Adrián Ruiz pasa buena parte de su vida en el Ateneo. Cerca está de pedirles a los ateneístas que le cedan algunos metros cuadrados de la planta superior del ilustre edificio para echarse allí a vivir. Recuerda al arranque de la tercera parte de ‘Fortunata y Jacinta’, cuando Benito Pérez Galdós escribe: «Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del día o casi todas ellas en el café». El joven filósofo pasa las suyas en el liceo madrileño porque en la capital de lo otro ya no hay. Con la desaparición de aquellos cafés de encuentro ha desaparecido no sólo una forma de habitar la ciudad, sino también una manera de relacionarse en público. El ‘tertulianismo’, si acaso lo podemos así llamar. Es en eso precisamente en lo que Ruiz, junto a Julia Loga, Martina Ramos y Laura Centeno, se encuentra trabajando: en la recuperación de las conversaciones públicas. La idea era crear una asociación juvenil capaz de dialogar con otras generaciones: «Queremos construir algo intergeneracional. Tejer una red, una comunidad». Así tomó forma la Agrupación Joven Café Universal, inspirada en aquel café situado en el número 14 de la Puerta del Sol, del que era asiduo un joven Galdós y donde, en la década de 1870, se comentaba principalmente la actualidad política de las Islas Canarias. «En aquella parte interior del Universal […] se reunían los canarios, servidos por Pepe ‘el Malagueño’. Era una tertulia de las más amenas de Madrid, compuesta de estudiantes de Derecho, de Medicina y de Caminos, y reforzada por personas mayores curtidas de marrullería y experiencia», escribe el escritor grancanario en ‘España trágica’.Durante el siglo XIX, el Ateneo en sí mismo era casa de tertulias. «Congreso de los discretos», lo describía la Real Academia Española en 1739. Azaña, Ramón María del Valle-Inclán o Unamuno llegarían a presidirlo. En la sala de la Cacharrería, donde tiene lugar esta entrevista, «podían coincidir varias al mismo tiempo». Hoy se organizan debates, conferencias y actos de homenaje, pero en Madrid la palabra tertulia «ya no existe», lamenta Paquita Sauquillo, presidenta de la sección de Derechos Civiles del Ateneo de Madrid y promotora de la Agrupación Joven Café Universal, quien trasladó la propuesta a la Junta directiva para su puesta en marcha. «La diferencia entre este tipo de encuentros y las tertulias es que los primeros dan pie a reflexiones y debates que luego deben abordarse en estas últimas. La tertulia es una conversación más relajada, pausada e intergeneracional, donde conviven distintos puntos de vista en un clima de respeto. El Ateneo genera el caldo de cultivo perfecto para este tipo de conversaciones, en las que se comparten pareceres y se escucha», explica Centeno. En Madrid existían cafés como el Pombo, cuya tertulia estaba presidida por Ramón Gómez de la Serna; el Café del Prado, frecuentado por Luis Buñuel y Federico García Lorca; el Café Español, ligado a Antonio Machado; o el Café de Roma, donde Gregorio Marañón y sus discípulos del Ateneo preparaban proclamas contra la monarquía. En el Café Lion, en la planta baja, tenía lugar una tertulia republicana encabezada por José Bergamín, mientras que en el sótano José Antonio Primo de Rivera reunía a sus camaradas de la Falange: «Hoy, algo así sería impensable». «Recuerdo a mi suegra y a mi madre, que reunían a varias amigas en sus propias casas para conversar. Hoy ya no hay tiempo para la tertulia. Vivimos muy precipitados y, en cierto modo, tendemos casi a imponer nuestras ideas a quienes tenemos delante. En cambio, la tertulia es otra cosa: es un espacio de debate, un intercambio de ideas. Yo te escucho y tú me escuchas», añade Sauquillo. «En una sociedad tan polarizada, resulta muy interesante el ser capaz de prestar atención al otro», concuerdan los jóvenes. De arriba abajo: Ramón Gómez de la Serna preside una tertulia en el Café del Pombo (1932); Eladio Cabañero, José García Nieto, Ramón de Garciasol y Luis López Anglada, entre otros, en una tertulia literaria en el Café Gijón; y José Bergamín (último por la derecha), en el ‘Banquete de fisonomías y trajes de época o cena de antepasados’, en el Café del Pombo (13 de febrero de 1923).El proyecto, explican, surge precisamente «al detectar ciertas tendencias de nuestra época, tales como la crispación, la polarización y una cierta violencia verbal no sólo en el trato directo, sino también en las redes sociales, que a menudo se han convertido en un espacio de confrontación más que de conversación, donde en ocasiones se pierde la sensación de que haya personas reales detrás». Frente a eso, la propuesta busca bajar el ritmo y recuperar el diálogo: «Crear encuentros de hora y media donde se pueda conversar con calma, poner ideas en común y construir comunidad. En definitiva, tejer redes reales».