Las patatas hervidas es uno de esos platos capaces de solucionar una comida en pocos minutos. Se pueden servir junto a un pescado, acompañar una carne, utilizar para preparar una ensalada o simplemente aliñar con aceite de oliva y sal. El problema es que, cuando se cuecen únicamente en agua, pueden quedar bastante sosas. Y añadir más sal una vez que están en el plato no siempre consigue arreglarlo. Sin embargo, existe una forma muy sencilla de darles sabor mientras se cocinan y no supone cambiar prácticamente nada de la receta tal y como aconsejan los chefs y cocineros expertos.
El truco está en echar dos hojas de laurel y un diente de ajo al agua de cocción. No hace falta preparar ningún sofrito ni utilizar especias difíciles de encontrar. El ajo y el laurel van soltando su aroma mientras el agua se calienta y las patatas se hacen poco a poco. Cuando llegan al plato, ese sabor ya está ahí, aunque ninguno de los dos ingredientes resulte excesivamente dominante. Es un truco especialmente interesante para esas patatas que después vamos a servir simplemente cocidas y con un poco de aceite.
Dos hojas de laurel y un ajo para unas patatas hervidas más sabrosas
La preparación comienza como cualquier otra. Primero hay que lavar las patatas y, si queremos, pelarlas. También se pueden cocer con piel, algo especialmente práctico cuando después vamos a pelarlas o necesitamos que mantengan bien la forma. Si preferimos cortarlas antes, lo mejor es hacer trozos de un tamaño parecido. De esta manera evitaremos que algunos estén ya demasiado blandos mientras otros continúan duros por dentro.
Las patatas se ponen en una olla y se cubren con agua fría. Entonces llega el momento de incorporar la sal, dos hojas de laurel y un diente de ajo ligeramente aplastado. Con darle un pequeño golpe al ajo es suficiente. No interesa picarlo porque después tendremos que retirarlo y tampoco buscamos que aparezcan pequeños trozos mezclados con las patatas.
Se pone la olla al fuego y se espera hasta que estén hechas. En función del tamaño tardará más o menos minutos, pero para saber si ya están, basta con pincharla con un tenedor o un cuchillo. Si entra con facilidad, podemos retirarla. Después sólo queda escurrir las patatas y quitar tanto el ajo como las hojas de laurel. A partir de ahí pueden servirse directamente o reservarse para otra receta.
Por qué funciona el laurel en el agua de cocción
El laurel ya se usa para cocinar por ejemplo unas lentejas o para otro tipo de guisos, y es que se trata de una hierba aromática que se utiliza precisamente en preparaciones con líquido porque durante la cocción va desprendiendo su característico aroma aunque sin que sea excesivo y sin que tampoco la patata cambie su sabor, sencillamente le aporta un gusto diferente que resulta más sabroso. Además, tampoco es necesario pasarse con la cantidad. Para una olla doméstica, un par de hojas son suficientes. Una vez terminada la cocción deben retirarse y desecharse. El laurel ha cumplido su función durante esos minutos y no es necesario que llegue al plato.
El ajo aporta sabor sin hacerse protagonista
Algo parecido sucede con el diente de ajo. Aunque en crudo puede tener un sabor muy intenso, al introducirlo entero o simplemente aplastado en el agua su presencia es bastante más suave. Lo que interesa en esta receta es precisamente eso: aprovechar su aroma sin terminar con unas patatas que sepan únicamente a ajo. Además, es uno de esos ingredientes que casi siempre tenemos por casa. Combinado con el laurel permite mejorar una guarnición muy básica sin añadir salsas, mantequilla u otros ingredientes después. Si las patatas van a acompañar un pescado o una carne, basta incluso con terminar el plato con un chorrito de aceite de oliva.
También podemos dejarlas enfriar y utilizarlas en una ensalada. En ese caso, haberlas aromatizado durante la cocción hace que partamos de una patata que ya tiene algo de sabor antes de incorporar el resto de ingredientes y el aliño.
Otro detalle importante: poner las patatas en agua fría
Hay otro error bastante habitual al cocer patatas: esperar a que el agua hierva para echarlas, como hacemos con la pasta. En este caso interesa hacer justo lo contrario. Las patatas se colocan en la olla con el agua todavía fría y después se enciende el fuego. La explicación es sencilla. Así la temperatura va aumentando progresivamente y la patata tiene más posibilidades de cocinarse de manera uniforme. Si un trozo grande entra directamente en agua hirviendo, el exterior empieza a hacerse inmediatamente mientras el centro necesita bastante más tiempo.
También merece la pena vigilar los últimos minutos. Si vamos a preparar un puré, que queden muy tiernas no supone demasiado problema. Pero si las queremos para una ensalada o como guarnición, pasarnos de cocción hará que se rompan al escurrirlas o al mezclarlas con otros ingredientes.
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