Entrar en una tienda, mirar al dependiente y decir «buenos días» es algo que muchas personas hacen sin pensar. Otras, en cambio, entran a buscar lo que necesitan y sólo hablan cuando llega el momento de pagar. Puede parecer una simple cuestión de educación, pero la psicología lleva tiempo estudiando el efecto que tienen estos pequeños contactos cotidianos, incluso cuando se producen con personas a las que no conocemos.
No se puede afirmar que quien saluda sea automáticamente más inteligente emocionalmente que quien no lo hace, porque detrás de un gesto tan sencillo pueden influir la timidez, la prisa, el estado de ánimo o incluso las costumbres de cada lugar. Pero sí hay algo interesante: iniciar un contacto breve supone reconocer al otro y mostrar cierta disposición social. Y precisamente ahí es donde entran conceptos como la empatía, la seguridad personal y la capacidad de relacionarnos de manera natural con quienes tenemos delante.
Según la psicología, las personas que saludan al entrar en una tienda tienen una inteligencia emocional que las diferencia
La doctora en Filosofía y profesora de Psicología Vanessa LoBue ha hablado en varias ocasiones de la importancia de estos contactos breves. Ella misma ha explicado que le gusta saludar a otros padres cuando lleva a sus hijos al colegio y que algunos días vuelve a casa con más energía después de esos intercambios. No hace falta mantener una conversación de diez minutos para notar ese efecto. A veces basta con un «hola», una sonrisa o unas palabras rápidas.
La psicología ha estudiado bastante estas relaciones más sencillas, las que mantenemos con personas que conocemos poco o apenas vemos de pasada. El camarero de una cafetería, el dependiente del supermercado, un vecino con el que coincidimos en el ascensor o alguien que espera a nuestro lado en una cola pueden formar parte de ese tipo de vínculo. Y aunque muchas veces las consideramos relaciones irrelevantes, no siempre lo son.
Algunos estudios han observado que las personas que tienen más interacciones de este tipo durante el día suelen declarar un mayor bienestar. También ocurre algo curioso y es que solemos pensar que hablar con un desconocido será incómodo y después, cuando lo hacemos, la experiencia resulta bastante más agradable de lo esperado.
La relación con la inteligencia emocional
La inteligencia emocional tiene que ver, entre otras cosas, con reconocer lo que sentimos, comprender mejor las emociones ajenas y saber movernos en situaciones sociales. Saludar al entrar en una tienda encaja dentro de esa capacidad para detectar que no estamos solos en un espacio. Hay alguien trabajando delante de nosotros y dirigirse a esa persona, aunque sea con dos palabras, supone reconocer su presencia.
También entra en juego la empatía. Un saludo no cambia el día de nadie por sí solo, pero puede hacer que una interacción empiece de otra manera. Eso sí, conviene no exagerar, ya que no saludar tampoco convierte a nadie en una persona fría, maleducada o con poca inteligencia emocional. Una persona puede estar pensando en otra cosa, tener prisa o sentirse incómoda al iniciar contactos sociales. Por eso, más que fijarnos en un único gesto, la psicología pone el foco en cómo nos relacionamos de manera habitual.
Por qué hay personas a las que les cuesta más
No todo el mundo vive estas situaciones con la misma facilidad. Para alguien tímido o introvertido, entrar en un establecimiento y saludar en voz alta puede resultar mucho más incómodo que para una persona acostumbrada a iniciar conversaciones. También influye el miedo a no recibir respuesta.
Seguro que a más de uno le ha ocurrido que al entrar saluda, nadie contesta y piensa que la próxima vez será mejor entrar sin decir nada. Ese pequeño rechazo, aunque sea completamente accidental, puede hacer que algunas personas dejen de intentarlo. También hay quienes simplemente no consideran necesario saludar si van a permanecer pocos minutos dentro del establecimiento. Los psicólogos han comprobado que solemos equivocarnos bastante a la hora de anticipar cómo reaccionarán los demás. Con frecuencia pensamos que una conversación con un desconocido será más incómoda, menos interesante o peor recibida de lo que finalmente resulta.
Los pequeños contactos que hacemos cada día
Buena parte de nuestras relaciones no se producen con amigos o familiares. A lo largo del día también hablamos con compañeros, vecinos, comerciantes o personas con las que coincidimos durante unos minutos. Son contactos breves, pero forman parte de nuestra vida social. La psicóloga Gillian Sandstrom ha investigado este tipo de relaciones y ha encontrado vínculos entre mantener más interacciones cotidianas y sentirse mejor durante el día. No significa que tengamos que empezar a hablar con todo el mundo ni convertir cada compra en una conversación. Basta con observar la cantidad de pequeños contactos que hacemos casi sin darnos cuenta.
Decir «gracias» cuando nos atienden, saludar al entrar, despedirnos o intercambiar dos palabras con alguien que vemos habitualmente son gestos sencillos. En algunos casos apenas duran unos segundos. Y quizás por eso mismo pasan tan desapercibidos, pero saludar al entrar en una tienda sigue siendo una norma de educación para muchas personas, y a la vez, puede decir algo sobre nuestra forma de relacionarnos: prestar atención al entorno, reconocer al otro y sentirnos cómodos iniciando un contacto sin necesidad de que exista una relación previa.
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