En un mundo convulso donde las prisas, el estrés y la rutina suelen generar gran tensión, un gesto tan sencillo como sonreír puede cambiar la perspectiva de un día entero. Más allá de su simbolismo social y el efecto que produce hacia los demás el hecho de dedicarles un sonrisa, la ciencia respalda de forma rotunda el impacto físico y emocional de este gesto involuntario o consciente. Al sonreír, el cerebro libera endorfinas, serotonina y dopamina , reduciendo los niveles de estrés y fortaleciendo el sistema inmunológico, además de generar una conexión empática inmediata con nuestro entorno. Cada año, el primer viernes de octubre se celebra el Día Mundial de la Sonrisa, una fecha impulsada a finales de los noventa por Harvey Ball —el creador del icónico rostro sonriente o smiley— con el objetivo de recordar que la amabilidad no requiere de grandes discursos, sino de actos de bondad genuinos que contagien bienestar a quienes nos rodean. Sin embargo, parece que aún sonreimos poco. Al menos así lo considera Pablo Claver, psicólogo, fundador y director del Museo de la Felicidad, a pesar de reconocer que «todos conocemos a alguna de esas personas que tienen una sonrisa bonita, contagiosa, casi permanente… pero no son tantas. Como psicólogo, me gusta pensar que, independientemente de que haya a quienes les salga de manera más natural, la sonrisa también se puede entrenar. Y eso es una buena noticia: no tenemos que conformarnos con el típico ‘yo soy así’», asegura a ABC.—¿Cuáles son las causas por las que no se practica más este sencillo gesto?—Hay diferencias individuales: a unas personas les sale más espontáneamente que a otras. Pero también influyen nuestro carácter, nuestras circunstancias, el estrés, los hábitos y hasta el entorno en el que vivimos. Lo importante para mí es que podemos entrenarlo. Yo mismo durante una época me puse post-its con una sonrisa en mi mesa de trabajo para acordarme de sonreír. Parece una tontería, pero poco a poco deja de hacerte falta el recordatorio.—¿Qué ocurre exactamente en nuestro cerebro y organismo cuando sonreímos? ¿Tiene realmente efectos sobre nuestro bienestar?—Hay algo muy interesante y es que normalmente pensamos que sonreímos porque estamos bien, pero la relación también puede funcionar en sentido contrario. Sonreír puede ayudar a que nos sintamos un poquito mejor. La investigación sobre el llamado ‘feedback facial’ muestra que adoptar una expresión sonriente puede influir en nuestro estado emocional, aunque no debemos convertirlo en una fórmula mágica. Me gusta explicarlo de una manera muy sencilla: sonreímos porque estamos bien, pero también podemos sonreír para estar un poquito mejor.—¿Se puede mejorar el estado de ánimo simplemente intentando sonreír, incluso cuando uno no se siente especialmente feliz? ¿Reduce nuestro estrés y ansiedad?—Sí, puede ayudar, aunque no sustituye otras herramientas cuando existe un problema de ansiedad o estrés importante. Yo recomiendo empezar por algo sencillísimo como introducir conscientemente una sonrisa en nuestros saludos. Cuando llegamos al trabajo, cuando entramos en casa, cuando nos cruzamos con alguien… Y también podemos utilizar técnicas de risoterapia. En el Museo de la Felicidad las enseñamos y nuestros visitantes las experimentan en el Risódromo. Muchas veces empiezas riéndote porque toca y terminas riéndote de verdad. Y, sobre todo, terminas sintiéndote diferente a como empezaste.«La clave está en no utilizar la sonrisa para esconder nuestras emociones, sino como una pequeña herramienta más para influir positivamente en nuestro estado de ánimo»—¿Dónde termina el efecto positivo y empieza la llamada ‘sonrisa forzada’?—Aquí haría una distinción importante. No debemos obligarnos a aparentar que estamos felices cuando no lo estamos. Eso sería otra cosa. Pero practicar una sonrisa conscientemente no me parece malo. Al principio puede resultar un poco artificial, igual que cualquier hábito nuevo. Con la repetición puede ir resultando más espontáneo y natural. La clave está en no utilizar la sonrisa para esconder nuestras emociones, sino como una pequeña herramienta más para influir positivamente en nuestro estado de ánimo.—¿Podemos, o debemos, convertir la sonrisa en un hábito?—¡Debería casi ser obligatorio desde que nacemos! En mi casa tenemos un cartel que dice: «Sonreír al entrar y al salir». Yo lo pondría en los ascensores, en las oficinas, en los colegios y en los hogares. No porque tengamos que estar felices permanentemente, sino porque una sonrisa es un gesto muy pequeño que puede cambiar la manera en la que entramos en contacto con otra persona. Y cuando algo pequeño nos hace bien y hace bien a los demás, merece la pena convertirlo en hábito.—Si alguien siente que lleva una temporada sonriendo poco, ¿por dónde podría empezar?—Lo primero es darse cuenta. Reconocer «últimamente sonrío poco» ya me parece un paso enorme. Después utilizaría anclajes o recordatorios: una carita sonriente en el móvil, una pegatina en el ordenador, una pulsera, algo en el espejo… En el Museo de la Felicidad tenemos muchos mensajes relacionados con la sonrisa. Hay tres que me encantan: «No sabía qué ponerme y me puse feliz», «Una sonrisa también es un regalo» y otro maravilloso: «Cuesta menos que la electricidad y da más luz». El objetivo no es leer una frase bonita. Es que esa frase nos recuerde algo que en el día a día se nos olvida: sonreír.