No necesitó Voltaire poner pie en Singapur para caer en la cuenta de que lo perfecto es enemigo de lo bueno. De haberlo hecho, se habría reafirmado en su tesis al comprobar que muchos vecinos de este lugar, próspero, moderno, seguro y hermoso, no lo consideran un buen sitio para tener hijos.La crisis demográfica adquiere en Singapur proporciones alarmantes, y su caso resulta reseñable por dos motivos. Primero, porque representa una amenaza especialmente crítica dada su escasa población, apenas 6,2 millones de habitantes . Segundo, porque la respuesta del país mejor administrado del mundo –mérito concedido por el Banco Mundial y reafirmado hace un mes por su primacía en el informe PISA– a un problema global quizá contenga soluciones replicables.6,2 millones de habitantes tiene Singapur. La tasa de fecundidad entre las mujeres es de 0,87 hijos por mujer.Singapur registró en 2025 una tasa de fecundidad de 0,87, una acusada caída con respecto al 0,97 del año anterior que lo coloca en el antepenúltimo lugar del mundo, solo por delante de Taiwán (0,69) y Corea del Sur (0,8) . Este indicador refleja la media de hijos que las mujeres tienen a lo largo de su vida, de modo que el reemplazo generacional requiere un 2,1.«Con el tiempo, será prácticamente imposible revertir la tendencia, porque cada vez habrá menos mujeres en edad de tener hijos», alertó en febrero el viceprimer ministro Gan Kim Yong durante su intervención ante el Parlamento para anunciar la cifra oficial, la cual calificó de «desafío existencial».El «desafío existencial» del que alertó el viceprimer ministro supone que la población se va a reducir en un 58,6% con cada generaciónLos cálculos apoyan su grandilocuente advertencia. Proyectando los datos en un modelo matemático –bajo el irreal supuesto de que no hubiera inmigración, la proporción de hombres y mujeres se mantuviera en el 50% y las tasas de fecundidad, mortalidad y esperanza de vida no variasen–, la población se reduciría en un 58,6% con cada generación.Es decir: al cabo de una generación los habitantes de Singapur quedarían reducidos a menos de la mitad, al cabo de dos apenas quedaría un millón, y al cabo de cinco caerían por debajo de 100.000, cantidad inferior a la de Andorra. Al cabo de dieciocho generaciones se habrían extinguido.Millonaria respuestaSemejante progresión ilustra por qué a finales de agosto Singapur realizó «un giro fundamental en nuestra manera de apoyar a las familias», en palabras del primer ministro Lawrence Wong. Este presentó entonces ayudas por valor de 60.000 dólares singapurenses (42.000 euros), estructuradas desde el nacimiento hasta la mayoría de edad mediante subvenciones en efectivo, transferencias anuales, cuentas de ahorro y créditos educativos. Todo ello conforma uno de los programas más ambiciosos del mundo, con el que el Gobierno pretende garantizar un respaldo «consistente».Cómo funciona la APP institucional FirstDate: una aplicación de citas lanzada por el Gobierno para funcionarios de 21 a 35 años, una iniciativa similar a las que ya funcionan en Tokio y Seúl. La usuaria se describe y expone cómo es su idílica primera cita; el sistema ofrece porcentaje de compatibilidad para hacer un ‘match’ con una persona / posible pareja. App FirstDate de Singapur«Esa cantidad ayuda, pero solo es la punta del iceberg», apunta Shuting Yow, una ejecutiva de banca de 33 años que hace unos meses dio a luz a su primer bebé, un niño cuyos balbuceos se oyen al otro lado del teléfono. «Para mí y para la mayoría de mi entorno la cuestión esencial no es el dinero, sino el tiempo», prosigue, y pone como ejemplo su horario laboral. «Estoy en la oficina desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, vuelvo a casa, ceno y normalmente tengo que seguir trabajando. Es una dinámica bastante habitual, así que la gente no suele tener tiempo para estar con sus hijos».A finales de agosto Singapur presentó uno de los programas de apoyo a la natalidad más ambiciosos del mundo, por el que se conceden 42.000 euros por cada hijo desde su nacimiento hasta la mayoría de edadEn ese sentido, los singapurenses como Shuting son víctimas de su propio éxito, el mismo que en unas pocas décadas transformó un pequeño territorio vulnerable y desprovisto de recursos en una de las economías con mayores ingresos per cápita y calidad de vida del planeta.