El milagro se obró a la altura de Cádiz. Cuentan las sagas nórdicas, textos medievales a caballo entre la mitología y la historia, que corría el año 1015 cuando el noble vikingo Olaf Haraldsson tuvo su epifanía. Fue tras uno de sus violentos saqueos, mientras esperaba que el viento llevase a sus ‘ drakkars ‘ a Gibraltar primero, y a Jerusalén después, para continuar con su rapiña. «Tuvo un sueño extraordinario: se le apareció un hombre de aspecto terrible que le dijo: ‘Regresa a tu tierra, pues serás rey de Noruega para siempre’. Interpretó este sueño como una señal de que él y su descendencia reinarían sobre el país durante mucho tiempo», explicaba la crónica.Tore Skeie, un metro noventa de historiador noruego especializado en la Edad Media, sonríe con sorna cuando recita este texto del siglo XIII: «Es una de las muchas invenciones de las sagas que han prevalecido hasta nuestros días. No actuó motivado por un impulso nacional, como se quiso explicar después, tan solo aprovechó que sus adversarios políticos estaban lejos para hacerse con el poder». Lo que sí sabe el autor de ‘La era del lobo’ (que acaba de llegar a España de la mano de Ático de los Libros) es que Olaf Haraldsson fue uno de los personajes que protagonizó la transición de la primera época de saqueos y razias hacia otra en la que los grandes guerreros escandinavos aspiraron a convertirse en reyes y asentarse en diferentes territorios.«Olaf, como otros tantos vikingos, entendió que era mejor asentarse en un territorio concreto y parecerse a un monarca europeo al uso que robar y saquear» Tore Skeie HistoriadorLa consolidación de esta nueva era, confirma Skeie desde Madrid, es uno de los pilares de su ensayo: «Olaf, como otros tantos vikingos, entendió que era mejor asentarse en un territorio concreto y parecerse a un monarca europeo al uso que robar y saquear». El resultado se explica con muchos ‘qués’: qué nobles hicieron lo propio, en qué se apoyaron para conseguirlo –por ejemplo, la adopción del Cristianismo – y qué factores motivaron este cambio. «Con el libro quiero explorar el contexto internacional y económico de la época; demostrar que todo estaba interconectado a través del Mar del Norte. No podemos analizar esta época desde las narrativas inglesa, danesa o noruega, porque eran naciones que no existían entonces», finaliza.Un cambio paulatinoDice Skeie que el cambio no fue drástico, sino que se fraguó poco a poco desde que, en el siglo VIII, los vikingos asaltaran el monasterio inglés de Lindisfarne . Aquel fue el inicio de una era en la que los reyes marineros nómadas, cuyo territorio eran sus propias flotas de ‘drakkars’, se nutrieron de los robos, de la esclavitud (alrededor de un 25% de la población escandinava lo era) y de la extorsión. Años de violencia. «Por entonces, el poder descansaba en caudillos locales y en líderes de guerra que cooperaban entre sí. Durante dos siglos, muchos guerreros viajaron cada vez más lejos en busca de riquezas», señala a ABC. La conclusión es que las expediciones, el comercio y los combates adquirieron mucho peso para una sociedad que era, en esencia, agrícola.Representación de un ‘drakkar’ vikingo ABCEntre los siglos X y XI, Escandinavia dio un giro. Skeie defiende que el paso de los nobles vikingos por la vieja Europa les convenció de que era más estable asentarse en un territorio, recaudar impuestos y controlar con correa corta a sus hombres. El modelo para forjar sus nuevos reinos medievales fue Inglaterra, en dónde se habían asentado a partir del 865 con la llegada del llamado Gran Ejército Pagano. El cambio, está convencido el experto, arrancó alrededor del año 1000: «Resulta paradójico, pero se convirtieron en lo mismo que fueron a conquistar». Olaf, el primer monarca que dominó toda Noruega, fue un buen ejemplo de este proceso. «Con el dinero de los saqueos tomó el territorio. Invirtió mucho dinero en ello: compró lealtades, reclutó un gran ejército…», sentencia.Pero no todo fue dinero. Una de las armas que los reyes vikingos utilizaron para alumbrar esta nueva etapa fue el Cristianismo. Desde el siglo X, monarcas como Harald Dienteazul y Olaf Tryggvason adoptaron la Cruz como una herramienta más de cohesión social y legitimación de su poder. A ellos les siguió el propio Olaf Haraldsson, quien, aunque «era creyente» según Skeie, vio en esta religión una forma de europeizarse. «Llegó con monjes y sacerdotes a Noruega y luchó para cristianizarla; luego inició el proceso para terminar con el politeísmo en la zona. Se buscaba que la Iglesia pudiera ejercer el poder único», desvela. Aunque insiste en que fue un cambio gradual. «No se dio de un día para otro, pero poco a poco ayudó a homogeneizar a la sociedad», finaliza.La adopción de figuras como Jesucristo fue también gradual y, durante dos siglos, entre el X y el XII, convivió con dioses escandinavos como Odín. Seike confirma que en principio se le conoció como ‘Hvíta-Krist’ (‘Cristo Blanco’) y que tenía poco que ver con el actual: «Se le representaba como un guerrero que daba a sus seguidores la victoria en el campo de batalla y castigaba a sus enemigos con el fuego del infierno. Era muy feroz, como lo eran los antiguos dioses nórdicos».Olaf no fue el único en cristianizarse. Al este, Canuto el Grande, monarca de Inglaterra, Dinamarca, Noruega y parte de Suecia, se valió también de la religión como elemento de cohesión social. «Fue otro ejemplo perfecto de este proceso», advierte Seike. Y lleva razón: descendiente de guerreros vikingos, conquistó Inglaterra en el año 1016 para, poco después, gobernar como un monarca europeo. «A la larga, integró el territorio en un imperio mucho más amplio y le entregó la ansiada paz que deseaba desde hacía largo tiempo. Además, no perdió sus raíces, pues reemplazó a la aristocracia inglesa por noruegos y daneses», finaliza.
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