a lápiz y papel y así sigo», cuenta Martínez Zoroa, que tampoco rechaza utilizar la IA porque «hay que adaptarse a lo que viene». Córdoba es «de otra generación»: «Luis es joven, pero a mí ya se me ha pasado el arroz». ¿Les ha robado la IA el momento eureka? Reconocen que sí, que les da «un poco de pena» no poder haberlo resuelto ellos mismos porque «cuando uno está trabajando en un problema lo que más le gusta es resolverlo» pero, de nuevo, insisten en que hay que adaptarse a los nuevos tiempos. «No sabemos qué pasará en el futuro. Las cosas avanzan tan rápido que si me preguntas hace dos años cómo íbamos a estar ahora no lo habría adivinado en absoluto. Espero que la comunidad matemática sepa adaptarse», afirma Martínez Zoroa.No piensan reclamar nada a OpenAI. Van a seguir como siempre, con su trabajo silencioso. Esperan contar su resultados de Euler en unos meses. Ojalá entonces se les preste tanta atención como ahora.
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