«La sonrisa es una extraordinaria herramienta de conexión. Transmite cercanía, apertura, amabilidad y facilita nuestras relaciones con los demás»—La sonrisa también es una herramienta social. ¿Qué transmitimos a los demás cuando les dedicamos una?—La sonrisa es una extraordinaria herramienta de conexión. Transmite cercanía, apertura y amabilidad y facilita nuestras relaciones con los demás. Y esto es especialmente importante porque una de las conclusiones más conocidas del Harvard Study of Adult Development es la enorme importancia que tienen las buenas relaciones para nuestro bienestar. ¿Qué mejor manera de empezar una relación humana que regalándonos una sonrisa? Yo intento empezar las conversaciones con una sonrisa, mantenerla siempre que sea natural y terminarlas también con otra. Una sonrisa adereza casi todo.—¿Sonreímos más cuando estamos con otras personas que cuando estamos solos? ¿Por qué? ¿Se puede decir que quienes lo hacen son personas falsas?—La sonrisa y, sobre todo, la risa tienen un componente social enorme. Pero eso no significa que no podamos utilizarlas también cuando estamos solos. Yo lo hago muchísimo. Antes de una reunión importante, una conferencia o uno de mis talleres de felicidad, si estoy algo nervioso, utilizo una técnica de risoterapia que enseñamos en el museo: el pingüino. Talones juntos y las puntas de los pies separadas, cuerpo recto, cabeza hacia arriba, boca bien abierta… y a reír. Al principio la risa es forzada y puede parecer absurda, pero muchas veces termina apareciendo la risa de verdad. A mí me ayuda a soltar tensión y a afrontar lo que viene con otro estado de ánimo. A los estudiantes incluso les digo que antes de un examen, busquen un sitio tranquilo y prueben durante unos segundos. No porque les vaya a hacer saber las respuestas que no han estudiado, sino porque puede ayudar a entrar al examen con una disposición diferente. Y no, sonreír más con otras personas no nos convierte en falsos. Somos seres sociales y nuestra conducta cambia naturalmente cuando interactuamos con los demás.—Vivimos en una sociedad que parece exigirnos estar siempre felices. ¿Puede ser contraproducente?—Sin duda. Siempre comienzo mis talleres preguntando: «¿Podemos ser felices los 365 días del año?». Y mi respuesta es un NO en mayúsculas. Tenemos que vivir todas nuestras emociones. Si algo nos sale mal, podemos estar tristes. Si tenemos un familiar enfermo, es normal estar preocupados. La tristeza, el miedo o la preocupación forman parte de nuestra vida y tienen su función. El problema es que también hay muchos días en los que no nos ocurre nada especialmente malo y, sin embargo, dejamos pasar el día sin disfrutarlo. Ahí sí podemos hacer algo: utilizar pequeños hábitos, nuestras relaciones, la sonrisa, la risa… para intentar tener más momentos buenos y, como me gusta decir, más días memorables a lo largo del año.—¿Qué cinco pequeños gestos cotidianos se pueden practicar para recuperar la sonrisa en un día difícil?—Propongo un entrenamiento muy sencillo. Primero, al levantarnos: «No sabía qué ponerme y me puse… feliz». Mirarnos al espejo y sonreír durante unos segundos. Segundo, sonreír y saludar de verdad a las primeras personas con las que nos encontremos. Y después seguir repartiendo sonrisas a diestro y siniestro. Tercero, colocar algún anclaje que nos lo recuerde: una pegatina en el móvil, una pulsera, una carita feliz junto al ordenador… Cuarto, cuando necesitemos cambiar un poco nuestro estado, practicar durante unos segundos alguna técnica de risa, como el pingüino. Y quinto, antes de acostarnos, mirarnos al espejo y sonreírnos durante un minuto. Porque regalamos muchas sonrisas a los demás y a veces nos olvidamos de regalarnos una a nosotros mismos. Son cosas diminutas. Pero repetidas todos los días pueden convertirse en hábitos.MÁS INFORMACIÓN noticia No «Podemos lograr 10.000 millones de personas felices en 2050» noticia Si Belén Colomina, psicóloga: «Si no entrenas la mente caes en la rumiación y el pensamiento negativo»—¿Qué mensaje daría a una persona que siente que últimamente tiene pocos motivos para sonreír?—Primero le diría que no tiene que obligarse a estar feliz. Si existe algo concreto que le está haciendo sufrir hay que atenderlo, vivir esa emoción y, cuando sea posible, intentar solucionarlo o pedir ayuda. Pero también le diría que observe su día porque probablemente encontrará pequeños momentos en los que sí puede permitirse una sonrisa. Empecemos desde primera hora. Sonriamos cuando nos levantamos. Sonriamos al encontrarnos con las personas que queremos. Intentemos empezar y terminar nuestras conversaciones con una sonrisa. Y si no nos sale espontáneamente, podemos practicarlo. Como psicólogo y después de ver pasar por el Museo de la Felicidad a miles y miles de personas, hay una idea de la que cada vez estoy más convencido: la felicidad no consiste en estar felices todo el tiempo, pero sí podemos aprender y entrenar hábitos que nos ayuden a vivir un poquito mejor.
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