El moderado optimismo de Pedro Sánchez antes de que se produjeran las votaciones de los dos decretos sobre vivienda , si no fue una más de sus imposturas, revelaría un grado máximo de distorsión de la realidad en la que vive el todavía presidente de Gobierno. Sánchez debió de creerse en algún momento que realmente tenía eso que llamó «mayoría de progreso», formada como una amalgama de izquierdas extremas y separatistas, con toques de nacionalismo conservador y un poco rancio, que no ha sido capaz de aprobar una sola ley de Presupuestos Generales del Estado, ni de convalidar siquiera la mayoría de los más importantes reales decretos ley con los que quería arrinconar al Parlamento. Pero Sánchez no ha podido escapar a las carencias de su investidura, causada por un pacto contra toda lógica y ética democrática. El final de su escapada lo han decidido su más trabajado y agasajado socio, Junts, y su falsa bandera social, la vivienda. El presidente del Gobierno se ha retirado a meditar sobre la posibilidad de convocar elecciones. Que nadie caiga en el error de pensar que Sánchez va a ponderar intereses distintos de los suyos. Esta legislatura ha sido un mandato marcado por su supervivencia, de manera que cuanto más se complicaba esta más rápidamente recorría Sánchez el camino a la autocracia. Su estela está formada por casos de corrupción aun por desvelar en buena parte, por escándalos de su familia que es imposible que no conociera, por la ineptitud de su gobierno por afrontar con dignidad y responsabilidad crisis como la de Adamuz, la dana de Valencia o la invasión de Ceuta , alimentada o consentida, tanto da, por Marruecos. Su aspiración de ser el mesías universal del progresismo ha puesto a España en fuera de juego en las grandes áreas de su proyección exterior. La inflación amenaza con recortar aún más el nivel de los españoles, en los que asuman escandalosos porcentajes de riesgo de pobreza, con fracturas sociales y generacionales cada vez más abiertas.Sánchez nunca ha tenido un proyecto para España, solo el suyo personal y el de aislar a la derecha, primero con un muro y, ahora, con una acampada en la Puerta del Sol, aunque la izquierda que está en la calle no es precisamente la que será condescendiente con el PSOE. El sálvese quien pueda resuena fuerte en las sedes de Sumar y Podemos, pero hay riesgos reales en la calle. Si hay elecciones anticipadas, la izquierda tiene que asumir públicamente que no alentará acosos callejeros, ni justificará actos de violencia. Las votaciones parlamentarias de ayer tienen para el PSOE y sus socios el doloroso añadido de que también derrotaron las coacciones asamblearias de quienes también engañan a los ciudadanos agobiados por la crisis del alquiler, haciéndose pasar por sus defensores.Ayer ganó en el Congreso de los Diputados una moción de censura sin candidato alternativo, pero igual de explícita a la hora de clausurar la legislatura. Si esta se mantiene, Sánchez consumaría el secuestro de la democracia que lleva mucho tiempo practicando. Descartada una victoria electoral frente a la derecha, Sánchez aspirará a un resultado de mínimos que lo mantenga al frente del PSOE y contenga a los partidos de izquierda extrema. Son estos a los que ahora toca sobrevivir a Pedro Sánchez. Por su parte, el PSOE consuma su opción por ser un grupo inerte de seguidores que han claudicado su función representativa en la democracia española. El nivel de destrucción política que ha dejado Sánchez a lo largo de su camino es inédito en nuestra propia democracia y en cualquier democracia europea, donde los líderes democráticos asumen con naturalidad su dimisión cuando carecen de mayoría parlamentaria, sin entrar en conflicto con el Poder Judicial, ni despreciar al Legislativo. Cada abuso autocrático cometido por Pedro Sánchez en estos años es un precedente que un futuro Gobierno conservador no debe de secundar, pero sí tener en cuenta para medir la profundidad de esas reformas drásticas que serán inevitables para desmantelar el sanchismo de las estructuras del Estado y devolverlas saneadas a la vida democrática. La izquierda española, tanto política como social, simula estar indignada por el resultado democrático de las votaciones de ayer en el Congreso de los Diputados. Pero lo llamativo es que realmente pudieran esperar de Pedro Sánchez algo distinto de lo único que un político obsesionado con el poder es capaz de ofrecer: ruptura de la convivencia.
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