Los ojos de Ricardo Darín han visto todo lo que ha pasado en este Festival de San Sebastián. Su mirada se aparece en cada rueda de prensa, en las esquinas de la calle, antes de empezar las proyecciones… Y no es porque sea omnipotente ni todopoderoso, que está por ver, sino porque su rostro -en primerísimo primer plano- es el protagonista del cartel de esta 74 edición del certamen. Y es curioso pero para el argentino, acostumbrado a los gajes de popularidad, tanta cara suya le provoca algo parecido a la timidez. Una timidez abrumadora de verse a sí mismo siempre con el mismo gesto: «Yo no miro mucho por ahí, ya se pasará», dijo agachando la cabeza y escondiendo esa mirada bajo la silla al empezar la entrevista.Está ahora frente a ABC, en cuerpo y alma y no solo como póster, para presentar una divertida comedia argentina sobre un psicoanalista muy particular titulada ‘Lo dejamos acá’, dirigida por Hernán Goldfrid, con quien ya trabajó hace trece años en ‘Tesis sobre un homicidio’. Da vida Darín a un psicólogo de métodos muy directos al que un escritor con más ego que talento le pide ser su paciente porque antes solo podía escribir borracho y ya ni eso. El escritor, en realidad, va a terapia para verse a sí mismo porque está intoxicado de ego, de ‘yo’, algo que en este mundo de la creación es demasiado habitual. «La lucha contra nuestros propios egos y los ajenos es diaria», resume Darín desde una suite del hotel María Cristina, donde presenta esta película que pronto se verá en Netflix. «Todos queremos que nuestro trabajo sea valorado porque para eso lo hacemos y lo sometemos a juicio. Pero de ahí a que, palmada tras palmada, elogio tras elogio, termines convencido de que sos un fenómeno, eso es estar muy cerca de la estupidez», remata. Y como es argentino y sabe de lo que habla, sigue en largo con una interesante reflexión: «La lucha es permanente. Por ejemplo ves esos fenómenos televisivos, en donde de pronto surgen unos chicos -a los que les deseo la mejor de las suertes- que les proponen alcanzar la cima del mundo en 14 segundos, y eso es peligrosísimo porque salen de la nada y de pronto la gente los corea por la calle y pueden creer que han tocado el cielo con las manos. Nuestra película trata justamente de eso, de enfrentarse a uno mismo, que es enfrentarse al propio ego, y tratar de que ese camino termine siendo una especie de descenso a los infiernos en el que encuentras en esa profundidad quién eres realmente», concluye, casi, porque le queda un remate para abrochar la reflexión: «Hay algo de catártico en el arte en general. Y por eso me parece que hay otros oficios que necesitan más ayuda porque no tienen la posibilidad de tener un canal de expresión tan poderoso como las expresiones artísticas, donde uno está permanentemente mostrándose con sus inseguridades y sus incorrecciones».Ricardo Darín, con sus fans, en el Festival de San Sebastián EFEPorque al final esto de la fama y sus glorias es relativo. Martín Bouchard, ese escritor borracho de ego, se cree más listo que el propio psicólogo. Es un genio y un superventas, pero ¿quién es a la sombra de Stephen King? Hace años, en la promoción de ‘Nieve negra’, Darín contaba que él podía ser muy famoso, pero que luego coincidía en la alfombra roja con Brad Pitt y todo se recolocaba. Ahora ha dado la casualidad que han coincidido en San Sebastián: «Cuando lo vea lo cago a trompadas», dijo entre risas, relajado, revoleando el capote que le ponía el periodista. «El pobre no tiene la ciudad llena de afiches con su cara, no negoció bien», y más risas del director, que estaba a su lado. Y ahora ya serio: «Esas comparaciones les hace a los egos un favor porque siempre hay alguien más rápido, más vivo, más lindo o que pasó más horas en el gimnasio que tú. Hay que tratar de estar en eje y aunque te empujen y te quieran llevar a un lugar de gran confusión, hay que resistir y no olvidarse de quién es uno en la mañana, cuando se levanta y se mira en el espejo. Ahí es donde el ego está tranquilo. Yo dialogo mucho con el espejo a la mañana. Digo, ‘¿a dónde vas, Ricardo? Vas a insistir con esto y vas a engañar a la gente una vez más’».Pero Darín no engaña. Y cuando habla, lo hace masticando las respuestas, lejos de los modos automáticos de las ruedas de promoción en las que parecen haberse convertido los festivales. «En algún momento algo mágico se producirá en esta lucha que tenemos permanentemente, hoy más que nunca, entre la ortodoxia de lo heredado y lo que vislumbramos que va a venir», dijo cuando se le pidió una reflexión sobre lo disruptivo de los modos de su personaje y el mundo algorítmico que vivimos. «Asusta imaginarse lo que nos espera, sobre todo porque pareciera que estamos permanentemente controlados por un Gran Hermano que sabe qué nos pone en el teléfono porque tiene toda la información de lo que nos moviliza, de lo que nos gusta. Cada vez vamos a ser más fácilmente manipulados. Cómo vamos a saber qué es verdad en la información que recibimos, qué es auténtico, original y qué está manipulado», añadió, y aprovechó: «Estamos en un problema en donde, dicho sea de paso, todo lo que tenga que ver con la salud mental nos va a venir muy bien porque si estamos siendo manipulados es muy probable que dejemos de ser nosotros mismos y pasemos a ser lo que les conviene a los intereses en cuestión».«Yo dialogo mucho con el espejo a la mañana. Digo, ‘¿a dónde vas, Ricardo? Vas a insistir con esto y vas a engañar a la gente una vez más’» Ricardo Darín ActorEl actor también reflexionó sobre la situación del cine argentino, siempre en el centro del debate en el Festival de San Sebastián (gran escaparate del cine de allá) desde que Javier Milei llegó a la presidencia de Argentina. «Uno no puede evitar reconocer y agradecer la aparición de una plataforma para poder llevar adelante el proyecto. Eso está fuera de discusión», admite con honestidad de quien sabe que la película la paga Netflix. «Nosotros somos defensores del cine en el amplio sentido del término. De la pantalla grande, de la gente reunida que no se conoce detrás de una idea que ha sido planeada, diagramada, fotografiada y pensada para la gran pantalla. Eso no se parece a nada». Y es que, para Darín, proteger las salas es defender un ritual insustituible. «El cine es, será y seguirá siendo planeado para verlo en el cine. Por muy buena pantalla de televisión que tengas en casa, por muy buena ‘compu’ que tengas, esto no va en detrimento de nadie. Simplemente digo: ese ritual no se parece a nada». Con esa mirada puesta en la importancia de la experiencia compartida, concluye con un alegato: «Ese ritual nos ha enseñado, nos ha ayudado, nos ha calentado el corazón, nos ha abierto la cabeza. Hemos asistido a historias reveladoras que nos hacen ser mejores personas cuando estamos en comunidad. No podemos permitir que mueran las salas de cine».
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