Las personas que se hablan a sí mismas en voz alta o en silencio suelen cargar con cierta fama de excéntricas o, peor, de «locas». No obstante, ese diálogo interno es mucho más común de lo que parece. Aparece antes de un examen, de una entrevista de trabajo o de una conversación difícil, y casi todo el mundo lo practica, aunque no lo comente.
Por su parte, el ámbito de la psicología se tomó algunos años para estudiar ese monólogo y ha encontrado un detalle que parece menor, pero no lo es. No importa solo lo que una persona se dice en un momento de tensión, sino cómo se lo dice. Un pequeño cambio gramatical puede alterar la forma de vivir una situación de estrés y el resultado final.
¿Por qué las personas que se hablan a sí mismas por su nombre rinden mejor bajo estrés?
Para empezar, la clave está en el pronombre. Un equipo dirigido por el psicólogo Ethan Kross, de la Universidad de Míchigan, comprobó que usar el propio nombre o el «tú» en lugar del «yo» al reflexionar antes de una situación estresante mejora el rendimiento, reduce el malestar y hace que el reto se perciba de otra manera.
Es decir, pensar «¿Qué debería hacer Laura?» funciona mejor que «¿Qué debería hacer yo?».
El trabajo se publicó en la revista Journal of Personality and Social Psychology con el título «El diálogo interno como mecanismo regulador: la forma en que lo haces importa». Lo firman Kross, Ozlem Ayduk (Universidad de California en Berkeley), Jason Moser (Universidad Estatal de Míchigan) y otros investigadores, e incluye siete estudios con 585 participantes en total.
Las pruebas combinaron cuestionarios, tareas de laboratorio y evaluaciones de observadores externos.
Según los autores, el efecto se explica por el distanciamiento psicológico: al referirse a uno mismo como si fuera otra persona, se gana perspectiva y se piensa con menos carga emocional.
Siguiendo esta línea, el artículo arranca con un ejemplo conocido. En 2010, el jugador de baloncesto LeBron James explicó su fichaje por otro equipo diciendo que quería hacer «lo mejor para LeBron James» y no tomar una decisión emocional.
Del discurso en público a la primera impresión: ¿Qué demostraron los experimentos?
En uno de los estudios, 89 participantes debían causar buena impresión en una conversación con un desconocido, grabada y evaluada después por observadores.
Antes de empezar, la mitad reflexionó sobre sus nervios en primera persona y la otra mitad con su nombre o con el «tú». El segundo grupo mostró menos señales de ansiedad y un mejor desempeño social según los evaluadores.
Otro experimento, también con 89 universitarios, consistió en preparar en cinco minutos un discurso sobre por qué merecían el trabajo de sus sueños, para pronunciarlo ante dos evaluadores. Quienes se prepararon con «yo» escribían frases como «¿Cómo voy a escribir un discurso en cinco minutos?».
Quienes usaron su nombre se animaban con expresiones del tipo «tú puedes hacerlo», según resumió la Universidad de Míchigan.
El resultado fue contundente: el grupo que evitó el «yo» dio mejores discursos según jueces que no sabían a qué grupo pertenecía cada uno.
Además, después de hablar dieron menos vueltas a lo que había salido mal (un hábito que los psicólogos llaman rumiación y que suele alargar el malestar mucho después de una mala experiencia) y sintieron menos vergüenza.
Los estudios siguientes analizaron cómo se interpretaba la situación antes de afrontarla. Hablarse en segunda o tercera persona llevó a los participantes a ver el discurso como un reto y no como una amenaza. Un metaanálisis final mostró que los beneficios no dependían del nivel de ansiedad social, de modo que también aparecían en las personas más vulnerables al juicio ajeno.
¿Qué ocurre en el cerebro de las personas que se hablan a sí mismas en tercera persona?
Posteriormente, en 2017, Moser y Kross dieron un paso más con dos experimentos publicados en Scientific Reports. En el primero, los voluntarios observaban imágenes desagradables mientras se registraba su actividad cerebral con un electroencefalograma.
Algunas mostraban escenas violentas, como un hombre que apunta con una pistola a la cabeza de otra persona. Cuando reaccionaban en tercera persona, la respuesta emocional del cerebro bajaba en menos de un segundo.
En el segundo, los participantes recordaban experiencias dolorosas de su pasado dentro de un escáner de resonancia magnética.
Hablar de sí mismos en tercera persona redujo la actividad de una región asociada a la reflexión sobre uno mismo, y lo hizo sin exigir más esfuerzo mental que hacerlo en primera persona. Esa es la diferencia con otras técnicas, como la atención plena, que requieren práctica y concentración.
Por eso, para concluir, Kross planteó que este tipo de diálogo interno podría ser «una forma relativamente fácil de regulación emocional», aunque con prudencia: «No lo sabremos hasta que se investigue más», advirtió en un comunicado de la Universidad Estatal de Míchigan.
En este sentido, uno de los límites del trabajo de 2014 es su muestra, formada sobre todo por universitarios estadounidenses de unos 20 años de media.
Powered by WPeMatico