Un planeta nacido de las cenizas de su estrella muerta. La sola idea parece fruto de la imaginación desbocada de algún guionista, pero es justo lo que acaba de proponer un equipo internacional de astrónomos de la Universidad de Warwick tras estudiar una enana blanca llamada HS 0209+0832. La atmósfera de ese mundo, en efecto, contiene una combinación de elementos químicos que apunta a que se formó después de la muerte de la propia estrella, a partir del material que esta arrojó al espacio durante sus últimos días.Normalmente, cuando astros como nuestro Sol agotan su hidrógeno, sufren un final aterrador: primero, al apagarse su ‘horno nuclear’, son brutalmente aplastados por la gravedad, que ya no encuentra fuerza que se le oponga. Después, el inmenso calor generado por esa compresión vuelve a encender ese horno, aunque ya no con hidrógeno, sino con helio, elemento que la estrella ha estado sintetizando por fusión durante millones de años. Con fuerzas renovadas, la estrella ‘rebota’, y se hincha hasta convertirse en una monstruosa gigante roja, que engulle y calcina los planetas cercanos. Al final, y tras expulsar violentamente sus capas exteriores, la estrella vuelve a encogerse, dejando atrás un núcleo colapsado, frío y denso al que llamamos enana blanca.Lo lógico sería pensar que cualquier objeto en órbita que haya sufrido este proceso o bien es un afortunado superviviente, o bien no es más que un cadáver chamuscado. Pero el Universo acaba de demostrarnos que de ese ‘cementerio’ estelar también pueden nacer nuevos mundos.La insólita firma química del planeta demuestra que se formó a partir de los escombros del astro que antes lo iluminaba y que ahora lo está devorandoSi se confirma el hallazgo, recién publicado en ‘ Nature Astronomy ‘, será la primera evidencia de un planeta de segunda generación alrededor de una enana blanca. Hasta ahora, los astrónomos habían considerado la posibilidad de que algunos planetas lograran sobrevivir a la muerte de sus estrellas o incluso que se formaran en circunstancias excepcionales alrededor de otros tipos de cadáveres estelares, como los púlsares, pero jamás se había documentado uno en torno a una enana blanca, que es el destino final de más del 90 % de las estrellas de nuestra galaxia.Un origen inesperado«Los planetas de segunda generación -explica Jamie Williams, investigador del Departamento de Física de la Universidad de Warwick y autor principal del estudio- son mundos que se forman a partir del material que una estrella expulsa al morir. Son increíblemente raros, y encontrar uno alrededor de una enana blanca fue algo completamente inesperado. Es un poco como encontrar un planeta que ha resurgido de las cenizas de la misma estrella a la que una vez orbitó».Durante la última década, los astrónomos ya habían encontrado indicios (pero solo eso) de mundos alrededor estrellas muertas. De hecho, en 2019, el propio equipo de Warwick, liderado por Boris Gänsicke, publicó en ‘Nature’ el hallazgo de un gigantesco disco de gas formado por un planeta que se estaba evaporando alrededor de la enana blanca WD J0914+1914. Y este mismo verano, en el mes de julio, se publicó el descubrimiento de WD 1856+534, un enorme planeta aparentemente intacto , también alrededor de una enana blanca. Pero ambos tenían algo en común: eran mundos de ‘primera generación’, supervivientes que habían sobrevivido al apocalipsis y migrado después hacia el interior de sus sistemas.Una huella química inconfundiblePero el caso de HS 0209+0832 es diferente. Y lo que lo hace único es su extraña e inconfundible firma química.Las atmósferas de las enanas blancas suelen estar limpias, compuestas solo de hidrógeno o helio. Cualquier elemento más pesado se hunde rápidamente hacia el interior debido a la aplastante gravedad de estos cadáveres estelares, que encierran casi la masa del Sol en una esfera del tamaño de la Tierra. De modo que si observamos metales en su superficie, significa que la estrella está devorando a un objeto en ese preciso instante, o que lo ha hecho hace muy poco tiempo.Con una órbita de solo 4,4 días, la radiación de la estrella muerta actúa como un enorme ‘soplete’ que hace hervir la atmósfera del gigante gaseosoPor norma general, esos ‘banquetes’ dejan en la luz de la estrella rastros de silicio y hierro, los clásicos bloques de construcción de asteroides y exoplanetas rocosos. Sin embargo, el análisis espectroscópico de HS 0209+0832 reveló algo inaudito: niveles extraordinariamente elevados de zinc, cobre y, de forma muy especial, niobio, con concentraciones que superan en mil veces las de nuestro Sol. Jamás se había encontrado niobio en una enana blanca.