Hay un axioma que lleva décadas guiando la conservación de la naturaleza: el hecho de proteger los lugares donde viven más especies. Parece de sentido común, ¿Cierto? Sin embargo, una investigación recién publicada acaba de demostrar que ese criterio, aplicado en solitario, deja fuera algunos de los enclaves más valiosos e irrepetibles del planeta.
La paradoja tiene nombre científico y, sobre todo, consecuencias prácticas. En este sentido, las regiones con menos especies resultan ser, en muchos casos, ecológicamente únicas: albergan conjuntos de organismos que no aparecen en ningún otro lugar. Ignorarlas equivale a perder una pieza irrecuperable del mosaico de la vida en la Tierra.
¿Por qué las regiones con menos especies son las más irremplazables para conservar la biodiversidad?
El estudio, firmado por Yue Chen, Janne Soininen, Jonathan A. Myers, Zikun Mao, Jinghua Yu y Xugao Wang, entre otros, analizó miles de comunidades biológicas repartidas por todos los continentes y latitudes, desde los trópicos hasta las proximidades de las regiones polares. El trabajo se publicó el 26 de marzo de 2026 en Nature Communications.
Los investigadores midieron dos dimensiones distintas de la biodiversidad: la riqueza de especies (cuántas hay en un lugar) y la unicidad ecológica (en qué medida la composición de esa comunidad difiere del resto de comunidades de la región).
Y en esta línea, encontraron que, en la inmensa mayoría de los casos, ambas variables van en sentido opuesto.
El tamaño del efecto global fue de −0,488, con un intervalo de confianza del 95% entre −0,583 y −0,392 (p < 0,001). En términos llanos y para que lo comprendan todos: cuantas más especies tiene un lugar, menos original es su combinación.
Y al revés se da lo siguiente: los enclaves pobres en especies tienden a concentrar organismos raros que no viven en ningún otro sitio.
Una pauta que se repite en once grupos de seres vivos
Lo que hace especialmente sólido el hallazgo es su consistencia. La relación inversa entre riqueza y unicidad se observa en 11 grupos taxonómicos distintos, un abanico que incluye lo siguiente:
- Aves.
- Plantas terrestres.
- Peces.
- Macroinvertebrados de agua dulce.
- Insectos terrestres.
- Algas.
- Artrópodos.
- Zooplancton.
- Reptiles.
- Líquenes e invertebrados acuáticos.
Independientemente del grupo analizado, del continente estudiado o del método de muestreo utilizado, el patrón se repite.
Tanto si se trabaja con datos de presencia o ausencia de especies como si se incorporan datos de abundancia, la conclusión es la misma: los sitios con baja riqueza son los que más se desvían de la norma compositiva de su región.
¿Por qué ocurre esto? Los investigadores apuntan a dos mecanismos principales. El primero tiene que ver con el banco regional de especies. En zonas con muchas especies, las comunidades locales tienden a compartir un número elevado de ellas, lo que reduce su singularidad.
El segundo atañe a la proporción de especies raras. Los lugares pobres en diversidad suelen concentrar organismos de distribución muy restringida, y eso dispara su valor ecológico diferencial.
Las regiones con menos especies y lo que revela para la gestión de espacios naturales
La implicación práctica es directa. Si las estrategias de conservación se centran únicamente en los hotspots de riqueza (los grandes bosques tropicales, los arrecifes de coral más densos), se dejan sin protección enclaves que albergan especies endémicas o de distribución muy acotada.
Esas especies, precisamente porque no aparecen en ningún otro lugar, son las que más contribuyen a la diversidad beta de la región.
El estudio calcula que el 22,8% de las relaciones cuadráticas analizadas muestran una asociación negativa clara: la unicidad ecológica decrece a medida que sube la riqueza de especies.
Menos del 1% de las observaciones muestran una asociación positiva robusta. Los números dejan poco margen para el debate.
Los autores proponen que los planes de conservación incluyan de forma explícita las dos dimensiones. No basta con proteger donde hay más. Hay que identificar también donde hay algo irrepetible, aunque la lista de especies sea corta. Un enfoque que, en la práctica, obliga a replantear los criterios con los que se delimitan los espacios naturales protegidos en todo el mundo.
¿Qué factores explican el grado de unicidad de una comunidad biológica?
El metaanálisis también identificó los factores que más pesan a la hora de explicar por qué algunas zonas son más únicas que otras.
Cuando se trabaja con datos de presencia o ausencia, el tamaño del banco regional de especies (diversidad gamma) y la proporción de especies raras en ese banco son los predictores dominantes: explican, respectivamente, el 34,5% y el 30,6% de la variación.
Cuando se incorporan datos de abundancia, gana relevancia la limitación en la dispersión. Las especies que no pueden moverse fácilmente entre hábitats generan comunidades con composiciones más distintas entre sí, lo que eleva la unicidad ecológica de cada enclave. Este factor explica el 21,1% de la variación en los modelos de abundancia.
Las variables climáticas, en cambio, muestran un papel más discreto en los análisis generales, aunque ganan peso en grupos concretos: los insectos terrestres y las algas son los más sensibles al filtro ambiental.
Para concluir, cabe remarcar que el trabajo suma más de 9.000 accesos desde su publicación y ya cuenta con una cita en la literatura científica, cifras que apuntan a un impacto creciente en los debates sobre planificación de la conservación. El artículo, citado más arriba, está disponible en acceso abierto.
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