«Si no hay conversación se erosionan los puentes, cada uno se atrinchera en su bando y se alimenta sólo de opiniones semejantes», señala Ruiz. «En cierto modo, la mirada del otro es lo que construye la democracia. Es la empatía con el otro lo que nos humaniza», añade Loga. Ramos, en su definición de tertulia, asegura que esta se plantea como «la última trinchera de lo que sería el civismo». «Muchas de las conferencias que se imparten aquí podrían describirse como monólogos. Hace falta dejar atrás ese escenario en el que uno habla a muchos y recuperar una conversación entre todos, volver a una cierta circularidad del diálogo. Y también alejarnos de ese adanismo propio de nuestra generación, esa idea de que todo empieza con nosotros, de que lo nuevo es lo único que existe», expresa la joven estudiante de Literatura.«En cierto modo, la mirada del otro es lo que construye la democracia. Es la empatía con el otro lo que nos humaniza»Los miembros de la agrupación insisten en la necesidad de reforzar ese diálogo entre generaciones. «El tema de la tecnología, el individualismo y tantos otros desafíos que afronta hoy nuestra sociedad nos interpelan especialmente a los jóvenes. Y, para hacerles frente, creemos que es muy valioso escuchar a quienes nos precedieron. Quizá los problemas no sean exactamente los mismos, pero muchos de los dilemas, inquietudes y preguntas que hoy nos hacen sentirnos perdidos o sin una dirección clara ya fueron vividos, de una forma u otra, por generaciones anteriores», señala Centeno.Esta necesidad de revitalizar las tertulias, ¿responde a una cierta nostalgia cultural o a una carencia actual? ¿Deben tener estas conversaciones un componente político o se trata de algo puramente cultural? Sauquillo defiende que, en realidad, casi cualquier reflexión tiene una dimensión política. «Discutir cómo entendemos hoy el teatro o cómo queremos que se apliquen los algoritmos también es política», sostiene. Y recuerda una idea que ya debatía en sus años de universidad: «Todo es político; incluso quien dice que no lo es, está haciendo política desde esa posición».No obstante, matiza que las tertulias no nacen con una intención ideológica ni centradas exclusivamente en la actualidad política. Más bien buscan abrir espacios amplios de conversación sobre cuestiones que atraviesan la vida cotidiana: la investigación, la salud, la cultura o la manera en que entendemos la sociedad. «Hablar de cómo queremos que se investiguen determinadas enfermedades o de cómo concebimos la libertad de expresión tiene una dimensión política, sí, pero también habla de cómo entendemos nuestra propia vida», explica. «¿Son tertulias con contenido político? Sí. ¿Es una tertulia partidista e ideológica? No», resume Ruiz. Un proyecto en expansiónDesde que el proyecto se puso en marcha el pasado mes de febrero, por la sala Pérez Galdós del Ateneo han pasado ya figuras como el sociólogo César Rendueles o el crítico cinematográfico Miguel Marías. Para los impulsores del proyecto , la clave está en apostar por iniciativas que tengan valor en sí mismas, más allá de la lógica de la audiencia. Y frente al ruido constante de la actualidad y la polarización en redes, reivindican el valor de generar conversaciones más pausadas y culturales. «Que alguien te hable de Buñuel después de pasarte cinco horas viendo el clima de crispación en el Congreso resulta muy refrescante», apunta Loga, graduada en Relaciones Internacionales y Humanidades.Entre los próximos temas que les gustaría abordar está la espiritualidad, una cuestión que consideran especialmente necesaria en el contexto actual. «Si me preguntas qué problemas tiene hoy la sociedad, te diría que la espiritualidad puede ayudar a resolver muchas de ellas», sostiene Ramos. Ruiz, sin embargo, matiza que el enfoque del proyecto seguirá siendo abierto y plural. «Nuestra perspectiva no es cerrada ni ideológica. Si hacemos un encuentro sobre espiritualidad, será desde diferentes sensibilidades y formas de entenderla», explica. En conclusión, el proyecto busca incorporar en el Ateneo perfiles sociológicos muy diversos y consolidar un espacio horizontal que rompa con la jerarquía tradicional entre ponente y público: «Estamos en expansión y buscamos el apoyo».«En una sociedad tan polarizada, resulta muy interesante el ser capaz de prestar atención al otro»Para finalizar, Centeno, investigadora en el Instituto de Filosofía del CSIC, subraya: «Hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece, y en las redes sociales lo que predomina es el ruido. Creemos en la tertulia como una forma de contribuir a que crezcan muchas ideas». En esa misma línea, recuerdan de nuevo las palabras de Galdós, quien ya defendía el valor de estos espacios de conversación: «El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano […] La mitad por lo menos de la historia española en el último siglo se ha fabricado en los divanes de los cafés. Quitadles los divanes de los cafés al siglo XIX español y ese siglo será inteligible».
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