«Este patrón de elementos -asegura Nicholas Stone, astrofísico de la Universidad de Wisconsin-Madison y coautor de la investigación- es una señal reveladora del ‘proceso s’, una reacción nuclear que construye elementos pesados en el interior de estrellas moribundas durante su fase de gigante roja hinchada. Es una firma química que ningún planeta ordinario, de ‘primera generación’, debería llevar, lo que nos indicó que este nuevo planeta era algo diferente».Una danza mortalLa conclusión es tan sólida como fascinante: la enana blanca se está alimentando de un gigante gaseoso recién nacido y formado a partir de los restos de su propio cadaver. De hecho, el nuevo planeta se condensó a partir de un disco de escombros creado por la propia materia que la estrella expulsó al morir. Así, y al estar formado por las mismísimas ‘entrañas’ de su estrella anfitriona, el nuevo mundo lleva impresa de fábrica esa inusual riqueza de elementos pesados.Sin embargo, lograr que todo ese material vuelva a unirse no es algo sencillo. «Formar el disco protoplanetario en esta situación -explica Williams- no es fácil y ayuda a explicar por qué estos planetas son tan raros». Según el científico, una estrella aislada pierde su masa esparciéndola de forma simétrica por el espacio circundante. De modo que, para que ese material no se perdiera para siempre y formara un disco a su alrededor, HS 0209+0832 probablemente necesitó la ayuda de una estrella compañera que, con su atracción gravitatoria, hizo de ‘pastor’, frenando los escombros y devolviéndolos a la órbita correcta para engendrar un planeta.Los datos del satélite TESS de la NASA terminaron de encajar las piezas. Sus instrumentos, de hecho, captaron oscurecimientos regulares del astro cada 4,4 días. Datos que concuerdan con un planeta del tamaño de Júpiter atrapado en una órbita extremadamente estrecha y acoplado por las fuerzas de marea, mostrando siempre la misma cara a su sol.A tan poca distancia, la situación de este ‘planeta Fénix’ es extremadamente precaria. Igual que un enorme soplete, la cercanísima enana blanca hace hervir la atmósfera del gigante. Y la materia que se desprende continuamente de él para volver a caer en la estrella es, precisamente, la que traiciona su exótica procedencia.En busca de mundos ‘resucitados’El hallazgo implica que en nuestra galaxia podría haber muchos más mundos ‘resucitados’ similares al de HS 0209+0832. «Encontrar este único ejemplo -concluye Gänsicke- plantea la cuestión de cuántos más podría haber ahí fuera, y también la de si nuestro propio Sistema Solar podría albergar un planeta de segunda generación formado a partir de las cenizas de nuestro Sol». Aunque parece ser que no, y que nuestro destino será otro. Dentro de unos 5.000 millones de años, en efecto, cuando todo lo que quede de nuestra estrella sea una enana blanca y todos los planetas interiores hayan desaparecido, aún faltará una condición fundamental para que se repita la hazaña de HS 0209+0832. Porque nuestro Sol, que sepamos, no tiene una estrella compañera, y se necesita una para ‘retener’ los materiales necesarios para construir un planeta de segunda generación. Por lo tanto, las posibilidades de que la historia se repita aquí son francamente remotas.Lo cierto es que no sabemos todavía cuántos mundos pueden renacer de este modo, pero el Universo nos acaba de ofrecer una forma inesperada para encontrarlos.
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