Hoy la ciudad se partía en dos Madriles, aunque seguramente la ciudad ni se enteró. Estaban los que veían la Fórmula 1 y los de siempre, los del Rastro, La Latina, Plaza Mayor, Vallecas, los que habían quedado a tomar el aperitivo y terminaron comiendo, los que salieron a por el pan en pantalón corto porque septiembre todavía anda haciéndose el agosto y los que llevaban desde las doce buscando una mesa a la sombra. La cosa estaba normal, como cualquier domingo de final de verano, salvo porque tres cazas surcaron el cielo a eso de las tres de la tarde y durante unos segundos la gente levantó la cabeza sin saber si estaban ensayando para el 12 de octubre o si también los aviones venían del circuito de Madrid .En IFEMA llevaban todo el día con otra historia. Había padres con hijos vestidos de Ferrari, tipos con acreditaciones enormes colgadas del cuello, extranjeros preguntando por una puerta que tenían delante, taxis descargando gente a dos kilómetros, helicópteros, policías, voluntarios, cámaras, azafatas y aficionados que se preguntaban por qué narices pagaron tanto por una entrada. El domingo había empezado mucho antes de que se apagara el semáforo. Madrid estrenaba Gran Premio y alrededor del circuito se hablaba ese idioma internacional de las grandes citas deportivas compuesto por pulseras, pases, controles de seguridad, cerveza y señores adultos vestidos como si en cualquier momento fueran a llamarles para cambiarle las ruedas a Fernando Alonso.A esa misma hora, en Cascorro, un hombre preguntaba cuánto costaba una lámpara que llevaba treinta años esperando a que llegara alguien. En la Plaza Mayor un camarero esquivaba turistas con una bandeja de cañas. En La Latina comenzaban a juntarse las mesas y alguien pedía otra ronda con esa euforia de quien sabe que mañana es lunes, pero todavía no quiere asumirlo del todo. Los niños perseguían palomas, los perros buscaban debajo de las mesas, una señora volvía de misa y en Vallecas se cruzaban los que iban con los que volvían. Septiembre son esos domingos de agosto y Madrid los exprime hasta que empieza el otoño.En el circuito todo ocurría deprisa. Los coches salían, entraban, rugían y desaparecían. Las pantallas repetían adelantamientos mientras miles de teléfonos intentaban grabar exactamente lo mismo. Había gente llegada de medio mundo y hoteles que llevaban días sin una habitación libre. El ruido de los motores se metía en el pecho y durante unas horas aquella parte de Madrid podía haber sido Monza o Mónaco, salvo porque al salir seguía habiendo un taxista explicándole a un italiano por dónde debería haber hecho el Ayuntamiento los accesos.En el otro Madrid nadie tenía prisa. A las dos y media seguían llegando familias a comer. Las terrazas estaban llenas y los camareros empezaban a tener mirada de domingo, que significa que uno puede pedir café, pero no complicarlo demasiado con la maldita especialidad. Por Embajadores bajaban parejas cogidas de la mano, en Tirso de Molina quedaban los restos de la mañana, por Arenal avanzaba una procesión de turistas buscando la Plaza Mayor y en cualquier barrio había un padre preguntando a sus hijos si habían terminado los deberes mientras pensaba que él tampoco había terminado los suyos. El verano se acaba sin dejar tener el calor. Entonces pasaron los cazas.Primero llegó el ruido. Después aparecieron sobre los tejados y las conversaciones se quedaron mudas un momento. Desde las terrazas se levantaron cabezas y alguno sacó el móvil. Otro dijo lo del 12 de octubre. Un niño señaló al cielo. Los tres aviones cruzaron Madrid a una velocidad absurda y durante un instante estuvieron mirando hacia arriba los de Ferrari, los del vermú, los turistas de la Plaza Mayor, los que habían bajado al Rastro y algún vecino que dormía la siesta con la ventana abierta soñando con las hojas cayendo de los árboles. Después cada uno volvió a lo suyo.En el circuito siguieron los motores, las pantallas, las vueltas, los tiempos y las colas del Metro. En La Latina cayó otra ronda. En Vallecas alguien recogió la mesa. Por la M-30 empezaban a volver los coches del fin de semana. Las persianas seguían medio bajadas y los parques comenzaban a llenarse de padres entregados, bicicletas pequeñas y abuelos sentados en bancos viendo pasar la tarde.Esta es la foto Madrid. En una punta había un acontecimiento mundial con monoplazas, famosos, patrocinadores, cámaras de televisión y gente que había cruzado un océano para estar allí. Unos cuantos barrios más allá, un hombre apuraba un yayo y preguntaba al camarero cómo había quedado el Atleti. Madrid tiene esa costumbre. Llegan cumbres, conciertos, finales de fútbol, visitas de Estado, manifestaciones, maratones y ahora también coches capaces de ponerse a trescientos por hora. Pero al caer la tarde empieza a mezclarse todo. Los del circuito regresaban con sus gorras, sus bolsas y la cara cansada de haber vivido algo especial. Los del domingo volvían del aperitivo, de casa de los abuelos, del parque o de ninguna parte. Coincidieron en el Metro, en los semáforos, en las terrazas y en los pasos de peatones. Algunos habían visto correr coches. Otros habían visto pasar el domingo.Mañana habrá colegios, oficinas, despertadores, doble fila, obras, cafés bebidos deprisa y gente preguntando qué tal el fin de semana. Alguien contará que estuvo en el Gran Premio . Otro dirá que no hizo nada, pero los dos estarán contando exactamente lo mismo. Estuvieron en Madrid.
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