Durante la Cumbre de la OTAN en La Haya, 2025, la Alianza Atlántica invitó a una veintena de ‘influencers’. A algunos de ellos les permitió acceso a más información y reuniones que a los periodistas. La Alianza, incluso, montó un estudio de pódcast para que estos creadores de contenidos pudieran entrevistar a líderes y expertos. La idea de la OTAN era, ella misma lo ha explicado, acercarse a audiencias jóvenes, las que supuestamente no llegan a los medios tradicionales. Quienes hemos cubierto, como periodistas, cumbres internacionales, incluidas las de la OTAN, sabemos cómo se trabaja en ellos: permisos, acreditaciones, limitaciones. El periodista se siente maniatado y asfixiado con tanta norma informativa. Todo con el fin, dirá toda institución, de no beneficiar a ningún medio sobre todo y de garantizar una información veraz e igualitaria. Y sin embargo… durante los últimos años hemos visto a muchas de esas instituciones tan garantistas, abrazarse al salvaje y desregulado mundo de los ‘influencers’ en busca de … ¿seguidores? Obsesionados con controlar y reglar a los periodistas, reciben con los brazos abiertos a los ‘influencers’. Intuyo que porque no hay normas en su relación con ellos: si acaso la no escrita de contratar sólo a los que entienden están de su lado. A los dóciles. Nadie con dos dedos de frente invita a los que van en su contra, por muchos seguidores que acumulen. Ojo, que se han visto casos que salen rana. Pero cada uno que aguante a los ‘influencers’ a los que eligió.No sé si es más fácil convencer a un ‘influencer’ o a un periodista, sí quienes son los jefes de cada cual. Los influencers trabajan para el algoritmo, los periodistas para su medio y su público –lectores, oyentes, telespectadores, a los que no llamamos seguidores porque, como periodistas estamos obligados a asumir que tienen criterio propio–. Lo contrario de un lector, un oyente o un telespectador no sé qué es. Lo contrario de un seguidor es un ‘hater’. Y nadie contrata ‘haters’. ¿O sí? Con lo baratos que son los bots.Probablemente todo empezó con Twitter. Recuerdo a políticos vaticinando, en ‘petit comité’, el fin de los portavoces y de los periodistas. Fuera intermediarios. Podrían comunicarse con el público directamente. Luego hay Puentes que se vuelan solos, pero igual es el efecto deseado. Lo cierto es que los políticos terminaron contratando gestores de redes. Entonces se dieron cuenta de que hablar directamente al ciudadano no significa que el ciudadano y menos aún, la masa, quiera escucharte. Y así, fue cómo llegaron a los ‘influencers’. Cómo pasaron del no necesitamos portavoces ni periodistas al necesitamos ‘influencers’.Pero, en el fondo, una institución que invita a un ‘influencer’ no quiere que informe sobre ella. Quiere que le haga publicidad –otro sector hiperregulado–, pero sin normas. Quiere a alguien que influencie, ese verbo espantoso que no es lo mismo que influir aunque la RAE los considere sinónimos. Queriendo o sin querer, todos influimos en las decisiones de alguien. Pero los ‘influencers’ trabajan en ello. Normalmente, cobrando. Por eso son tan valiosos. Porque se venden y se compran. Con unas líneas rojas, imagino, son mercenarios del contenido. Caballeros digitales que ponen sus huestes al servicio del rey que más les convenga. O mejor les pague. La batalla por el relato también va de ceros. Por eso, olvídense de su supuesta crisis. No se van a acabar nunca. Mientras alguien pueda financiar ‘influencers’, éstos seguirán teniendo negocio. No sólo porque el poder siempre ha gustado de tener voces a favor, también porque en tiempos de posverdad, ni siquiera los ‘haters’ molestan tanto. Contribuyen al clima de desinformación. Si no puedes creerme a mí, que tampoco puedas creer al contrario. La posverdad es eso: ‘influencer’ por aquí, ‘influencer’ por allí, ¿nosotros a cuál podemos pagar?
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