Lo de tener imanes pegados en la nevera no es algo tan raro. Muchas son las personas que llenan la nevera con imanes de ciudades que visitan así como de restaurantes, monumentos y otros que les regalan conocidos o amigos. Y si bien para cualquiera de nosotros pueden ser simples adornos, para quien los ha ido colocando allí, es posible que tengan detrás una historia diferente, que además puede que tenga que ver con la identidad tal y como desvela la psicología.
Y es que esos imanes que compramos casi sin pensar antes de volver de vacaciones no siempre terminan olvidados en un cajón. Están en uno de los lugares por los que más pasamos cuando estamos en casa y los vemos continuamente, incluso aunque apenas reparemos en ellos. Una investigación publicada en 2024 en Annals of Tourism Research estudió precisamente qué ocurre con estos recuerdos una vez terminado el viaje y descubrió que su papel puede ser mucho mayor de lo que pensamos.
Por qué guardamos tantos imanes en la nevera
El estudio fue realizado por investigadores vinculados a la Universidad de Liverpool, Bournemouth University, Manchester Metropolitan University y Copenhagen Business School. Para llevarlo a cabo entrevistaron a 19 personas sobre sus colecciones de imanes y los recuerdos que asociaban a ellas. Lo curioso fue comprobar la facilidad con la que un objeto tan pequeño llevaba a los participantes hasta momentos muy concretos. No recordaban únicamente el destino que aparecía escrito en el imán. Al hablar de ellos surgían personas con las que habían viajado, situaciones vividas durante las vacaciones e incluso familiares que habían fallecido o hijos que ya habían crecido y se habían marchado de casa.
John Byrom, uno de los autores del trabajo, explicó que estos objetos aparentemente insignificantes podían hacer revivir unas vacaciones con una intensidad que no siempre consiguen otros recuerdos turísticos. Al preguntar a los participantes por sus imanes, aparecían con facilidad recuerdos específicos de lugares, personas y acontecimientos. Y es algo que tiene mucho que ver con el lugar en el que los ponemos ya que una fotografía de un viaje puede acabar perdida entre otras miles en el teléfono y pasar años sin que volvamos a verla. El imán, en cambio, sigue delante de nosotros. Abrimos la nevera para preparar la cena, pasamos por la cocina para tomar un café o buscamos algo rápidamente antes de salir y ahí continúa.
Una nevera también puede contar quién vive en esa casa
Pero una colección de imanes no sólo permite recordar dónde hemos estado. Con los años puede terminar componiendo una especie de recorrido por nuestra propia vida. No todos tienen por qué proceder de unas vacaciones especialmente importantes. Puede haber uno comprado durante el primer viaje en pareja, otro que trajeron los niños de una excursión y alguno regalado por una persona a la que queremos. Ahí es donde la nevera deja de ser simplemente el sitio elegido para colocar recuerdos turísticos.
Lo que decidimos conservar y mantener a la vista habla de las experiencias a las que seguimos concediendo importancia. Los autores del estudio explican que los imanes participan en lo que denominan «trabajo de memoria» y que ayudan a generar y proteger recuerdos y pueden despertar respuestas emocionales mucho después de haber terminado el viaje. Eso ayuda también a entender por qué cuesta desprenderse de algunos aunque estén viejos, rotos o ya no nos parezcan especialmente bonitos. Su valor no está necesariamente en el objeto. Está en aquello con lo que hemos acabado relacionándolo.
Un imán puede hacer más que cientos de fotos
Uno de los testimonios recogidos durante la investigación resulta especialmente revelado ya que un participante explicaba que durante un viaje se pueden hacer decenas de fotografías pero que él prefería comprar un imán porque le bastaba verlo para acordarse de todo aquello. La comparación tiene sentido precisamente por la rutina. No necesitamos decidir que queremos recordar unas vacaciones para encontrarnos de nuevo con ellas. El recuerdo aparece mientras hacemos algo tan poco especial como abrir la puerta de la nevera.
Y no siempre tiene que provocar alegría. La investigación encontró también imanes relacionados con recuerdos más ambiguos e incluso casos en los que servían para mirar atrás y comprobar cómo una etapa complicada había quedado atrás. Es decir, estos objetos no funcionan únicamente como una postal permanente de unas vacaciones felices.
De recuerdo turístico a parte de nuestra historia
Quizás por eso dos neveras llenas de imanes nunca cuentan exactamente lo mismo. Aunque ambas tengan imanes similares, lo verdaderamente importante no es el nombre de la ciudad que aparece escrito, sino lo que esa ciudad representa para la persona que decidió conservarlo. Con el paso de los años, además, se van mezclando viajes realizados en momentos completamente distintos de nuestra vida. El resultado acaba siendo una colección que sólo entiende del todo quien la ha construido. Para los demás son destinos pegados sobre una puerta; para su propietario pueden ser personas, etapas y momentos muy concretos.
La investigación de la Universidad de Liverpool muestra precisamente que estos pequeños recuerdos continúan teniendo efecto mucho después de regresar a casa y que su presencia dentro de las rutinas domésticas ayuda a mantener vivas determinadas experiencias. Así que una nevera llena de imanes puede tener bastante más detrás que la costumbre de comprar un souvenir en cada viaje. Sin darnos demasiada cuenta, vamos eligiendo qué momentos dejamos a la vista. Y al final, entre todos esos pequeños objetos, también terminamos contando una parte de nuestra propia historia.
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