Óscar Puente, el ministro de las decenas de muertos , aquel que bailotea y se chotea de sus administrados, tiene un papel asignado que cumple férreamente: verborrea desatada e incontinencia matonil, propias del hombre al que Pedro Sánchez —no se olvide— puso allí para que mordiera donde él no debía. Ocurre que, para eso, en la televisión dopada por el poder, ya hay unas cuantas voceras de Moncloa, tan soberbias, displicentes, serviles y paniaguadas como él, y con el fanatismo patán de un muyahidín sanchista. No hacía falta que le dieran un ministerio; ni siquiera uno de cartón piedra, como a los escuderos de Sumar. Qué va.Pedro Sánchez es tan desahogado que le otorgó uno de los importantes, quizá el mejor para lucirse en eso para lo que se supone que te pusieron: llevarnos y traernos, no por la calle de la amargura, sino para que volvamos a casa no solo a tiempo, sino sanos y salvos. Pero no puede. Es imposible con todo lo que tiene que fajar para ser el mejor vasallo de tan pésimo señor. Porque Óscar Puente no tiene tiempo —ni sabe cómo— para ejercer de ministro de Transportes, pero sí tiene todo el del mundo para ser el gañán de guardia. Ojo: no olviden nunca que es quien se jacta, no de sus ignotos logros ministeriales, sino de ser el pistolero más rápido a este lado de X (antes Twitter). En realidad, más parece un gorila con dos pistolas.Y, sin embargo, le han dado cartera en el (des)Gobierno de España y barra libre para vomitar sus regüeldos sobre la profesionalidad, dignidad y honestidad de compañeros como, por ejemplo, Ketty Garat. Es lo que tiene ser tan poco ministro y tan mucho sicario. Ya era así en sus tiempos de alcalde de Valladolid: un zafio botarate que, a tenor de lo que cuentan, dedicaba más tiempo a sus bravuconadas contra quienes osaban criticarle que a administrar la ciudad. Pero no olvidemos nunca que Puente es lo que es porque un tipo tan infame como él lo ha designado como soldurio del régimen sanchista, al que sirve con la fidelidad de quien sabe que está ahí para esto o no vale para nada más.Que sus bocinazos destemplados los paguemos todos denota cuán bajo puede caer este Gobierno. Puente debió desaparecer de nuestras vidas hace tiempo; como mínimo, desde que llevamos llorando a las víctimas de Adamuz. Debió hacerlo por inepto. Y con él, hoy, cuando apenas diez meses después nos toca volver a llorar por las vidas truncadas en otra tragedia ferroviaria, debería marcharse el hombre que lo puso al frente de un ministerio capital: no para traer y llevar a los españoles, sino para vociferar como un exaltado las excrecencias de este Gobierno descarrilado.
Powered by WPeMatico