Me enseñó Alberto García Reyes que el palo cortado no se hace; sucede. El bodeguero cree estar criando un fino o un amontillado y, para ello, hace todo lo que tiene que hacer y espera todo el tiempo que hay que esperar. Pero, de pronto, aparece una bota que ha decidido desobedecerle y comienza a crear otra cosa, algo que aún conserva la delicadeza de un amontillado, pero que empieza a ganar el cuerpo de un oloroso. Marca entonces el bodeguero esa bota con un palo. Si la rebeldía persiste, cruzará después ese trazo con otro trazo. Nace así el palo cortado. O, mejor dicho, así es cómo se descubre, porque nadie lo había proyectado en ningún momento. Se crea a sí mismo tras haber perdido, antes de lo previsto, su protección frente al oxígeno.A pocos metros de esa bota, en el club El Buzo, de Vistahermosa, el sol se pone a las 21.24, dejando delante de sí el espectáculo del mar de plata. Mientras transcurre, no es posible mirar hacia ningún otro lugar en el mundo: el ocaso en El Puerto es un eclipse al revés. Es el mar –la mar– quien, prudentemente, se interpone entre tú y el sol, para que puedas seguir mirando la vida entre destellos de vino fino. Y sin gafas horteras. Yo había sido invitado a dar una conferencia en aquel lugar dos horas antes. En Valladolid escribí unas palabras confusas, parcialmente enfermas, salidas de dentro de un pozo oscuro y resbaladizo. Pero, a medida que las leía, notaba que dejaban de tener sentido, como si se hubieran convertido en otra cosa en el camino del corazón a la garganta. Me pareció que estuviera lanzando un conjuro, una oración autoinmune como el cuerno de un toro, que cauteriza la carne mientras la desgarra. Y mientras eso sucedía, redactaba mentalmente una conferencia alternativa, una que celebrara la vida y desobedeciera a su autor. Y marqué mi bota con un palo.Pocos lugares en el mundo como ese club en un poniente largo, rodeado de gente especial y, por momentos, deslumbrante. Durante la cena confirmé que, tal y como sospechaba, el problema no es el verano: soy yo. Hay otros veranos diferentes a los míos, veranos templados con noches inolvidables y niñas guapas con los ojos como fábricas de colágeno. Desde luego los chavales no se quedan atrás, así que comienza, en esas mesas, el mayor espectáculo del mundo, que deja de ser el sol poniéndose en el Atlántico para pasar el cetro a la arrogancia de unos cuerpos en la cima de su belleza. Por supuesto, en cuanto llegué al hotel me puse a buscar casas en Vistahermosa mientras trazaba un plan para que el pisapapeles que me regalaron con el escudo del club me sirviera también como salvoconducto para sumergirme en esa piscina cada día entre mayo y octubre. Así que, en el club, el buzo era yo, deslumbrado por la noche y su escafandra. Como el bodeguero, hice todo lo tenía que hacer y esperé todo el tiempo que tenía que esperar. Pero, mientras me hablaban y la noche avanzaba, percibía que dentro de mí estaba naciendo otra cosa, una que conservaba el cuerpo de las mañanas de Castilla, pero con la delicadeza de noches andaluzas; algo que se creaba a sí mismo y que lo hacía como consecuencia de haber perdido mi protección frente al oxígeno. La rebeldía inicial persistía y no tuve más salida que cruzar el primer palo con otro, desobedeciendo a la vida como desobedece un niño que nació para abogado, pero que en un determinado momento se tuerce y sale poeta. El Puerto y la belleza son la rebeldía que acaban con las corazas de los velos de flor. Hoy, de nuevo en Valladolid, pienso que la alegría funciona como el arte y como la fe; y que, como el amor, el viento de Poniente o el Palo Cortado, desobedecen a su autor. No se busca: simplemente sucede.
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