Cuenta Luis Escobar que a Ramiro de Maeztu de joven le solían aconsejar: «Vente a la derecha, que aquí están los buenos sueldos, las buenas carreras y los buenos partidos». Y él, por supuesto, se fue a la izquierda. Pero cuando los años fueron pasando y los sueldos, las carreras y los partidos llegaron a la izquierda, Maeztu no tuvo más remedio que irse a la derecha para huir de aquella muchedumbre de pancistas. Uno tiene la sensación de que eso mismo hizo, a su manera, el propio Escobar, protagonista de una exposición que ofrece estos días el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid. Durante el régimen, Luis Escobar fue un hombre aperturista, una especie de conector entre mundos opuestos y herméticos. Estuvo bien situado dentro del aparato franquista, trabajó en el teatro de Falange y llegó a dirigir el Teatro Nacional María Guerrero. Pero lo que hizo desde esa posición fue precisamente introducir autores y tendencias internacionales, trabajar con personas ideológicamente distintas y contribuir a abrir la escena española de posguerra. La propia exposición lo formula casi como una paradoja: Escobar estaba bien considerado por el régimen, pero, desde ahí, ayudó a que el teatro prosperara frente a los dogmas ideológicos y la censura.Y, sin embargo, en cuanto llegó la democracia, Escobar pareció reivindicar con más fuerza que nunca –hasta el paroxismo, como en aquel marqués de Leguineche de ‘Patrimonio Nacional’– su perfil conservador y aristócrata. No en vano era el marqués de las Marismas del Guadalquivir. Y tengo la sensación de que lo que a Escobar realmente le gustaba era, por supuesto, tocar las narices. Desde luego, dar la razón a los tuyos no solo es algo ventajista sino, sobre todo, insoportable. Chateaubriand lo confesó en sus ‘Memorias de ultratumba’: «Mi independencia en mis diversas posiciones sociales ha herido siempre a aquellos con quienes marchaba». Hay quien se pasa la vida buscando un bando en el que sentirse cómodo y otros que, en cuanto lo consiguen, comienzan a preparar la retirada. En ese sentido me viene a la cabeza Ferlosio: «Mal está ser de los nuestros, pero peor sería ser de los buenos». ‘Ecco li nostri’. O Valle-Inclán llegando a una mesa del Gijón para decir: «No sé de qué se habla, pero me opongo». Que nos lleva a Groucho en ‘Plumas de caballo’, cantando aquello de: «No sé qué tienen que decir, pero, en cualquier caso, da igual. Sea lo que sea, estoy en contra». ‘I am against it’, que dice Amón.Es una posición ontológica. En el caso de Escobar no debemos caer en el reduccionismo del camino lógico: primero requeté, luego franquista, después liberal y al final berlanguiano. La realidad es bastante más incómoda e interesante. Porque las cosas suelen suceder simultáneamente. Un requeté que escribe contra Chaplin ; un aristócrata homosexual; un hombre contra la censura, pero integrado en el régimen censor; un director del Teatro Nacional que introduce autores extranjeros; un hombre de derechas que recupera a Lorca ; un marqués que termina riéndose de la aristocracia –a la que ellos lo llaman ‘la sociedad’, como dice Rosa Belmonte–.En España a cada péndulo político le corresponde uno social y la misma ‘beautiful people’ que arropó al socialismo desde la riqueza, las élites y el golferío de Eslava aprendió después a esquiar cuando el Rey fue a Baqueira o se compró una pala de pádel para hacerse colega de Aznar. El dinero no tiene color ni ideología e igual que un multimillonario levanta el puño si necesita defender lo suyo –el ridículo del Ibex durante el bajosanchismo–, cualquier muerto de hambre se hace de derechas en cuanto tiene algo que conservar. Lo volveremos a ver no tardando. Y, ante ello, solo queda prepararnos para la vía Maeztu. Dejó dicho Barrès que «a los veinte años se escogen de una vez y para siempre los poetas y los filósofos». También tus tocapelotas.
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