«Aunque a mayor riqueza cabría esperar más descendencia, observamos justo lo contrario», explica Yeow Hwee Chua, profesor de Economía en la Universidad Tecnológica de Nanyang. «El desarrollo económico reorganiza las prioridades, ya que mejores oportunidades laborales incrementan el valor del tiempo y generan un elevado coste de oportunidad». «Reducir las penalizaciones profesionales vinculadas a la maternidad es algo muy difícil de lograr», incide. «La pregunta clave reside en cómo abordar la brecha entre las políticas de conciliación familiar disponibles y los incentivos reales en el entorno corporativo».Problemas anterioresEn el caso de Singapur, el éxito como castigo tiene expresión particular en su sistema educativo, ese que trienio tras trienio domina el informe PISA y suscita admiración en todo el mundo. «Los padres y los colegios invierten mucho esfuerzo, tiempo y recursos en la educación de los niños, lo que puede dar como resultado menos hijos: el clásico dilema entre calidad y cantidad», sentencia Chua.El éxito del desarrollo y prosperidad de Singapur es concebido como un castigo a la conciliación de la vida familiar y laboral. AfpEl número de bebés nacidos a lo largo de un año natural cayó en 2025 por debajo de los 30.000 por primera vez en la historia moderna de la ciudad-Estado: exactamente 29.864, un 11,4% menos que el año anterior. De ahí que, a la hora de desentrañar el nudo demográfico que constriñe a Singapur como a todas las sociedades avanzadas, resulte fundamental apuntar con precisión.«Toda la conversación está sesgada hacia el deseo de tener hijos, pero los datos sugieren que primero debemos prestar atención a la formación de parejas y su viabilidad a largo plazo», tercia Kalapana Vignehsa, investigadora de la Lee Kuan Yew School of Public Policy.Un fenómeno social, pues, aún más complejo, que el Gobierno ha pretendido abordar mediante FirstDate, una aplicación de citas para funcionarios de entre 21 y 35 años, iniciativa similar a otras implementadas en Tokio y Seúl. «Algunas de mis amigas la han usado», cuenta entre risas Shuting. «Hace de entrada preguntas muy íntimas, como el número de hijos que quieres tener. Ellas no se lo toman muy en serio, más bien como una broma».No es la primera ocasión que las autoridades alcahuetean entre sus ciudadanos . El consustancial paternalismo estatal llevó a tratar de solucionar la creciente soltería de las universitarias mediante la creación en 1984 de la Unidad de Desarrollo Social –SDU, en inglés–, un programa de actividades de ocio que aspiraba a facilitar el romance y que también entonces fue recibido con sorna. Un chascarrillo de la época atribuía las siglas a ‘Solteros, Desesperados y Feos’ –’Single, Desperate and Ugly’–. El organismo, sin embargo, cesó su actividad en 2006 habiendo propiciado más de 16.000 matrimonios.«Hoy en día, en cambio, se han vuelto mucho más perceptivas a si la ciudadanía desea su intervención o si esta puede aportar valor», apostilla Vignehsa. Por ejemplo, «la evolución del mercado ha hecho que las aplicaciones de citas sean muy populares, pero sus usuarios se quejan de que les exponen a situaciones desagradables». Para solventar esa cuestión, FirstDate requiere la verificación de identidad mediante datos oficiales. También amansa a los promiscuos permitiendo una única conexión simultánea y espolea a los indecisos con un plazo máximo de 72 horas.Extranjeros, o noAhora bien: más allá de estos ínfimos resortes, «el Gobierno ya cuenta con muchas herramientas para moldear la conducta», incide la académica. «Singapur es un lugar muy peculiar y sus políticas también lo son. La vivienda pública, tan esencial que el 80% de la población posee una, resulta mucho más accesible para parejas casadas» . Los solteros, de hecho, tienen prohibida su adquisición antes de cumplir los 35, pese a que estos inmuebles representan la puerta de entrada a la mayoría de subsidios, una que Shuting no puede franquear por haber contraído matrimonio con un extranjero no residente.Lo que conduce a un último punto crítico: la inmigración. «Singapur está mejor posicionado que otros países porque es una sociedad multicultural cuyas instituciones están preparadas para tolerar cierto nivel de diversidad», señala Vignehsa. «Singapur seguirá dependiendo en gran medida de la inmigración, pero existe la certeza de que su capacidad de absorción no es ilimitada. Cuando las cifras son muy grandes o crecen demasiado rápido, la sociedad puede sentir que está perdiendo su identidad».De los 6,2 millones de personas que pueblan Singapur, tan solo 3,6 millones son ciudadanos. A ellos se suman unos 550.000 residentes permanentes, a quienes las autoridades pueden conceder la ciudadanía siguiendo un estricto proceso y a un ritmo no superior a 30.000 nacionalizaciones al año, entre los que se cuenta el marido de Shuting.También ellos perciben la incertidumbre que se cierne sobre Singapur. «La mitad de mis amigas han decidido que no quieren tener hijos -cuenta esta joven madre-. Creen que es demasiado sacrificio». También ella se enfrentará al suyo propio, cuando entre el futuro de su país y el de su hijo medie una disyuntiva. «La educación es muy buena, pero hay mucha presión, el colegio es la única manera de salir adelante. Quizá cuando acabe el colegio nos mudemos al extranjero», reconoce. Quizá entonces llegue el momento de abandonar este lugar perfecto en busca de uno bueno.
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