No puedo sacarme de la cabeza a esa señora que el otro día salió tan tranquilamente del bar hasta que la camarera la cogió del hombro y le dijo:—Señora, que no puede irse sin pagar.—¿Cómo que no?Y siguió su camino igual, sin apretar el paso, con esa seguridad que quien ha entendido algo que a los demás se nos escapa. El día, conviene decirlo, estaba como para quedarse a vivir en esa terraza de la plaza del Rey: un hombre paseaba a su madre; otro cerraba negocios por el móvil, a pesar de ser domingo, lo cual era sospechoso y a la vez ridículo; una familia tomaba el aperitivo mientras la hija pequeña iba y venía de la fuente con agua entre las manos, gritando «¡mirad, es magia, magia!», y mientras tanto el sol calentaba lo justo la piel como para estar en camiseta, aunque era otoño. La vida estaba bonita ahí mismo, y sin embargo algo se me había quebrado en la mirada. Por esa grieta entraba un pensamiento intrusivo.A menudo las cosas funcionan porque sí: los clientes pagan la cuenta en los bares que no vigila nadie, y no se llevan a casa las copas ni los platos, ni el de al lado te tira la ensalada a la cara, aunque te hayas encendido un cigarro y le esté molestando el humo. ¿Qué se lo impide? Muchas veces nada. Simplemente las normas se cumplen más o menos y la gente camina por la calle con la despreocupación de quien supone que alguien, en alguna parte, está de guardia, preparado para actuar ante cualquier eventualidad o cualquier ruptura de la norma social. Es una ilusión poderosísima, pero eso es la seguridad: una sensación, una intuición, casi un deseo, jamás una certeza. Como casi nunca pasa nada suponemos que es por el control, que la sensación de seguridad que nos invade el cuerpo cuando salimos de casa es el resultado de una cadena de mando infalible que sostiene el barrio, la ciudad, el país, y no una simple suma de buenas intenciones y casualidades y réditos de épocas pasadas.El equilibrio, por supuesto, es fragilísimo, y para romperlo basta con que alguien diga: ¿cómo que no? El sistema está diseñado para que las normas se cumplan. Sería tan fácil hacerlo colapsar… Pienso en esa señora marchándose, descubriendo no las reglas del juego, sino el juego mismo, que el bar es un juego, un acuerdo tácito entre cliente y hostelero por el que uno da y el otro recibe y no hace falta la intimidación, la intervención de la fuerza. Y pienso en esos hombres en despachos que dicen lo que esa mujer, cómo que no, cómo que no se puede, y que así violentan las normas establecidas a su conveniencia, poniendo en riesgo la estabilidad, la ilusión de seguridad, lo que haga falta. Si total, nunca pasa nada.Pienso mucho en esa señora marchándose tranquila, yendo a saber dónde. Y recuerdo que nadie se levantó de la mesa.
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